martes, 31 de marzo de 2026

Las cartas de Luba

Era hora de limpiar el altillo de la casa de la abuela Luba. Allí se encontraba la historia familiar, los tesoros que la anciana había guardado con un orden minucioso a los que muy pocas personas podían acceder. Entre ellas se encontraba Nina, la nieta mayor, quien había acompañado a la abuela en los últimos momentos de su vida.

El altillo era un lugar fascinante y misterioso: tenía el techo en declive, todo en madera y un gran ventanal donde se asomaba el cerezo. Debajo de ese ventanal había un sillón con almohadones tejidos a crochet, por la propia Luba. Se acumulaban libros, adornos, juguetes de sus hijos y nietos y un arcón de cuero muy antiguo.

 Era un bello sábado de invierno. Nina se sentó un largo rato para ver la nieve caer por entre las ramas desnudas del cerezo. Se acercó al tocadiscos, que se encontraba junto al sillón, eligió un disco y comenzó a sonar Aída. Su abuelo Giuseppe había sido un gran admirador de la ópera italiana.

Secándose las lágrimas, Nina se dirigió hacia el arcón donde suponía que se encontraban las fotos de la abuela. Comenzó a revolver con cuidado y vio el álbum del casamiento de sus abuelos. Luba le había contado que se habían conocido en Italia. Se habían casado muy jóvenes, en una ceremonia sencilla. Ella tenía dieciséis y Giuseppe, veinte. Al poco tiempo, decidieron probar suerte en Argentina.

 La anciana no hablaba mucho de su infancia y el horror que había sufrido en la segunda guerra. Lo único que Nina recordaba era que Luba había nacido en Ucrania. Siguió hurgando en aquel gran baúl, mientras el viento y el frío azotaban los árboles. Nina bajó a hacerse un té.

Volvió hacia el altillo y muy en el fondo, encontró unas cajas forradas al crochet. En una de ellas, había muchas cartas que procedían de Italia y estaban acomodadas por orden cronológico. Nina entendía perfectamente el idioma y comenzó a leer:

                                                Trieste, Italia, 25 de septiembre de1976

 

Doña Luba:

Me tomé el atrevimiento de escribirle estas líneas después de haber investigado sobre su paradero. Mi nombre es Camilla Antonia Ferluga. Nací en Trieste y me he quedado aquí toda la vida. Pronto cumpliré treinta años. Soy periodista. Estoy casada y tengo dos niños: Antonella y Francesco. Mi esposo forma parte de la “Giunta comunale” de Trieste. Mi madre era enfermera de la post guerra y mi padre, médico partisano. Me han cuidado y han sido muy amorosos conmigo. Todavía la recuerdan. Creemos que usted es mi madre biológica.

Como periodista, he realizado las averiguaciones pertinentes y pude contactar a funcionarios de la región de Liguria, más precisamente en Génova, para poder acceder a los datos de los migrantes de la post-guerra. He viajado hace unos meses a esa ciudad y logré dar con su domicilio actual. Así pude localizarla.

Espero no incomodarla y que se encuentre bien. Con cariño

 

Camilla

 

 

Nina quedó perpleja. Ya se acercaba la noche. Se sirvió una copa de vino y pidió comida. Volvió a buscar, entre los vinilos apilados, la música de su abuelo. Era el turno de Madama Buterfly de Giacomo Puccini,

…Un bello día veremos levantarse un hilo de humo, en el extremo confín del mar…[1]

 

 Trieste, Italia, 20 de diciembre de1976

 

Doña Luba:

Muchas gracias por su respuesta. Por supuesto que tenemos mucho de qué hablar. Como cuenta en su carta, yo sabía que usted fue capturada por miembros de la Camicie Nere[2]. Era muy chica cuando la trasladaron a Trieste. Sé que, dos años más tarde, conoció a mis padres. La guerra ya había terminado. Mi padre la asistió en mi nacimiento y usted quedó muy débil. Luego decidió dejarme al cuidado de ellos.

 Es mi deseo conocerla. Quiero saberlo todo, querida Luba. Espero que algún día podamos concretar un encuentro.

Con cariño. 

 

Camilla

 

Solo había un par de cartas por año. Sobre todo, en algunas fechas importantes. No decían mucho más que relatos de los hijos de Camilla y saludos de Navidad o Pascuas. Nina supuso que habrían seguido el contacto por teléfono.

Al día siguiente, con un gran tazón de café con leche en la mano, Nina tomó su celular con obsesión y empezó a buscar a la tía Camilla en redes sociales, pero no encontró nada. Las cartas eran cada vez más espaciadas. No tenía mucha más información. Pero a la mujer se le ocurrió algo: abrir la cuenta de Email que ella misma le había creado a su abuela. Buscó la contraseña en la agenda, cerca del teléfono de línea, y logró entrar a los correos.  

Año 2000: Querida Luba: aquí te mando fotos de tus nietos… Querida Camilla: no sé cómo enviar fotos desde la computadora, espero te hayan llegado las de papel fotográfico… ¡Feliz inicio de milenio!

