lunes, 10 de noviembre de 2025

La nena en el tren

 

Subía al primer vagón e iba saludando uno a uno a los pasajeros con un apretón de manos. La nena no tendría más de cinco años. Su cara estaba sucia y tenía puesto siempre un vestido de lanilla con bolados color azul Y, arriba de este, un delantal blanco. Ella pedía, con una sonrisa y mirando a los ojos, unas moneditas para llevar dinero a su casa.

Día tras día, muy temprano en la mañana, empezaba por el primer vagón del San Martín, en la estación de San Miguel. Si subía un vendedor ambulante, ella, muy amable, le cedía el lugar. Los tipos la saludaban y le preguntaban por su papá, que parecía haber vendido lapiceras en el tren durante mucho tiempo. Uno de esos días húmedos, el padre había saltado del andén para subir al tren que iba en dirección contraria y cayó a las vías. La formación le cortó una pierna.

La nena seguía saludando y charlando con los pasajeros. Era la fan, en primera fila, cuando se instalaba un músico a tocar, entre el ruido del tren y el murmullo de la gente. Ella aplaudía como si el cantante fuese famoso. Luego seguía vagón tras vagón, jugando con otros nenes que pedían o entregaban estampitas.

Pasó el tiempo. Luego del estallido de 2001, el San Martín se empezó a llenar de vendedores ambulantes. Cada vez más personas pidiendo: discapacitados, ancianos, madres con bebés, veteranos de guerra o enfermos de SIDA. Y allí estaba ella, con ocho años, un poco más alta y con un paso más firme. Saludaba a cada pasajero. Era imposible que alguien la rechazara. Con la crisis, nadie le podía dar un centavo. Los asientos estaban vacíos de trabajadores. A veces se la veía en un tren especial, que funcionaba hacia Retiro por la mañana y regresaba a José C. Paz en la tarde. Esta formación estaba destinada al traslado de los cartoneros. Cientos de familias transportadas para ir a recorrer la Capital de Buenos Aires. Changos de supermercados, bolsas de residuos, animales, chicos y ancianos viajaban sin puertas y sin ventanas en un tren viejo y oxidado.

La nena siguió pidiendo. Algunas señoras grandes se sonreían, pero le decían que no tenían nada. La chiquita tomaba mate con los muchachos harapientos. Abrazaba a sus amigos. Abrazaba mucho. Parecía estar en su casa. Se sentía segura, allí, arriba del tren. A veces se la encontraba comiendo en alguna estación o descansando a la sombra en un banco.

Alrededor de sus diez años, la nena del tren comenzó a pedir también por la tarde. Estaba aún más sucia y desgreñada. Mucho más flaca y rotosa. ¿Qué hacés que no estás en la escuela?, le preguntó una señora bien vestida que siempre le convidaba un alfajor de maicena casero. Por ahora no voy, respondió, pero el año que viene vuelvo. Ahora vestía una calza ajustada y una remera muy corta. Los sweaters también eran cortos y le gustaba mostrar el ombligo. Seguía día a día saludando pasajero por pasajero y era tan carismática que la gente le ofrecía moneditas aunque fuesen personas de pocos recursos. Se comentaba que la familia de la nena del tren se había mudado a un asentamiento, a orillas de las vías del San Marín, cerca de la estación La Paternal.

Un día, apareció una mujer joven y obesa, con un bebé en brazos y un nene chiquito, que apenas caminaba. Gritaba y preguntaba a los vendedores ambulantes: ¿viste a la Malena?, ¿no viste a mi Malena? Los pasajeros murmuraban. Parece que Malena era la chica que saludaba en el tren. Unas cuantas semanas estuvo desaparecida. Su cara se encontraba en unas fotocopias en las estaciones del San Martín. Pero aquel mismo verano apareció, como si nada, pidiendo en los vagones, con su sonrisa tan peculiar.

Después de un largo tiempo, una adolescente muy simpática, de unos catorce años, subía al tren en la estación Chacarita. Tenía los ojos pintados y usaba polleras de jean muy cortas. Era aquella nena del tren que pedía dinero dando un fuerte apretón de manos. Llevaba un bebé recién nacido, sujetado de una mochila para niños. Parecía una mujer de veinte años, pero ella era la inconfundible nena que había necesitado del cariño de los pasajeros, más allá de un billete, o una moneda.

