Ingreso por adelante. A
mis sesenta años me cuesta mucho subir esa escalera. Inmediatamente maldigo al
país. En pleno siglo veintiuno, a los discapacitados y ancianos se les
dificulta viajar en un transporte tan popular. Nunca se hace nada por ellos. El
chofer me recibe con cara de disgusto. Le solicito el destino. Me acomodo en un
asiento individual, del lado del sol. La sensación térmica es mucho mayor, pero
lo prefiero así antes que alguien se siente a mi lado y me toque con la pierna
sudorosa.
Leo un rato. Reviso
mensajes del celular. Pero a la mitad del viaje comienza mi hastío, ya no sé
cómo acomodarme. Me molesta todo: la cumbia que escucha el colectivero; el
reguetón que se oye desde el asiento de atrás y las voces del grupo de compañeros
de trabajo que regresan del turno de la noche. Todo el ruido se mezcla en mi
cabeza que está a punto de estallar y el calor lo dimensiona. El tránsito no
fluye. Están arreglando las calles porque es tiempo de elecciones. Creo que
este viaje va a durar media hora más.
El viaje finaliza en
medio de la Ruta 3. No hay una estación terminal. No hay árboles, solo un
montón de tierra seca y basura. Camino diez cuadras al sol tajante sobre
veredas rotas. Busco un kiosco o almacén para comprar agua mineral. No existe.
Llego a la casa del
cliente. Hoy debía firmar las planillas para asociarse. No hay timbre, palmeo
las manos. Nadie me atiende. Con este calor no tengo ganas de esperarlo. Además,
no me da tiempo para llegar a visitar a otra persona. Es hora pico de calor. La
ropa se me pega al cuerpo y debo estar colorada como un tomate. Veo a lo lejos
un almacén donde por fin podré conseguir agua. Voy hacia la parada. Hay una
fila de personas de casi media cuadra. Treinta y cinco minutos de espera al
calor sofocante. Se estaciona el colectivo, pero espero al siguiente porque
está lleno a reventar. A los veinte minutos, subo. Ahora el chofer es un pibe
joven que escucha bachata a todo volumen. Ni me mira. Puedo conseguir un
asiento que también está del lado del sol y lo primero que hago es abrir la
ventana porque tampoco hay aire acondicionado. Se amontona cada vez más gente.
Hay una parada en la
estación de González Catán donde sube todo el mundo. Vamos apretados como
sardinas. No se puede respirar. Yo estoy atrás de todo y escucho que el
colectivero grita: ¡Un asiento para la
señora, por favor, que está embarazada! Silencio. El chofer repite: ¡un asiento por favor! Varias personas
lo secundan en el pedido. El colectivo se detiene y se escucha: ¡Hasta que la señora no se siente, no vamos
a avanzar! Estoy paralizada de calor. Se detiene el tiempo como en una
película. Es el fin del mundo. Se oyen gritos. Me parece que estoy metida dentro
de un horno. La calza negra me quema la piel. Todo se va oscureciendo de a poco
hasta que una cálida brisa empieza a golpear mi cara. Vamos andando de nuevo. Vuelvo
a maldecir al país: los trabajadores
viajamos como ganado y ganamos poco algunos no hemos tenido posibilidad de
estudiar y parece que todo cuesta el doble de sacrificio todo está caro no se
cumplen las leyes a los gobernantes les importamos muy poco.
Ya queda menos de la
vuelta. Estamos llegando al centro de San Justo y se ve a lo lejos un piquete. Un
mar de gente con banderas y bombos. El chofer debe salirse del recorrido,
entonces avisa que esta es la última parada, que el que tiene que bajar, lo
haga ahora. El colectivo se despeja. Me voy a un asiento doble a estirar las
piernas en la sombra. Creo que el colectivero se cansó, por lo tanto, no
levanta a ningún pasajero más.
Llego a destino. Ya son
las tres de la tarde. No veo la hora de estar en casa y meterme bajo la ducha
fría. Pero no. Todavía me falta tomar un colectivo más.
Alejandra Busconi
4/3/2025
Tu descripción es tan real que puedo sentir tu agotamiento. Excelente.
ResponderBorrarGraciassssss, un honor que VOS!! me digas eso
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