Hoy hace cinco años, te fuiste para siempre.
Historias breves
En este espacio cuento anécdotas de mi infancia y situaciones de mi vida adulta. También alguna historia que experimenté en mis viajes por el Conurbano bonaerense. Gracias por leer.
martes, 12 de mayo de 2026
10 de mayo de 2021-10 de mayo de 2026
Hoy hace cinco años, te fuiste para siempre.
martes, 5 de mayo de 2026
EL RITUAL DE PAPÁ
Hoy es sábado. Papá volvió de San Juan hace como dos días. En un rato, nos vamos a las montañitas de la avenida General Paz porque mamá va a limpiar y hacer la comida.
Dani está
sentado en el piso con las revistas del Pato Donald murmurando sus
pensamientos. Papá está preparando para afeitarse. Tengo ocho años y me encanta
mirar toda la ceremonia: primero prende la hornalla de la cocina y hierve agua.
Después se prepara la brocha que tiene unos pelitos suaves, la crema de
afeitar, la maquinita con la gillette y la toalla chiquita. Mientras papá va a
buscar el agua caliente yo agarro la brocha y me la paso por la cara ¡Qué rico
perfume tiene y qué suave es! Ahí viene papá. Se pone frente al espejo con todo
listo y empieza a hacerse espuma con la brocha, parece un poco apurado, pero lo
hace bien: moja la brocha en el agua caliente y después en la crema y se forma
una espuma espesa. Papá sigue mirando el espejo, con sus ojos tan claros y tan
brillantes como un diamante. Yo estoy en la puerta del baño mirándolo hacia
arriba porque él es muy alto. No me habla, para nada, pero me gusta el ruidito
de la crema que recorre su cara. Cada tanto me hace chistes como que es un
viejo barbudo, o hace muecas graciosas para que yo me ría. Ahora agarra la maquinita y empieza a sacar
toda la espuma… ¡Ese ruidito es el mejor! Siento cada afeitada y no se olvida
de ningún rincón de la cara. Se deja las patillas, bastante largas y rubias,
como su pelo. Sigo sintiendo el olor de esa crema que después, cuando me
acerco, no se le va y me gusta. Su cara va quedando con una mezcla de colores:
el rojo de la sangre, lo blanco de la espuma y su piel. Después se enjuaga y se
seca con la toalla, varias veces, con cuidado, porque siempre le queda una
herida. Me preocupa un poco que se lastime. Cuando termina, le pido que me deje
tocarle los cachetes, tan suaves e impecables.
Mejor me voy a
vestir. Me quiero poner mis pantalones cómodos y el pullover abrigado porque
afuera hay un poco de viento. Me gusta el viento.
ALEJANDRA
BUSCONI
1º/3/2021
martes, 28 de abril de 2026
El viajante
Camina, siempre camina. Ya no siente los mocasines gastados. Viste un saco y un pantalón azul con un cinturón de cuero abrochado en el anteúltimo agujero. Trabaja en ventas y le gusta mucho. Camina como si fuesen sus últimos días: a veces, bajo el sol tajante de la ciudad de San Juan y otras, con el frío bajo cero de Comodoro Rivadavia. Pronto será su cumpleaños número treinta y se está esforzando mucho para poder ahorrar.
Manuel está
esperando su primer hijo y no quiere que le falte nada. Si es varón se va a
llamar Enrique como mi papá y si es mujer, Estefanía, como mi querida suegra
que es griega. Yo quiero que sea varón y voy a llevarlo a ver a Independiente.
También le voy a pagar la mejor universidad, le comenta al empleado del
Correo mientras echa una carta en el buzón.
Querida
mía: estaré por allá el próximo sábado y voy a cuidarte. Espero que te sientas
bien. Apenas llegue voy a pintar la habitación de Enriquito y así dejar todo
listo para su llegada. Espero hayas recibido todo el dinero que te mandé, para
que puedas pagar las cuentas. El micro sale el viernes a la mañana. Con amor.
Manuel
Ya hace más de
un mes que no ve a su esposa, María. Manuel ha trabajado sin descanso. Es el
año 1972, más precisamente el mes de febrero. Hay una huelga general de dos
días y toda la Argentina está detenida. Manuel debe quedarse dentro del hotel
sin poder salir a trabajar. No hay micros ni aviones.
Esta
huelga me mata, le dice al conserje, necesito llamar a mi cuñada
a ver si puedo hablar con mi esposa. Las llamadas de larga distancia son
muy caras y esta situación sobrepasa a Manuel. La pareja no tiene teléfono en
la casa. María debe esperar que alguien la pase a buscar con el auto porque
está muy pesada y ya no puede caminar, aunque el médico dijo que es bueno el
ejercicio. Manuel espera dentro de la habitación. Suda y le duele el estómago.