Un día una mujer le dio una tarjeta. Ella la tomó y se sentó a su lado. Como le gustaba conversar, le contó su historia: mi papá tuvo un accidente de tren, cuando vendía lapiceras. Quedó triste en mi casa de San Miguel. Allá vivíamos con mi abuelo y todos mis hermanos. Somos once. Los más grandes se volvieron para el Chaco, donde está mi abuela. Yo tenía que “trabajar”, arriba del tren, para ayudar a mi papá. Este bebé es de mi hermana mayor. Ella vivía en la calle y se drogaba. Se murió hace poco. Entonces yo me quedé con mi sobrinito. Ahora una parte de la familia vive en La Paternal. Me dijeron que el gobierno nos va a dar un terreno en Moreno. Yo no quiero. Tengo a todos mis amigos en Capital. Yo tengo que seguir trabajando acá. La mujer la miró seriamente y le dijo que, si la llamaba, ella y el bebé iban a estar mejor. Se saludaron con afecto, con un abrazo. La chica se quedó pensando en el asiento. Llegó a Retiro y volvió a José C. Paz, con la tarjetita en la mano.

Unos cuantos meses pasaron y a aquella chica pobre, que pedía en el tren, no se la volvió a ver. ¿Sería posible que Malena hiciera la llamada? En los vagones corría el rumor de que la chica estaba en un sitio mejor. ¿Podría ser que hubiera tenido esa gran oportunidad?

Alejandra 10/11/2025

 

 

 

 

 


viernes, 7 de noviembre de 2025

Mi pequeña niña de ojos tristes

 Encontré una serie de poemas que escribí cuando era adolescente. Aquí hago entrega del primero que posteo y está dedicado a mi prima Raquel, que en ese momento tenía doce años.


¡Oh! Niña pequeña de ojos muertos

ya no es tu nombre hermoso.

¡Oh! Me avisan las gaviotas

que hoy tu cabello es del viento.

 

Mi pequeña niña de ojos tristes…

tu esperanza se esconde

y se ocultan tus palabras

y te hiere la gente… tanto como a mí.

Te inundan las lágrimas de tu tiempo

y te atropellan las miradas

que ves al pasar.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

¡Oh! tu mente descontrolada y tu corta edad

muestran al mundo tu pesar.

¡Oh! tu cuerpo de arena se escapa

y hay olas que te vienen a buscar

y el amor es tu refugio

y la libertad, tu camino.

¡Oh! ¡La tarde está cayendo y yo me voy!

Tus pies congelados están dejando de andar.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

Vino la tormenta de agosto y destruyó todo.

Vino la mano extendida de un hombre,

pero la lastimaron al llegar.

Sigue la vida…

Las cadenas de mis pies

no me permiten ver las estrellas.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

Bienvenida seas a mi humilde reino

que es esclavo de un paraíso.

Bienvenida seas a un nuevo cuento

de hadas, de amor… o de ojos muertos.


Alejandra 1981

 

 


martes, 4 de noviembre de 2025

Recuerdos de un aroma

 

Todas las mañanas, vestía a mi hijo Abel como si fuese mi muñequito: le ponía sweaters de lana, que le tejía la abuela Titina y unos pantaloncitos con frisa. Le tiraba unas gotitas de perfume para bebé y después le pasaba el cepillo para el pelo, que tenía unas cerdas muy delicadas. Y lo peinaba suavemente. Tomaba sus cachetes con las dos manos, le daba un beso y lo abrazaba. Todavía recuerdo la frescura de su olor a bebé.

Abel era un chiquito limpio. No le gustaba ensuciarse. Alrededor del año, yo le daba de comer. Si se ensuciaba las manos, las levantaba y yo sabía que se las tenía que limpiar. Su ropa siempre estaba impecable.

De más grande no le gustaba pegotearse con golosinas o con el helado. Me pedía que lo lavara en la canilla de la heladería. Recuerdo darle besos en las manos y que siempre olieran a jabón.

Aquel olor a bebé me remonta a muchos momentos con mi hijo, cuando tenía dos años. Caminábamos mucho. Lo levantaba temprano para llevar a Dalila a la escuela y ahí yo atendía el kiosco porque formaba parte del “Club de madres”, de la primaria. Estábamos dos o tres horas y él, a mi lado, con sus autitos. Después íbamos de compras y regresábamos a casa. Yo hacía la comida y él jugaba y jugaba. Era charlatán. Me charlaba de todo lo que hacía. Poníamos las canciones de “Ruidos y ruiditos”, de la compositora Judith Akoschky y cantábamos. A veces yo estudiaba las obras del coro y él me escuchaba. Buscábamos a Dalila y, por la tarde, yo dormía la siesta abrazada a su aroma. Era un bebé alegre, siempre estaba sonriendo y se hacía el chistoso.

