jueves, 16 de noviembre de 2023

El parto

 

Caminó diez cuadras de tierra hasta la ruta. Eran las ocho de la noche. La acompañaba su hijo Juan Pablo. Karina tenía treinta años y esperaba otro varón. Los dolores no le permitían tomar dimensión del peligro en la oscuridad. Estaba en el kilómetro cuarenta y siete de la Ruta 3.

Se acercaron a la parada de los colectivos y tuvieron la suerte de que llegara uno: A la Clínica del kilómetro treinta y dos, dijo Juan Pablo. Y el chofer los dejó pasar. Las contracciones eran leves aún. El chico tenía doce años, no hablaba mucho y estaba un poco asustado, pero sostenía a su mamá. Entraron a la guardia y Karina expresó: buenas noches, tengo contracciones. Lo lamento señora, no hay cama acá, le dijo una enfermera que pasaba por ahí. Karina se dio media vuelta y le dijo a su hijo: Vamos al hospitalito del kilómetro treinta y ocho. Caminaron de vuelta hacia la ruta.

A esa hora de la noche los colectivos pasaban con menos frecuencia, ya eran las diez. Lograron llegar a pesar del miedo y los basurales que no los detuvieron. Entraron a la guardia, que estaba llena de gente, y contra todo obstáculo Karina se acercó al hombre de seguridad y le dijo: ¡Estoy con contracciones, ya viene mi bebé! De nuevo lo que no quería oír: Espere allí, me parece que no hay cama. Ya estaba agotada. Sabía que cuanto más caminaba más apuraba el parto. Juan Pablo se acercó a una enfermera y con timidez le explicó la situación de su mamá. ¡No!, le gritó la mujer, ¡no hay cama!

Rendida, Karina salió furiosa y le dijo a su hijo: Vamos directo al hospital de Cañuelas. No te preocupes hijo, este bebé va a llegar hasta allá. El viaje fue largo y tortuoso. El hospital quedaba en el kilómetro cincuenta y Karina sentía que tenía tiempo suficiente. Nuevamente directo a la guardia. En ese lugar había una recepcionista, pero la volvieron a rechazar. Juan Pablo suplicaba que la atendieran y Karina retorciéndose de dolor y con lágrimas en los ojos, dijo: ¡Ya viene mi bebé! ¡Vengo de muy lejos! La empleada no contestaba. Una señora que estaba haciendo el trámite en el mostrador comenzó a gritar: ¿No les da vergüenza? ¡Esta chica no da más! ¡Tengan un poco de consideración! ¿No ven lo mal que está? Juan Pablo lloraba y abrazaba a su mamá. En ese momento se acercó una médica. Tomó a Karina, llamó a un camillero y le dijo: Por favor, lleve a esta mujer a las camas de la enfermería. Juan Pablo tuvo que encargarse de todo. Besó en la frente a su mamá y esa fue la última vez que la vio.

El chico se quedó dormido. Era domingo ya y el hospital estaba desierto. Cuando despertó, comenzó a caminar por los pasillos buscando a su madre. Estaba muy angustiado. Una enfermera lo tomó del brazo y lo hizo entrar a la sala de enfermería. Le dio un café con leche con dos medialunas y quedó ahí un rato largo. Veía médicos y camilleros que pasaban por los pasillos y nadie le daba una respuesta.

A mitad de la mañana se acercaron dos personas de los servicios sociales: ¿Podés llamar a algún familiar?, le preguntaron. Mi abuela está cuidando a mis hermanas y no tiene teléfono, contestó el niño, no hay nadie más. Esas personas tuvieron que contarle todo: su hermano había nacido hacía unas horas, era un bebé muy grande y sano, pero su mamá no resistió y había muerto. No podía ser que aquella mujer tan graciosa y buena ya no estuviera. Juan Pablo quedó mudo. Su corazón comenzó a desgarrarse. Se apoderaron el miedo y la incertidumbre y llorando amargamente dijo: me quedé solo.

5/10/2022

 

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