Se acerca a la ventana fumando: bombos y banderas cubren las calles. Toma agua,
enciende la Spika[1]
para escuchar las noticias. Busca otro cigarrillo y vuelve a la ventana. Sale
hacia el pasillo y baja rápido las escaleras. Se sienta cerca de la recepción y
suena el teléfono…
Manuel toma el
primer micro que consigue. Un colectivo viejo que se dirige a Diego de Alvear,
Santa Fe. Paciencia porque esta chatarra va a tardar cinco horas en llegar,
le dice a la señora que está sentada junto a él. Se escuchan gallinas y perros
en el fondo del colectivo. El humo del cigarrillo ahoga a la mujer y Manuel
debe abrir la ventanilla. Va a parar en los principales pueblos; yo no los
conozco, ¿usted? María no me pudo llamar porque ya está por nacer Enriquito o
Estefanía, está con contracciones ¡qué suerte que María aceptó esos nombres! Mi
hijo se está adelantando. Es pasada la medianoche. La señora junto a él ya
se durmió y Manuel sigue hablando solo. De repente se escucha un murmullo. El
colectivo está varado. Manuel se levanta del asiento y se acerca al chofer y le
da charla.
Llega a Santa Fe
y tiene que bajar en una estación de servicio. Las gallinas, los perros y los
loros rompen el silencio del pueblo. La gente se dispersa. Varios pasajeros se
amontonan bajo un pequeño techo del lugar porque hay una lluvia torrencial. Manuel
fuma dos cigarrillos seguidos. Está bajando la temperatura y él no llevó
impermeable. Un muchacho viene gritando: ¡conseguí una camioneta para Buenos
Aires! Y allá va…bajo una lona.
Su cuñado lo está
esperando con el auto, sobre la ruta. Luego de la llamada desde Campana, por
fin se dirige al hospital donde ya nació Enriquito. El tránsito está infernal y
Manuel siente que el Citroen es una carreta. Está en la incubadora,
dice el cuñado. Manuel se pregunta y se contesta y fuma todo el trayecto.
María expresa
que está preocupada porque nadie le dice nada. Hace cuatro días que el nene
está en observación y hay que hacerle varios estudios. La muchacha está muy
asustada porque siente que algo está muy mal. Manuel camina por los pasillos
fumando y frenando a cada enfermera que se aproxima. Llega el momento del parte
médico. El doctor que recibió a su hijo habla con el muchacho en un consultorio
vacío. Luego de una larga conversación, Manuel queda en shock.
Se dirige hacia
la puerta principal de la clínica y se aleja. Camina (siempre camina). Esta vez
sin rumbo, en otro día lluvioso. Las calles están desiertas. El domingo lo
inunda con su tristeza e incertidumbre. Entra en una panadería y le conversa al
panadero con verborragia y se va sin pagar. Luego entra en un bar donde pide un
vaso de vino a pesar de ser temprano en la mañana.
Su hijo
tiene un problema cerebral, resuenan las palabras del
médico mientras observa un charco de la vereda a través del vidrio. Seguiremos
haciéndole estudios, pero es muy probable que nunca pueda caminar. En ese
momento a Manuel le dispara un recuerdo de su infancia: un vecino, en su
Córdoba natal, se la pasaba sentado en el umbral de la casa, babeando y mirando
hacia el cielo. Los retrasados eran mala palabra en su casa. Sus padres eran españoles,
analfabetos, provenían de la España de la Guerra civil. En su familia no
había lugar para los débiles. ¿Mi hijo será un monstruo?, pensó. Manuel
hace una llamada desde el teléfono público más cercano: ¿se acuerda, jefe,
ese cliente en Chile? ¿cuándo era la fecha?
Manuel se
encuentra con su mujer y su hijo recién el lunes por la mañana. Ya les dieron
el alta. Su cuñada carga al bebé y su cuñado, las pertenencias. Una vez en la
casa, le avisa a María que en una semana se va para Chile. Observa de lejos a
Enriquito, perdido en oscuros pensamientos. Le pide a su esposa que le prepare
la ropa para el viaje. Murmura sobre lo mal que están planchadas las camisas.
María tiene turno con el neurólogo y más tarde debe hacerle más estudios al
bebé. Desayunan en silencio Ella está escribiendo en la agenda algunos
teléfonos de profesionales que le recomendaron mientras Manuel lee el diario
Manuel toma el
avión directo a Valparaíso. Se ha comprado zapatos nuevos y un ambo color
marrón con una camisa amarillo patito y el cinturón sigue abrochado en el
anteúltimo agujero. La empresa pagó un hotel más moderno.