Había guardado todos los Emails. Por fin Nina pudo leer las respuestas de su abuela.

El domingo corría apacible. La nieve había cesado y el sol ya se iba asomando entre las montañas de Bariloche. Nina, masajeándose el cuello, leyó en detalle cada intercambio de mensajes. Entonces encontró uno muy importante:

 

Bariloche, 11 de agosto de 2002

 

Querida Camilla:

Espero que la familia se encuentre bien. Aquí se acaba de ir mi nieta Nina. Como ya sabes, es mi nieta mayor y es la que está atenta a mis deseos, todo el tiempo. Quería contarte que Nina y su padre me regalaron un viaje a Italia y, entre las ciudades que voy a recorrer, se encuentra Trieste. ¡Estoy muy emocionada! Viajo para fin de año, junto con Giuseppe. ¡Por fin nos vamos a conocer! Y haremos eso del ADN.

Quiero dejarte aquí mi versión de la historia, así cuando nos veamos, profundizo en los detalles. Como sabrás, fui una de las niñas sobrevivientes del Holocausto. Quedamos en unos galpones alemanes en la región de Lviv. Yo era la encargada de cuidar a los niños más pequeños. Cuando terminó la guerra, nos abandonaron en la iglesia de los jesuitas, de San Pedro y San Pablo. Pero como temían por los dos bandos -el ejército rojo y los nazis-, la congregación escapó rumbo a Eslovenia. Luego de un viaje de varias semanas, nos cobijaron unas monjas eslovenas. Allí conocí a tu padre biológico, un soldado desertor de los fascistas italianos. Nos enamoramos. Llegamos como pudimos a Trieste, de donde él era oriundo. Fuimos ayudados por la iglesia. Tu papá se llamaba Camillo Domenico Trevisan. Él falleció de una grave enfermedad y yo no podía cuidarte. Estaba sola en el mundo. Mi madre había muerto muy joven y mi padre y mis hermanos fueron capturados en la guerra. Fue muy doloroso para mí separarme de vos. Lo hice con la intención de volver a verte, pero la vida me llevó hacia otros horizontes. Cada cumpleaños tuyo enciendo una vela y le rezo a la Virgen de la medalla milagrosa para pedirle estar junto a ti.

Luego de dejarte con la pareja que te crió, estuve dos años en Génova y allí conocí a mi Giuseppe. Tardamos cuatro años en poder partir hacia Argentina. No teníamos los recursos ni los medios para ir a buscarte y yo perdí todo rastro tuyo.

Estoy ansiosa por verte. Con cariño, Luba

 

Nina cerró lentamente la computadora. Se quedó en silencio largo rato, como si algo dentro suyo acabara de acomodarse. No había más correos, ni más cartas. Pero ahora sabía por qué su abuela se había desviado hacia Trieste, en aquel viaje del año 2002. Niña volvió a mirar por la ventana del altillo. El cerezo, ahora cubierto de escarcha, parecía inclinarse levemente hacia el ventanal, como queriendo escuchar los pensamientos que revoloteaban en la cabeza de Nina. Bajó las escaleras con las cartas bien sujetas entre sus manos. Preparó una nueva taza de café y, mientras el agua hervía, sus dedos se deslizaron en el teclado y comenzó a escribir:

 

Bariloche 15 de julio de 2022

Querida Camilla:

Soy Nina, una de las nietas de Luba. Tengo cuarenta y seis años y me acabo de enterar de su existencia. Encontré todas tus cartas y los Emails. La abuela acaba de fallecer y se llevó el secreto a la tumba. Espero con ansias una respuesta suya. Atentamente, Nina

 

La casa de los cerezos, que había sido habitada por sesenta años, fue el lugar del encuentro, en la primavera argentina. La mesa se volvió a llenar de ruido y el parque, de risas y correteos de niños. En el corazón del hogar, en aquel altillo repleto de recuerdos, había dos mujeres unidas por la sangre, por las historias y por Luba. Habían heredado algo más que recuerdos: aquella ucraniana silenciosa y fuerte, les había dejado la misión más hermosa: continuar con su historia.

 

Alejandra Busconi

15/03/2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Aria de Cio-Cio-San, Madama Butterfly, G. Puccini

[2] Camisas negras

lunes, 10 de noviembre de 2025

La nena en el tren

 

Subía al primer vagón e iba saludando uno a uno a los pasajeros con un apretón de manos. La nena no tendría más de cinco años. Su cara estaba sucia y tenía puesto siempre un vestido de lanilla con bolados color azul Y, arriba de este, un delantal blanco. Ella pedía, con una sonrisa y mirando a los ojos, unas moneditas para llevar dinero a su casa.

Día tras día, muy temprano en la mañana, empezaba por el primer vagón del San Martín, en la estación de San Miguel. Si subía un vendedor ambulante, ella, muy amable, le cedía el lugar. Los tipos la saludaban y le preguntaban por su papá, que parecía haber vendido lapiceras en el tren durante mucho tiempo. Uno de esos días húmedos, el padre había saltado del andén para subir al tren que iba en dirección contraria y cayó a las vías. La formación le cortó una pierna.