Trato de borrar lo malo y me esfuerzo por recordar esos momentos que me hicieron feliz. Cada vez me cuesta más porque cada vez está más lejos en el tiempo. Se me van borrando los recuerdos. Por suerte los sentidos tienen memoria y me llevan a esos lugares de mi mente que me hicieron bien.

Alejandra

23/10/2025

martes, 30 de septiembre de 2025

Con mamá

 

Miro correr este río marrón y me da paz. Ahora entiendo cuánto te gustaba venir al Delta a tomar mate con papá y Richard. ¿Estás viendo, mamá, los patos? Me hubiera gustado venir esos días en que ustedes disfrutaban del aire húmedo y apacible. Pero yo estaba hundida en mis problemas. ¿Estás cómoda ahí? Corre una brisa fresca debajo de este ceibo florecido…

¡Qué felices éramos!

Se me vino un recuerdo, como una película en blanco y negro: íbamos caminando por la vereda y te agarraba de la mano. Vos me la ibas soltando y yo te la apretaba, enojada. Me seguía centrando en tu mano, la apretaba y vos la ibas aflojando de nuevo. La situación se repetía una y otra vez. Ya no te lo pedía, simplemente te apretaba más la mano y lloraba, iracunda. Me quejaba todo el tiempo y no disfrutaba del paseo, solo quería seguir caminando a tu lado con la mano bien agarrada.

Giraba mi cabeza hacia arriba y te veía tan alta y lejana. Estabas en otro lado. Siempre pensé que tu preocupación era todo el trabajo que tenías en la casa. Pero… ¿te acordás que un día me dijiste que papá la había tenido fácil? Vos te quedabas sola con mi hermano discapacitado y conmigo, que era chiquita, mientras papá se iba a trabajar al interior. Me imagino tus fantasmas, con lo mujeriego que fue desde joven. ¿Te diste cuenta, mamá?, ahora sos vos la que se agarra a mi mano con fuerza.

Naciste enojada, hija

El aroma a humedad y el verdor tan particular que se aprecia alrededor, me acerca más recuerdos. Me remonta al día en que fuimos al recital de Mercedes Sosa al Luna Park, en su vuelta del exilio. Fue horrible verte tan triste, flaca, desarreglada y con depresión. Oyendo sin escuchar. Algo que pasó entre papá y su jefa. La mujer te había mandado llamar, pero vos nunca me quisiste contar sobre esa conversación. Yo tenía diecisiete años y era una chica observadora. Supe que algo grave había pasado. Cuando por fin las cosas parecían haberse estabilizado en casa, él las había vuelto a arruinar. ¡Me pareció tan patética esa situación! Parecía el llamado de una directora de escuela a la madre de un alumno. Verte deprimida me partió el corazón.

¡Lo que me hizo renegar tu padre!

Cuando empecé aquel trabajo en La Matanza ¿te acordás?, parecía estar todo bien entre nosotras. Pasabas tiempo sola porque Richard y papá tenían sus actividades y me invitabas a comer rico y calentito. Podíamos charlar y tomar mate porque te encantaba que te contara mis andanzas.

Yo le decía el lejano oeste.

Estabas más tranquila: hacías compras y te reunías con amigas. Por un segundo fuiste algo parecido a una madre, lo que hacía tanto tiempo lo creía perdido. Y… claro… fuiste mi jefa por veinte años. Pero todo eso duró poco porque, cuando papá se enfermó, todo cambió. Primero lo negaste, meses después, te enojaste con la vida y al final te venció la angustia. Estabas histérica todo el día. Te la agarrabas con él porque no quería hacer nada. Pero no podía, no le daba la salud. Y eso no lo entendías, ¿te acordás cómo le gritabas?

¡Qué trabajo tenía, yo hacía todo! Ustedes me ayudaban.