Después de una
semana de haber recaudado buen dinero por su trabajo, Manuel sale a bailar la
noche del viernes y termina borracho, en un bar, hablando con una chica. No
repara en gastos.
Al otro día
entra al Casino… y lo pierde todo. Alcoholizado, sale sin rumbo hacia la
avenida y camina (siempre camina), hasta que llega al puente ferroviario Las
Cucharas y sube por entre los fierros oxidados.
María su
madre y su padre la guerra civil española San Juan Comodoro las banderas la
cuna la pintura de la habitación el dinero el colectivo destartalado su cuñada
la altura del puente Enriquito… el tren.
Alejandra Busconi
29/3/2026
martes, 31 de marzo de 2026
Las cartas de Luba
El altillo era un lugar fascinante y
misterioso: tenía el techo en declive, todo en madera y un gran ventanal donde
se asomaba el cerezo. Debajo de ese ventanal había un sillón con almohadones
tejidos a crochet, por la propia Luba. Se acumulaban libros, adornos, juguetes
de sus hijos y nietos y un arcón de cuero muy antiguo.
Secándose las lágrimas, Nina se dirigió
hacia el arcón donde suponía que se encontraban las fotos de la abuela. Comenzó a revolver con cuidado y vio el álbum
del casamiento de sus abuelos. Luba le había contado que se habían conocido en
Italia. Se habían casado muy jóvenes, en una ceremonia sencilla. Ella tenía
dieciséis y Giuseppe, veinte. Al poco tiempo, decidieron probar suerte en
Argentina.
Volvió hacia
el altillo y muy en el fondo, encontró unas cajas forradas al crochet. En una
de ellas, había muchas cartas que procedían de Italia y estaban acomodadas por
orden cronológico. Nina entendía perfectamente el idioma y comenzó a leer:
Trieste, Italia, 25 de septiembre de1976
Doña Luba:
Me tomé el atrevimiento de
escribirle estas líneas después de haber investigado sobre su paradero. Mi
nombre es Camilla Antonia Ferluga. Nací en Trieste y me he quedado aquí toda la
vida. Pronto cumpliré treinta años. Soy periodista. Estoy casada y tengo dos
niños: Antonella y Francesco. Mi esposo forma parte de la “Giunta comunale” de
Trieste. Mi madre era enfermera de la post guerra y mi padre, médico partisano.
Me han cuidado y han sido muy amorosos conmigo. Todavía la recuerdan. Creemos
que usted es mi madre biológica.
Como periodista, he
realizado las averiguaciones pertinentes y pude contactar a funcionarios de la
región de Liguria, más precisamente en Génova, para poder acceder a los datos
de los migrantes de la post-guerra. He viajado hace unos meses a esa ciudad y
logré dar con su domicilio actual. Así pude localizarla.
Espero no incomodarla y
que se encuentre bien. Con cariño
Camilla
Nina quedó
perpleja. Ya se acercaba la noche. Se sirvió una copa de vino y pidió comida.
Volvió a buscar, entre los vinilos apilados, la música de su abuelo. Era el
turno de Madama Buterfly de
Giacomo Puccini,
…Un bello día veremos
levantarse un hilo de humo, en el extremo confín del mar…[1]
Doña Luba:
Muchas gracias por su
respuesta. Por supuesto que tenemos mucho de qué hablar. Como cuenta en su
carta, yo sabía que usted fue capturada por miembros de la Camicie Nere[2].
Era muy chica cuando la trasladaron a Trieste. Sé que, dos años más tarde, conoció
a mis padres. La guerra ya había terminado. Mi padre la asistió en mi
nacimiento y usted quedó muy débil. Luego decidió dejarme al cuidado de ellos.
Es mi deseo conocerla. Quiero saberlo todo,
querida Luba. Espero que algún día podamos concretar un encuentro.
Con cariño.
Camilla
Solo había un par de cartas por año. Sobre todo, en algunas
fechas importantes. No decían mucho más que relatos de los hijos de Camilla y saludos
de Navidad o Pascuas. Nina supuso que habrían seguido el contacto por teléfono.
Al día siguiente, con un gran tazón de café con leche en la mano, Nina tomó su celular con obsesión y empezó a buscar a la tía Camilla en redes sociales, pero no encontró nada. Las cartas eran cada vez más espaciadas. No tenía mucha más información. Pero a la mujer se le ocurrió algo: abrir la cuenta de Email que ella misma le había creado a su abuela. Buscó la contraseña en la agenda, cerca del teléfono de línea, y logró entrar a los correos.
