Sale temprano por la mañana. Llega a la plaza del barrio y comienza su rutina: inhalo, exhalo, inhalo, exhalo. Por momentos sus pensamientos se escapan hacia arriba y salen perdiéndose a través de las copas de los árboles. Vuelve a concentrase en la respiración: inhalo y exhalo.
Por su nariz entra un
agradable aroma a jazmín del país y
le recuerda su infancia en la casa de sus tíos. Había una arcada en la entrada
con una frondosa planta y le vienen imágenes de sus primos corriendo a
recibirla con los brazos abiertos y los tíos con el mate en la mano. Fueron
momentos felices, llenos de música y amigos, sobre todo cuando, junto a su
familia, pasaban el año nuevo, con luces de colores, juegos en el agua y risas
hasta el amanecer. Vuelve a su eje: inhalo
y exhalo, varias veces seguidas.
Su mente vuelve a
dispersarse con el aroma a café que emana del bar de la esquina. Recuerda a su
antiguo amor, el que le llevaba el desayuno a la cama mientras planeaban una
escapada a las sierras de Córdoba o una visita a sus amigos en Brasil. Eran muy
jóvenes. cuando viajaron a Montevideo para participar del llamado de los tambores. Él le propuso matrimonio y ahí mismo
tomaron la decisión de casarse en esa la playa. Fue muy feliz con los
preparativos de una fiesta íntima y sencilla. Pero la historia de amor quedó interrumpida cuando en el viaje, un camión se cruzó de carril y chocó contra su auto. Su amor falleció en el
acto. Vuelve a la respiración y se conecta consigo misma.
Una ráfaga de aire fresco
la lleva a otra playa, hacia aquel verano donde sus hijos conocieron el mar
¡Cómo gritaban felices cuando los tocaban las olas! Todo eso quedó muy lejos.
Mira hacia el cielo con lágrimas en los ojos. Inhala, exhala, inhala, exhala y
vuelve sobre sus pasos que retoman la velocidad.
Se cruza con un grupo
de amigotes gordos hablando de política: ¿A
quién habrán votado? ¿A qué se dedican? ¿Se querrán ver bien frente a sus
esposas o estarán recién separados? Está enojada con el país por la
pobreza. También abraza la causa contra el sexismo. Ella sufrió abusos y golpes
de todo tipo y sus hijos también. Todo comenzó cuando su marido se quedó sin
trabajo y se entregó a la bebida. Fue después de su separación que empezó a
comerse el pasado. La soledad la había atrapado y a los cincuenta años se
encontró con ciento veinte kilos. Se escondió en su casa por muchos años, la
alimentaban la angustia y los antidepresivos. Sus hijos se habían ido a vivir
lejos, sus padres y sus tíos habían muerto. Ya no le quedaba nadie. Hasta el
día en que sufrió un colapso y la tuvieron que internar en un hospital por
varios días. Allí conoció a un médico que la ayudó a salir de ese estado. Le recomendó unos grupos para bajar de peso y así empezó a recuperar su
vida. Unos meses más tarde se casó con él.
Todos los días camina
una hora, rodeada del mismo panorama: jóvenes musculosos y chicas con calzas
coloridas; la adiestradora de perros dándole clase a señoras con sus mascotas;
el profesor de yoga con un grupo de ancianos en sus colchonetas y adolescentes
haciendo fierros. Todos ellos adornan sus mañanas. Inhala y exhala y decide
volver. Se mira en la vidriera de un negocio y no se reconoce. Por primera vez
se acepta y se gusta. Ya ha bajado cincuenta kilos.
Alejandra
Busconi
28/11/2023