¡Qué hermoso día nos tocó, mamá! No sé si estarás en paz en este momento, con lo ansiosa que sos. Quedémonos un rato en silencio…

Mientras pasan las canoas de los deportistas se escucha el sonido del oleaje. Como una pintura de Monet aprecio el verde de los sauces y el viento fresco agitando sus ramas. El brillo del sol forma una estrella en el agua. Este río misterioso, que se llevó tanta historia, me avisa que ya es hora. ¡Vamos! Ahora por fin yo te puedo proteger. Estás en mis manos y es el momento de nuestra despedida. No encuentro palabras, sólo dejémonos llevar por la melodía de esta orquesta que nos brinda la naturaleza. Voy a abrir la urna y tus restos se van a fundir con el paisaje que tanto gozaron tus ojos.

Un ratito más, hija. No hay apuro.

Y allá vas… La corriente te lleva hacia el laberinto acuático de arroyos e islotes. Enseguida, te unirás a ese río ancho y plateado. Luego, a las aguas frías del mar. Por último, al océano revoltoso… ¿Será así tu eternidad? ¿turbulenta como fue tu vida?

Alejandra Busconi 27/9/2025


lunes, 14 de julio de 2025

Encuentro en las sierras


 

Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están muy ocupadas recolectando frutos. Es el momento de la mañana en que a Emilia le toca lavar la ropa en el Río Cuarto. El sol va tocando lo alto de las sierras. La novicia apoya el canasto en una roca y se sienta a la orilla del río. Se saca la túnica blanca y queda en enagua. Deja flamear su largo cabello, mientras refresca sus pies y canta:

Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi…[1]

 

Un ruido interrumpe el canto. Pájaros de diferentes colores salen aleteando asustados. Hay algo detrás del espinillo: ¿un animal, tal vez?, Emilia se pregunta cautelosa. Camina hacia la roca donde dejó su velo. Se ata el pelo y exclama:

- ¡Sal! ¿quién está ahí?

A pesar de que sus hermanas le advirtieron sobre los peligros de los montes cordobeses, Emilia no tiene miedo. De pronto se asoma entre las espinas una figura esbelta de barba y cabellos largos. En su mano derecha sostiene una azuela[2] y en la izquierda un par de animales muertos:

-Soy Yaco- se presenta levantando los dos brazos -solo vine por unas liebres.

-Tu es un natif[3], comechingón- contesta ella

-Henia camiare[4]- aclara el muchacho. Ambos ríen. Yaco le pide que vuelva a soltarse el pelo porque le queda más lindo. Emilia se sonroja y le aclara que debe ir a la orilla del río a lavar la ropa. Él no da ni un solo paso, pero ella lo invita a acercarse y le aclara que sus hermanas andan por ahí.

 

Emilia es una hermosa muchacha de ademanes delicados. Su cabello es rojizo, ojos verdes y tez muy blanca. Tiene una voz extremadamente suave. Está en sus veintes. Proviene de una familia adinerada de la ciudad de Río Cuarto. Estudió idiomas en Francia y allí conoció a las hermanas franciscanas. A su regreso, los padres le tenían preparado un candidato de la alta sociedad cordobesa. La esperaba un estanciero, mucho mayor que ella, con un anillo de diamantes para su compromiso. Al día siguiente, la muchacha expresó su desagrado por aquel individuo. A los pocos días, Emilia informó a sus padres que tomaría los hábitos en el Convento de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, en las afueras de la ciudad. Unos meses después, comenzó el noviciado.

Yaco es un hombre joven, muy alto, de aspecto fornido y piel morena. Tiene ojos grandes y transparentes, como el agua, clara. Pertenece a una de las pocas familias de aborígenes comechingón que sobrevivieron y se adaptaron a la civilización. Hacía unos meses que el joven había salido en una expedición, desde las Sierras Chicas, buscando una nueva vida y se empleó en los campos aledaños al Convento.

 

Ya es mediodía.

-Hoy es mi día libre- dice Yaco tomándole la mano a Emilia y comienza a caminar hacia el próximo claro del río. Los jóvenes juntan ramas para hacer fuego. El muchacho quita la piel de la liebre con su facón y comienza a dorar la carne, colgada de una estaca, que él mismo improvisó. Emilia lava unas hojas de berro para acompañar. Le gusta eso de comer con las manos.

La conversación es continua y se pierden en el tiempo.

-Las hermanas deben estar buscándome- sonrió Emilia –aunque ellas saben que me gusta andar en soledad.