Año 2000: Querida
Luba: aquí te mando fotos de tus nietos… Querida Camilla: no sé cómo enviar
fotos desde la computadora, espero te hayan llegado las de papel fotográfico… ¡Feliz
inicio de milenio!
Había guardado todos los Emails. Por fin Nina pudo leer las
respuestas de su abuela.
El domingo corría apacible. La nieve había cesado y el sol ya se
iba asomando entre las montañas de Bariloche. Nina, masajeándose el cuello,
leyó en detalle cada intercambio de mensajes. Entonces encontró uno muy
importante:
Bariloche, 11 de
agosto de 2002
Querida Camilla:
Espero que la familia se encuentre bien. Aquí se acaba de ir mi
nieta Nina. Como ya sabes, es mi nieta mayor y es la que está atenta a mis
deseos, todo el tiempo. Quería contarte que Nina y su padre me regalaron un
viaje a Italia y, entre las ciudades que voy a recorrer, se encuentra Trieste. ¡Estoy
muy emocionada! Viajo para fin de año, junto con Giuseppe. ¡Por fin nos vamos a
conocer! Y haremos eso del ADN.
Quiero dejarte aquí mi versión de la historia, así cuando nos
veamos, profundizo en los detalles. Como sabrás, fui una de las niñas
sobrevivientes del Holocausto. Quedamos en unos galpones alemanes en la región
de Lviv. Yo era la encargada de cuidar a los niños más pequeños. Cuando terminó
la guerra, nos abandonaron en la iglesia de los jesuitas, de San
Pedro y San Pablo. Pero como temían por los dos bandos -el ejército rojo y los
nazis-, la congregación escapó rumbo a Eslovenia. Luego de un viaje de varias
semanas, nos cobijaron unas monjas eslovenas. Allí conocí a tu padre biológico,
un soldado desertor de los fascistas italianos. Nos enamoramos. Llegamos como
pudimos a Trieste, de donde él era oriundo. Fuimos ayudados por la iglesia. Tu
papá se llamaba Camillo Domenico Trevisan. Él falleció de una grave enfermedad
y yo no podía cuidarte. Estaba sola en el mundo. Mi madre había muerto muy
joven y mi padre y mis hermanos fueron capturados en la guerra. Fue muy
doloroso para mí separarme de vos. Lo hice con la intención de volver a verte,
pero la vida me llevó hacia otros horizontes. Cada cumpleaños tuyo enciendo una
vela y le rezo a la Virgen de la medalla milagrosa para pedirle estar junto a ti.
Luego de dejarte
con la pareja que te crió, estuve dos años en Génova y allí conocí a mi
Giuseppe. Tardamos cuatro años en poder partir hacia Argentina. No teníamos los
recursos ni los medios para ir a buscarte y yo perdí todo rastro tuyo.
Estoy ansiosa
por verte. Con cariño, Luba
Nina cerró lentamente la computadora. Se
quedó en silencio largo rato, como si algo dentro suyo acabara de acomodarse.
No había más correos, ni más cartas. Pero ahora sabía por qué su abuela se había
desviado hacia Trieste, en aquel viaje del año 2002. Niña volvió a mirar por la
ventana del altillo. El cerezo, ahora cubierto de escarcha, parecía inclinarse
levemente hacia el ventanal, como queriendo escuchar los pensamientos que
revoloteaban en la cabeza de Nina. Bajó las escaleras con las cartas bien
sujetas entre sus manos. Preparó una nueva taza de café y, mientras el agua
hervía, sus dedos se deslizaron en el teclado y comenzó a escribir:
Bariloche 15 de julio
de 2022
Querida Camilla:
Soy Nina, una de
las nietas de Luba. Tengo cuarenta y seis años y me acabo de enterar de su
existencia. Encontré todas tus cartas y los Emails. La abuela acaba de fallecer
y se llevó el secreto a la tumba. Espero con ansias una respuesta suya. Atentamente,
Nina
La casa de los cerezos, que había sido habitada por sesenta
años, fue el lugar del encuentro, en la primavera argentina. La mesa se volvió
a llenar de ruido y el parque, de risas y correteos de niños. En el corazón del
hogar, en aquel altillo repleto de recuerdos, había dos mujeres unidas por la
sangre, por las historias y por Luba. Habían heredado algo más que recuerdos: aquella ucraniana silenciosa y fuerte, les había dejado
la misión más hermosa: continuar con su historia.
Alejandra Busconi
15/03/2025
lunes, 10 de noviembre de 2025
La nena en el tren
Subía al primer vagón e iba saludando uno a uno a los pasajeros
con un apretón de manos. La nena no tendría más de cinco años. Su cara estaba
sucia y tenía puesto siempre un vestido de lanilla con bolados color azul Y, arriba
de este, un delantal blanco. Ella pedía, con una sonrisa y mirando a
los ojos, unas moneditas para llevar dinero a su casa.
Día tras día, muy temprano en la mañana, empezaba por el primer
vagón del San Martín, en la estación de San Miguel. Si subía un vendedor
ambulante, ella, muy amable, le cedía el lugar. Los tipos la saludaban y le
preguntaban por su papá, que parecía haber vendido lapiceras en el tren durante
mucho tiempo. Uno de esos días húmedos, el padre había saltado del andén para
subir al tren que iba en dirección contraria y cayó a las vías. La formación le
cortó una pierna.
La nena seguía saludando y charlando con los pasajeros. Era la fan,
en primera fila, cuando se instalaba un músico a tocar, entre el ruido del tren
y el murmullo de la gente. Ella aplaudía como si el cantante fuese famoso.
Luego seguía vagón tras vagón, jugando con otros nenes que pedían o entregaban
estampitas.
Pasó el tiempo. Luego del estallido de 2001, el San Martín se empezó a llenar de vendedores ambulantes. Cada vez más personas pidiendo: discapacitados, ancianos, madres con bebés, veteranos de guerra o enfermos de SIDA. Y allí estaba ella, con ocho años, un poco más alta y con un paso más firme. Saludaba a cada pasajero. Era imposible que alguien la rechazara. Con la crisis, nadie le podía dar un centavo. Los asientos estaban vacíos de trabajadores. A veces se la veía en un tren especial, que funcionaba hacia Retiro por la mañana y regresaba a José C. Paz en la tarde. Esta formación estaba destinada al traslado de los cartoneros. Cientos de familias transportadas para ir a recorrer la Capital de Buenos Aires. Changos de supermercados, bolsas de residuos, animales, chicos y ancianos viajaban sin puertas y sin ventanas en un tren viejo y oxidado.
La nena siguió pidiendo. Algunas señoras grandes se sonreían, pero
le decían que no tenían nada. La chiquita tomaba mate con los muchachos harapientos.
Abrazaba a sus amigos. Abrazaba mucho. Parecía estar en su casa. Se sentía segura,
allí, arriba del tren. A veces se la encontraba comiendo en alguna estación o
descansando a la sombra en un banco.
Alrededor de sus diez años, la nena del tren comenzó a pedir también por la tarde. Estaba aún más sucia y desgreñada. Mucho más flaca y rotosa. ¿Qué hacés que no estás en la escuela?, le preguntó una señora bien vestida que siempre le convidaba un alfajor de maicena casero. Por ahora no voy, respondió, pero el año que viene vuelvo. Ahora vestía una calza ajustada y una remera muy corta. Los sweaters también eran cortos y le gustaba mostrar el ombligo. Seguía día a día saludando pasajero por pasajero y era tan carismática que la gente le ofrecía moneditas aunque fuesen personas de pocos recursos. Se comentaba que la familia de la nena del tren se había mudado a un asentamiento, a orillas de las vías del San Marín, cerca de la estación La Paternal.
Un día, apareció una mujer joven y obesa, con un bebé en brazos y un nene chiquito, que apenas caminaba. Gritaba y preguntaba a los vendedores ambulantes: ¿viste a la Malena?, ¿no viste a mi Malena? Los pasajeros murmuraban. Parece que Malena era la chica que saludaba en el tren. Unas cuantas semanas estuvo desaparecida. Su cara se encontraba en unas fotocopias en las estaciones del San Martín. Pero aquel mismo verano apareció, como si nada, pidiendo en los vagones, con su sonrisa tan peculiar.
Después de un largo tiempo, una adolescente muy simpática, de unos catorce años, subía al tren en la estación Chacarita. Tenía los ojos pintados y usaba polleras de jean muy cortas. Era aquella nena del tren que pedía dinero dando un fuerte apretón de manos. Llevaba un bebé recién nacido, sujetado de una mochila para niños. Parecía una mujer de veinte años, pero ella era la inconfundible nena que había necesitado del cariño de los pasajeros, más allá de un billete, o una moneda.
Un día una mujer le dio una tarjeta. Ella la tomó y se sentó a su
lado. Como le gustaba conversar, le contó su historia: mi papá tuvo un
accidente de tren, cuando vendía lapiceras. Quedó triste en mi casa de San
Miguel. Allá vivíamos con mi abuelo y todos mis hermanos. Somos once. Los más
grandes se volvieron para el Chaco, donde está mi abuela. Yo tenía que “trabajar”,
arriba del tren, para ayudar a mi papá. Este bebé es de mi hermana mayor. Ella
vivía en la calle y se drogaba. Se murió hace poco. Entonces yo me quedé con mi
sobrinito. Ahora una parte de la familia vive en La Paternal. Me dijeron que el
gobierno nos va a dar un terreno en Moreno. Yo no quiero. Tengo a todos mis
amigos en Capital. Yo tengo que seguir trabajando acá. La mujer la miró
seriamente y le dijo que, si la llamaba, ella y el bebé iban a estar mejor. Se
saludaron con afecto, con un abrazo. La chica se quedó pensando en el asiento. Llegó a Retiro y volvió a José C. Paz, con la tarjetita en la
mano.