 

Emilia y Yaco se comunican como si se conocieran desde siempre.  Ella se suelta el cabello nuevamente y se arrodilla. Con sus lazos le hace una trenza al muchacho mientras entona su canción:

 

…qui per sanctam crucen tuam redemisti mundum…[5]

 

Emilia se levanta y comienza a danzar riendo alocadamente. Yaco aplaude. Ella frena de golpe y pierde la mirada en el atardecer sin pronunciar palabra. Él se acerca. Emilia se tira sobre el pasto, en posición fetal, y comienza a llorar. Yaco comienza a entonar una canción de cuna, en un dialecto antiguo, mientras se recuesta abrazándola. La chica se tranquiliza y se quedan juntos, así, un buen rato.

 

Yaco escucha pasos a lo lejos. La muchacha levanta la cabeza y ve a su madre con algunas hermanas.

Demain à la même heure! Mañana a la misma hora- susurra mientras se viste. El joven se esconde. Emilia se lava la cara en el río y luego ata su cabello y se lo cubre con el velo. Perdió el canasto de ropa. La madre camina entre los arbustos con desagrado hacia la muchacha y la toma del brazo, enojada. Se la lleva vociferando. Emilia mira hacia atrás y sonríe.

 

Alejandra Busconi

15/6/2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Adoramus te, canción de oración del Vía Crucis

[2] hacha

[3]Eres un nativo” en francés

[4]Comechingón” en quechua

[5] Adoramus te, canción de oración del Vía Crucis

viernes, 23 de mayo de 2025

¿Dónde está Dios?


Pido disculpas de antemano si a alguien le parecen ofensivas mis palabras.

Para mí la religión es una mentira. Primero porque está inventada por hombres-varones- y segundo, porque se han cometido atrocidades a lo largo de la historia, con todas esas fantasías.

 

Yo tendría cinco o seis años cuando mis amigos del barrio me advertían sobre las cosas que ese Dios tan malvado me haría si me portaba mal. Entraba a una iglesia y me daban terror las imágenes ensangrentadas y enormes que había alrededor de los bancos. En el momento en que todas mis amigas empezaron con el catequismo mi mamá me preguntó si quería tomar la comunión, yo le respondí rotundamente que no. A los diez años, empecé a no creer en nada de lo que los nenes me decían sobre Dios y el Diablo. Mis padres estaban un poco enojados con Dios.

 

Tuve una época en que me daba risa todo lo relacionado a las misas y oraciones. Me acuerdo que mis primas y yo entrábamos a la capilla de la vuelta de casa y había un montón de mujeres, vestidas de negro y con una mantilla en la cabeza, rezándole a la Virgen: Santa María madre de Dios… Dios te salve María…Santa María madre de Dios… las voces se superponían y llorábamos de la risa. Por esa época, Dani iba a los scouts y le encantaba. Lo ayudó a ser más independiente y disciplinado. Mis padres me preguntaron si quería ir, les dije que sí, pero tuve una malísima experiencia.

 

Cada vez creía menos, pero me encantaba festejar la Navidad porque era un momento de espiritualidad y unión junto a mi familia. Me gustaba mucho poner música clásica, al igual que en Pascua. Admiraba a Jesús, pero odiaba a Papá Noel, otro macho. A medida que iba creciendo, dudaba cada vez más. A los quince años entré a mi primer coro donde encontré a varias personas agnósticas y ateas.

En la adolescencia, leí a Niezstche y Hermann Hesse y me dio vuelta la cabeza. Pero realmente, cuando tomé consciencia del mundo en el que vivía, con la pobreza, las injusticias y la maldad, me dije a mí misma: un Dios no puede permitir estas aberraciones y me convertí definitivamente en atea.

 

Ateísmo significa la ausencia de la creencia en la existencia de las deidades. Me han dicho que es omnipotente tener esa creencia, que uno no puede resolver todo. Lo sé. Me volqué a la música, que fue mi religión durante mucho tiempo. La música me salvó la vida, me ayudó a salir de varias situaciones límite y mantuvo mi cabeza y mi alma llenas. Las mejores composiciones musicales de la historia, fueron compuestas a Dios, a Jesús y María.

 

Mi tío Oscar y yo hablábamos mucho de todo esto. Más tarde lo hice con Daniel. Teníamos un amigo muy creyente que iba a cenar a casa, algún sábado y nos pasábamos toda la noche hablando sobre religión. Terminábamos riéndonos porque él nos decía: me voy de acá con más fe en Dios, y nosotros todo lo contrario. En el año 1998, me fui con Daniel y los chicos, de viaje por toda la Patagonia y, como ya conté, fuimos al Parque Nacional Los Alerces, provincia de Chubut. La visita era caminando por un sendero a orillas del río Arrayanes. Todo era hermoso y, cuando llegamos a un paradero, se abrió un paisaje que parecía pintado por algo superior. Esa noche, le escribí una carta al tío Oscar y terminé diciéndole que algo divino había allí.

 

Hoy, estar en los grupos de autoayuda, me obliga a creer en un Poder Superior porque yo no puedo controlarlo todo. Un día, observando un pájaro haciendo su nido, me di cuenta de que la naturaleza es un Poder Superior: es perfecta y me brinda todo lo que necesito. Creo en el sol, que me abriga, el agua que me protege y la tierra que me da los alimentos. La naturaleza sabe cuándo enfadarse y cuándo brindarme la calma. Ahí está Dios.

 

Alejandra Busconi

21/5/2025

miércoles, 30 de abril de 2025

En la tierra de Ventania de Diana Durán

 


EN LA TIERRA DE VENTANIA

 

Muchas veces me pregunto en qué lejana comarca se oculta el refugio donde encontrar al futuro amado. En qué puñado de historia descubrir un nuevo tiempo para querer. En qué desembocadura tierna recorrer una vida de presencias, de obstinados aciertos.

Reconozco que nuestros destinos estuvieron demasiado tiempo ausentes, tal vez vivieron muchos momentos de soledad y, con ellos, múltiples distancias.

¿Hacia dónde nos llevan?

Una mañana primaveral, después de muchas idas y vueltas, se concretó nuestra cita en tierras de Ventania. Allí recorrimos itinerarios tempranos; la curiosidad nos inspiraba a avistar los festivos revoloteos de pájaros de la comarca. El vergel serrano encerraba un bullicio orquestal de suaves plumajes, rojos de llamas, amarillos de luz y marrones veteados. Picos corvos, rectos, finos que se afanaban en buscar su alimento.

El asombro compartido de ver al chimango reclamar el solar de la tijereta. Macho y hembra carpinteros cavar el tronco horizontal. La paloma montesa empollar paciente su cría. El mixto, trino agudo, en espera. El benteveo y el hornero pasear. Multiplicidad alada, la nueva vida nuestra.

Los aromos y los sauces balancean sus copas. Los arroyos divagan bordeando la villa.

En ese solar único nosotros conquistamos el encuentro, una nueva coincidencia, madura, ¿quizá tardía?

Entre charlas de hijos y deberes; de cine y libros; de amores y desamores; del dolor de los años y los quebrantos.

Así fue la historia, así continúa después de una veintena de años. Ahora más lenta, más pausada, morosa y paciente.

 

 

 

domingo, 13 de abril de 2025

Las calles inundadas de Villa Raffo





Entre los años 1991 y 1998 fui ama de casa. Me dedicaba a mis hijos las veinticuatro horas. Los llevaba a la escuela todas las mañanas y a sus actividades extras. Fui miembro de la cooperadora, atendía el kiosco de la escuela y colaboraba con los actos del Jardín de Infantes. Siguiendo lo que mis padres me habían enseñado, era feliz.

La lluvia, en la paz de mi hogar, era hermosa. Tengo el recuerdo de los chicos jugando cada uno en su habitación y yo haciéndoles meriendas especiales. No sabía nada de repostería, les servía galletitas dulces y chocolatada que solo les daba con el mal tiempo.

Las calles que rodeaban mi barrio se inundaban y el agua nos llegaba hasta las rodillas. Durante treinta años hubo un problema con los desagües. El intendente que se perpetró en el poder nunca lo resolvió. Era muy difícil sacar los autos y, si íbamos caminando con las botas de lluvia, nos empapábamos igual. Entonces no llevaba a mis hijos a la escuela. Yo me quedaba acostada y Dalila y Abel se pasaban a mi cama y dormíamos acurrucados los tres.

El barrio de Villa Raffo era muy arbolado en esa época. Mi vecino de al lado tenía muchas plantas porque le gustaba la jardinería. Llovía, entonces me quedaba un buen rato mirando el cielo y el verde. Cuando paraba de llover, los pájaros se acercaban a mi ventana. Iban a beber y buscar lombrices a aquel jardín. Escuchaba los sonidos de la naturaleza y se veían los jacarandas más coloridos y los tilos reverdecidos. En esa época podíamos comer verduras orgánicas y estaba más atenta a la limpieza y la ecología. En ese departamento me sentía segura. Cada vez que había fuertes tormentas, agradecía por tener un hogar y techo propio.