Unos cuantos meses pasaron y a aquella chica pobre, que pedía en el tren, no se la volvió a ver. ¿Sería posible que Malena hiciera la llamada? En los vagones corría el rumor de que la chica estaba en un sitio mejor. ¿Podría ser que hubiera tenido esa gran oportunidad?
Alejandra 10/11/2025
viernes, 7 de noviembre de 2025
Mi pequeña niña de ojos tristes
Encontré una serie de poemas que escribí cuando era adolescente. Aquí hago entrega del primero que posteo y está dedicado a mi prima Raquel, que en ese momento tenía doce años.
¡Oh! Niña pequeña de ojos muertos
ya no es tu nombre hermoso.
¡Oh! Me avisan las gaviotas
que hoy tu cabello es del viento.
Mi pequeña niña de ojos tristes…
tu esperanza se esconde
y se ocultan tus palabras
y te hiere la gente… tanto como a mí.
Te inundan las lágrimas de tu tiempo
y te atropellan las miradas
que ves al pasar.
Mi pequeña niña de ojos tristes…
¡Oh! tu mente descontrolada y tu corta edad
muestran al mundo tu pesar.
¡Oh! tu cuerpo de arena se escapa
y hay olas que te vienen a buscar
y el amor es tu refugio
y la libertad, tu camino.
¡Oh! ¡La tarde está cayendo y yo me voy!
Tus pies congelados están dejando de andar.
Mi pequeña niña de ojos tristes…
Vino la tormenta de agosto y destruyó todo.
Vino la mano extendida de un hombre,
pero la lastimaron al llegar.
Sigue la vida…
Las cadenas de mis pies
no me permiten ver las estrellas.
Mi pequeña niña de ojos tristes…
Bienvenida seas a mi humilde reino
que es esclavo de un paraíso.
Bienvenida seas a un nuevo cuento
de hadas, de amor… o de ojos muertos.
Alejandra 1981
martes, 4 de noviembre de 2025
Recuerdos de un aroma
Todas las mañanas, vestía a mi hijo Abel como si fuese mi muñequito: le ponía sweaters de lana, que le tejía la abuela Titina y unos pantaloncitos con frisa. Le tiraba unas gotitas de perfume para bebé y después le pasaba el cepillo para el pelo, que tenía unas cerdas muy delicadas. Y lo peinaba suavemente. Tomaba sus cachetes con las dos manos, le daba un beso y lo abrazaba. Todavía recuerdo la frescura de su olor a bebé.
Abel era un chiquito
limpio. No le gustaba ensuciarse. Alrededor del año, yo le daba de comer. Si se
ensuciaba las manos, las levantaba y yo sabía que se las tenía que limpiar. Su
ropa siempre estaba impecable.
De más grande no
le gustaba pegotearse con golosinas o con el helado. Me pedía que lo lavara en
la canilla de la heladería. Recuerdo darle besos en las manos y que siempre
olieran a jabón.
Aquel olor a bebé me remonta a muchos momentos con mi hijo, cuando tenía dos años. Caminábamos mucho. Lo levantaba temprano para llevar a Dalila a la escuela y ahí yo atendía el kiosco porque formaba parte del “Club de madres”, de la primaria. Estábamos dos o tres horas y él, a mi lado, con sus autitos. Después íbamos de compras y regresábamos a casa. Yo hacía la comida y él jugaba y jugaba. Era charlatán. Me charlaba de todo lo que hacía. Poníamos las canciones de “Ruidos y ruiditos”, de la compositora Judith Akoschky y cantábamos. A veces yo estudiaba las obras del coro y él me escuchaba. Buscábamos a Dalila y, por la tarde, yo dormía la siesta abrazada a su aroma. Era un bebé alegre, siempre estaba sonriendo y se hacía el chistoso.
Trato de borrar lo malo y me esfuerzo por recordar esos momentos que me hicieron feliz. Cada vez me cuesta más porque cada vez está más lejos en el tiempo. Se me van borrando los recuerdos. Por suerte los sentidos tienen memoria y me llevan a esos lugares de mi mente que me hicieron bien.
Alejandra
23/10/2025
martes, 30 de septiembre de 2025
Con mamá
Miro correr este río marrón y me da paz. Ahora entiendo cuánto te gustaba venir al Delta a tomar mate con papá y Richard. ¿Estás viendo, mamá, los patos? Me hubiera gustado venir esos días en que ustedes disfrutaban del aire húmedo y apacible. Pero yo estaba hundida en mis problemas. ¿Estás cómoda ahí? Corre una brisa fresca debajo de este ceibo florecido…
¡Qué felices éramos!
Se me vino un recuerdo, como una película en blanco y negro: íbamos caminando por la vereda y te agarraba de la mano. Vos me la ibas soltando y yo te la apretaba, enojada. Me seguía centrando en tu mano, la apretaba y vos la ibas aflojando de nuevo. La situación se repetía una y otra vez. Ya no te lo pedía, simplemente te apretaba más la mano y lloraba, iracunda. Me quejaba todo el tiempo y no disfrutaba del paseo, solo quería seguir caminando a tu lado con la mano bien agarrada.
Giraba mi cabeza hacia arriba y te veía
tan alta y lejana. Estabas en otro lado. Siempre pensé que tu
preocupación era todo el trabajo que tenías en la casa. Pero… ¿te acordás que un
día me dijiste que papá la había tenido fácil? Vos te quedabas sola con mi
hermano discapacitado y conmigo, que era chiquita, mientras papá se iba a
trabajar al interior. Me imagino tus fantasmas, con lo mujeriego que fue desde
joven. ¿Te diste cuenta, mamá?, ahora sos vos la que se agarra a mi mano con
fuerza.
Naciste enojada, hija
El aroma a humedad y el verdor tan particular que se aprecia alrededor, me acerca más recuerdos. Me remonta al día en que fuimos al recital de Mercedes Sosa al Luna Park, en su vuelta del exilio. Fue horrible verte tan triste, flaca, desarreglada y con depresión. Oyendo sin escuchar. Algo que pasó entre papá y su jefa. La mujer te había mandado llamar, pero vos nunca me quisiste contar sobre esa conversación. Yo tenía diecisiete años y era una chica observadora. Supe que algo grave había pasado. Cuando por fin las cosas parecían haberse estabilizado en casa, él las había vuelto a arruinar. ¡Me pareció tan patética esa situación! Parecía el llamado de una directora de escuela a la madre de un alumno. Verte deprimida me partió el corazón.
¡Lo que me hizo renegar tu padre!
Cuando empecé aquel trabajo en La Matanza ¿te acordás?, parecía estar todo bien entre nosotras. Pasabas tiempo sola porque Richard y papá tenían sus actividades y me invitabas a comer rico y calentito. Podíamos charlar y tomar mate porque te encantaba que te contara mis andanzas.
Yo le decía el lejano oeste.
Estabas más tranquila: hacías compras y te reunías con amigas. Por un segundo fuiste algo parecido a una madre, lo que hacía tanto tiempo lo creía perdido. Y… claro… fuiste mi jefa por veinte años. Pero todo eso duró poco porque, cuando papá se enfermó, todo cambió. Primero lo negaste, meses después, te enojaste con la vida y al final te venció la angustia. Estabas histérica todo el día. Te la agarrabas con él porque no quería hacer nada. Pero no podía, no le daba la salud. Y eso no lo entendías, ¿te acordás cómo le gritabas?
¡Qué trabajo tenía, yo hacía todo! Ustedes me ayudaban.
¡Qué hermoso día nos tocó, mamá! No sé si estarás en paz en este momento, con lo ansiosa que sos. Quedémonos un rato en silencio…
Mientras pasan las canoas de los deportistas se escucha el sonido del oleaje. Como una pintura de Monet aprecio el verde de los sauces y el viento fresco agitando sus ramas. El brillo del sol forma una estrella en el agua. Este río misterioso, que se llevó tanta historia, me avisa que ya es hora. ¡Vamos! Ahora por fin yo te puedo proteger. Estás en mis manos y es el momento de nuestra despedida. No encuentro palabras, sólo dejémonos llevar por la melodía de esta orquesta que nos brinda la naturaleza. Voy a abrir la urna y tus restos se van a fundir con el paisaje que tanto gozaron tus ojos.
Un ratito más, hija. No hay apuro.
Y allá vas… La corriente te lleva hacia el laberinto acuático de arroyos e islotes. Enseguida, te unirás a ese río ancho y plateado. Luego, a las aguas frías del mar. Por último, al océano revoltoso… ¿Será así tu eternidad? ¿turbulenta como fue tu vida?