 

Alejandra Busconi

11/4/2025

Tormenta sobre el mar


 


Se viene la tormenta, le dijo mamá a la tía Irene. Nubarrones grises con anaranjados y rosas se entremezclaban. A mis once años, observé por primera vez la inmensidad de la naturaleza.

Estábamos de vacaciones en Santa Clara del Mar. Empezamos a juntar las cosas de a poco porque se venía la lluvia. Papá y Dani estaban jugando a la paleta. ¡Vamos! ¡va a llover!, les gritó mamá.

Noooo, dijo sonriendo papá desde lejos, ¡es solo una nubecita! La tía lo quiso convencer, pero no hubo caso. Emprendimos el regreso a la casa que habíamos alquilado, ubicada a tres cuadras de la playa.

Mamá se sentó a tomar unos mates con la tía Irene y el tío Oscar. Prepararon la merienda para mi prima Paula, que tenía cinco años, y para mí. Pasaron unos cuantos minutos hasta que empezó a caer la lluvia. Papá y Dani no venían. Mamá y yo estábamos preocupadas y repetíamos la frase ¡qué cabeza dura! De pronto los vemos aparecer a los dos, empapados y con esas sonrisas compradoras, que los caracterizaba: ¿Así que era solo una nubecita?, le preguntó mi tía a papá. Todos nos pusimos a reír a carcajadas.

Me gustaba la lluvia en las vacaciones porque jugábamos a las cartas y al ludo matic. También nos íbamos a pasear a Mar del Plata: mirábamos vidrieras, me compraban helado y nos llevaban a los juegos.

 

 

 

Alejandra Busconi

5/4/2025

martes, 1 de abril de 2025

Una película muy triste

 


Corría el año 1982, más precisamente, el mes de abril. Yo estaba por cumplir diecisiete años. Había ocurrido en el país una de las peores tragedias de la historia argentina: el general Galtieri, le declaraba la guerra al Reino Unido por las Islas Malvinas.

Ese tema me pegó fuerte. Yo era una adolescente que profesaba el amor y la paz de Gandhi y John Lennon y no podía creer semejante aberración. Mis padres y yo siempre pensábamos que, si Dani hubiese sido un muchacho apto para el servicio militar, lo habrían reclutado. Recuerdo que durante los primeros días no podíamos dormir. Nos levantábamos muy temprano: mamá se sentaba frente a papá a tomar mate y ambos escuchaban en silencio una radio de Uruguay donde no había censura. Yo me levantaba angustiada y llorábamos los tres.

Vivíamos frente al Liceo Militar de General San Martín. Veíamos salir camiones y camiones llenos de “chicos”, soldados, de no más de dieciocho años, hacia Comodoro Rivadavia. Un ex alumno de mi colegio había sobrevivido al hundimiento del General Belgrano. Fue muy impresionante porque lo hicieron caminar enyesado frente a todo el alumnado y lo tuvimos que aplaudir. Me pareció patético. Yo me largué a llorar. Sentía vergüenza ajena. Siempre fue un tema muy doloroso del que no se habló más.

En el año 2005, mi hija había terminado el CBC en la facultad de Sociales y estaba comprometida con el país. Buscaba su destino ideológico. Nos encantaba ir a ver películas históricas. Por esa época, se estrenó la película “Iluminados por el fuego”, realizada por un ex combatiente de Malvinas. El final nos pareció tan pero tan triste, que Dalila y yo nos pusimos a llorar amargamente. Nos quedamos sentadas en las butacas, abrazadas sin consuelo, hasta que cerraron las cortinas de la pantalla. No podíamos reaccionar. Luego fuimos a un barcito y seguimos llorando. Emprendimos la vuelta y viajamos en silencio con los ojos hinchados. Una vez en casa quisimos comentar la película, pero no pudimos. Volvimos a llorar.


Alejandra Busconi

28/3/2025

domingo, 16 de marzo de 2025

El recorrido


Son las diez de la mañana. Estoy de buen humor. Tomo el colectivo a Laferrere, hacia el Barrio “Don Juan”, un asentamiento en La Matanza, donde parece que el tiempo se hubiera detenido en los años ochenta. La unidad no tiene aire acondicionado. Ya hay veintisiete grados. Me espera un trayecto de dos horas y media. Voy de una terminal a otra. Viaje completo.