Alejandra Busconi 27/9/2025
lunes, 14 de julio de 2025
Encuentro en las sierras
Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están muy ocupadas recolectando frutos. Es el momento de la mañana en que a Emilia le toca lavar la ropa en el Río Cuarto. El sol va tocando lo alto de las sierras. La novicia apoya el canasto en una roca y se sienta a la orilla del río. Se saca la túnica blanca y queda en enagua. Deja flamear su largo cabello, mientras refresca sus pies y canta:
Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi…[1]
Un ruido
interrumpe el canto. Pájaros de diferentes colores salen aleteando asustados. Hay
algo detrás del espinillo: ¿un animal, tal vez?, Emilia se pregunta cautelosa.
Camina hacia la roca donde dejó su velo. Se ata el pelo y exclama:
- ¡Sal! ¿quién
está ahí?
A pesar
de que sus hermanas le advirtieron sobre los peligros de los montes cordobeses,
Emilia no tiene miedo. De pronto se asoma entre las espinas una figura esbelta
de barba y cabellos largos. En su mano derecha sostiene una azuela[2] y
en la izquierda un par de animales muertos:
-Soy
Yaco- se presenta levantando los dos brazos -solo vine por unas liebres.
-Tu es un natif[3], comechingón- contesta ella
-Henia camiare[4]-
aclara el muchacho. Ambos ríen. Yaco le pide que vuelva a soltarse el pelo
porque le queda más lindo. Emilia se sonroja y le aclara que debe ir a la
orilla del río a lavar la ropa. Él no da ni un solo paso, pero ella lo invita a
acercarse y le aclara que sus hermanas andan por ahí.
Emilia
es una hermosa muchacha de ademanes delicados. Su cabello es rojizo, ojos
verdes y tez muy blanca. Tiene una voz extremadamente suave. Está en sus veintes.
Proviene de una familia adinerada de la ciudad de Río Cuarto. Estudió idiomas
en Francia y allí conoció a las hermanas franciscanas. A su regreso, los padres
le tenían preparado un candidato de la alta sociedad cordobesa. La esperaba un
estanciero, mucho mayor que ella, con un anillo de diamantes para su compromiso.
Al día siguiente, la muchacha expresó su desagrado por aquel individuo. A los
pocos días, Emilia informó a sus padres que tomaría los hábitos en el Convento
de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, en las afueras de la ciudad.
Unos meses después, comenzó el noviciado.
Yaco es
un hombre joven, muy alto, de aspecto fornido y piel morena. Tiene ojos grandes
y transparentes, como el agua, clara. Pertenece a una de las pocas familias de
aborígenes comechingón que
sobrevivieron y se adaptaron a la civilización. Hacía unos meses que el joven
había salido en una expedición, desde las Sierras Chicas, buscando una nueva
vida y se empleó en los campos aledaños al Convento.
Ya es
mediodía.
-Hoy es
mi día libre- dice Yaco tomándole la mano a Emilia y comienza a caminar hacia
el próximo claro del río. Los jóvenes juntan ramas para hacer fuego. El
muchacho quita la piel de la liebre con su facón y comienza a dorar la carne,
colgada de una estaca, que él mismo improvisó. Emilia lava unas hojas de berro
para acompañar. Le gusta eso de comer con las manos.
La
conversación es continua y se pierden en el tiempo.
-Las
hermanas deben estar buscándome- sonrió Emilia –aunque ellas saben que me gusta
andar en soledad.
Emilia y
Yaco se comunican como si se conocieran desde siempre. Ella se suelta el cabello nuevamente y se
arrodilla. Con sus lazos le hace una trenza al muchacho mientras entona su
canción:
…qui per sanctam crucen tuam redemisti mundum…[5]
Emilia
se levanta y comienza a danzar riendo alocadamente. Yaco aplaude. Ella frena de
golpe y pierde la mirada en el atardecer sin pronunciar palabra. Él se acerca.
Emilia se tira sobre el pasto, en posición fetal, y comienza a llorar. Yaco
comienza a entonar una canción de cuna, en un dialecto antiguo, mientras se
recuesta abrazándola. La chica se tranquiliza y se quedan juntos, así, un buen
rato.
Yaco
escucha pasos a lo lejos. La muchacha levanta la cabeza y ve a su madre con
algunas hermanas.
-¡Demain à la même heure! Mañana a la
misma hora- susurra mientras se viste. El joven se esconde. Emilia se lava la
cara en el río y luego ata su cabello y se lo cubre con el velo. Perdió el
canasto de ropa. La madre camina entre los arbustos con desagrado hacia la
muchacha y la toma del brazo, enojada. Se la lleva vociferando. Emilia mira
hacia atrás y sonríe.
Alejandra Busconi
15/6/2025
10 de mayo de 2021-10 de mayo de 2026
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