Ingreso por adelante. A mis cincuenta y cinco años me cuesta mucho subir esa escalera. Inmediatamente maldigo al país. En pleno siglo veintiuno, a los discapacitados y ancianos se les dificulta viajar en un transporte tan popular. Nunca se hace nada por ellos. El chofer me recibe con cara de disgusto. Le solicito el destino. Me acomodo en un asiento individual, del lado del sol. La sensación térmica es mucho mayor, pero lo prefiero así antes que alguien se siente a mi lado y me toque con la pierna sudorosa.

Leo un rato. Reviso mensajes del celular. Pero a la mitad del viaje comienza mi hastío, ya no sé cómo acomodarme. Me molesta todo: la cumbia que escucha el colectivero; el reguetón que se oye desde el asiento de atrás y las voces del grupo de compañeros de trabajo que regresan del turno de la noche. Todo el ruido se mezcla en mi cabeza que está a punto de estallar y el calor lo dimensiona. El tránsito no fluye. Están arreglando las calles porque es tiempo de elecciones.

El viaje dura media hora más. Finaliza en medio de la Ruta 3. No hay una estación terminal. No hay árboles, solo un montón de tierra seca y basura. Camino diez cuadras al sol tajante sobre veredas rotas. Busco un kiosco o almacén para comprar agua mineral. No existe.

Llego al comedor comunitario. Hoy no cocinaron, está todo cerrado. Espero al sol y hago algunas llamadas, pero nadie me atiende. Es hora pico de calor. La ropa se me pega al cuerpo y debo estar colorada como un tomate. Veo a lo lejos un almacén donde por fin podré conseguir agua. Vuelvo por las diez cuadras.

Voy hacia la parada. Hay una fila de personas de casi media cuadra. Treinta y cinco minutos de espera al calor sofocante. Se estaciona el colectivo, pero espero al siguiente porque está lleno a reventar. A los veinte minutos, subo. Ahora el chofer es un pibe joven que escucha bachata a todo volumen. Ni me mira. Puedo conseguir un asiento individual, que también está del lado del sol y lo primero que hago es abrir la ventana porque, por supuesto, este colectivo tampoco tiene aire acondicionado. Se amontona cada vez más gente.

Hay una parada en la estación de Laferrere donde sube todo el mundo. Arrancamos. Vamos apretados como sardinas. No se puede respirar. Yo estoy atrás de todo y escucho que el colectivero grita: ¡Un asiento para la señora, por favor, que está embarazada! Silencio. El chofer repite: ¡un asiento por favor! Varias personas lo secundan en el pedido. El colectivo se detiene y se escucha: ¡Hasta que la señora no se siente, no vamos a avanzar! Estoy paralizada de calor. El tiempo transcurre en cámara lenta, como en una película. Es el fin del mundo. Se oyen gritos. Me parece que estoy metida dentro de un horno. La calza negra me quema la piel, literal. Todo se va oscureciendo de a poco hasta que una cálida brisa empieza a golpear mi cara y reacciono. Vamos andando de nuevo. Vuelvo a maldecir al país: los trabajadores viajamos como ganado y ganamos poco algunos no hemos tenido posibilidad de estudiar y parece que todo cuesta el doble de sacrificio todo está caro no se cumplen las leyes a los gobernantes les importamos muy poco. Nunca les importa el ciudadano. Todo es una mentira.

Ya queda menos de la vuelta. Estamos llegando al centro de San Justo y se ve a lo lejos un piquete. Un mar de gente con banderas y bombos. El chofer debe salirse del recorrido, entonces avisa que esta es la última parada, que el que tenga que bajar, lo hiciese ahora, entonces el colectivo se despeja. Me voy a un asiento doble a estirar las piernas en la sombra. Damos vueltas y más vueltas. Va por calles de tierra y zonas de extrema pobreza. Por fin vuelve a su ruta, pero todavía falta como una hora más de viaje.

Llego a destino. Ya son las tres de la tarde. No veo la hora de estar en casa y meterme bajo la ducha fría. Pero no. Todavía me falta tomar un colectivo más.

 

Alejandra Busconi 4/3/2025 

Alejandra Busconi

4/3/2025

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