La nena seguía saludando y charlando con los pasajeros. Era la fan, en primera fila, cuando se instalaba un músico a tocar, entre el ruido del tren y el murmullo de la gente. Ella aplaudía como si el cantante fuese famoso. Luego seguía vagón tras vagón, jugando con otros nenes que pedían o entregaban estampitas.

Pasó el tiempo. Luego del estallido de 2001, el San Martín se empezó a llenar de vendedores ambulantes. Cada vez más personas pidiendo: discapacitados, ancianos, madres con bebés, veteranos de guerra o enfermos de SIDA. Y allí estaba ella, con ocho años, un poco más alta y con un paso más firme. Saludaba a cada pasajero. Era imposible que alguien la rechazara. Con la crisis, nadie le podía dar un centavo. Los asientos estaban vacíos de trabajadores. A veces se la veía en un tren especial, que funcionaba hacia Retiro por la mañana y regresaba a José C. Paz en la tarde. Esta formación estaba destinada al traslado de los cartoneros. Cientos de familias transportadas para ir a recorrer la Capital de Buenos Aires. Changos de supermercados, bolsas de residuos, animales, chicos y ancianos viajaban sin puertas y sin ventanas en un tren viejo y oxidado.

La nena siguió pidiendo. Algunas señoras grandes se sonreían, pero le decían que no tenían nada. La chiquita tomaba mate con los muchachos harapientos. Abrazaba a sus amigos. Abrazaba mucho. Parecía estar en su casa. Se sentía segura, allí, arriba del tren. A veces se la encontraba comiendo en alguna estación o descansando a la sombra en un banco.

Alrededor de sus diez años, la nena del tren comenzó a pedir también por la tarde. Estaba aún más sucia y desgreñada. Mucho más flaca y rotosa. ¿Qué hacés que no estás en la escuela?, le preguntó una señora bien vestida que siempre le convidaba un alfajor de maicena casero. Por ahora no voy, respondió, pero el año que viene vuelvo. Ahora vestía una calza ajustada y una remera muy corta. Los sweaters también eran cortos y le gustaba mostrar el ombligo. Seguía día a día saludando pasajero por pasajero y era tan carismática que la gente le ofrecía moneditas aunque fuesen personas de pocos recursos. Se comentaba que la familia de la nena del tren se había mudado a un asentamiento, a orillas de las vías del San Marín, cerca de la estación La Paternal.

Un día, apareció una mujer joven y obesa, con un bebé en brazos y un nene chiquito, que apenas caminaba. Gritaba y preguntaba a los vendedores ambulantes: ¿viste a la Malena?, ¿no viste a mi Malena? Los pasajeros murmuraban. Parece que Malena era la chica que saludaba en el tren. Unas cuantas semanas estuvo desaparecida. Su cara se encontraba en unas fotocopias en las estaciones del San Martín. Pero aquel mismo verano apareció, como si nada, pidiendo en los vagones, con su sonrisa tan peculiar.

Después de un largo tiempo, una adolescente muy simpática, de unos catorce años, subía al tren en la estación Chacarita. Tenía los ojos pintados y usaba polleras de jean muy cortas. Era aquella nena del tren que pedía dinero dando un fuerte apretón de manos. Llevaba un bebé recién nacido, sujetado de una mochila para niños. Parecía una mujer de veinte años, pero ella era la inconfundible nena que había necesitado del cariño de los pasajeros, más allá de un billete, o una moneda.

Un día una mujer le dio una tarjeta. Ella la tomó y se sentó a su lado. Como le gustaba conversar, le contó su historia: mi papá tuvo un accidente de tren, cuando vendía lapiceras. Quedó triste en mi casa de San Miguel. Allá vivíamos con mi abuelo y todos mis hermanos. Somos once. Los más grandes se volvieron para el Chaco, donde está mi abuela. Yo tenía que “trabajar”, arriba del tren, para ayudar a mi papá. Este bebé es de mi hermana mayor. Ella vivía en la calle y se drogaba. Se murió hace poco. Entonces yo me quedé con mi sobrinito. Ahora una parte de la familia vive en La Paternal. Me dijeron que el gobierno nos va a dar un terreno en Moreno. Yo no quiero. Tengo a todos mis amigos en Capital. Yo tengo que seguir trabajando acá. La mujer la miró seriamente y le dijo que, si la llamaba, ella y el bebé iban a estar mejor. Se saludaron con afecto, con un abrazo. La chica se quedó pensando en el asiento. Llegó a Retiro y volvió a José C. Paz, con la tarjetita en la mano.

Unos cuantos meses pasaron y a aquella chica pobre, que pedía en el tren, no se la volvió a ver. ¿Sería posible que Malena hiciera la llamada? En los vagones corría el rumor de que la chica estaba en un sitio mejor. ¿Podría ser que hubiera tenido esa gran oportunidad?

Alejandra 10/11/2025

 

 

 

 

 


viernes, 7 de noviembre de 2025

Mi pequeña niña de ojos tristes

 Encontré una serie de poemas que escribí cuando era adolescente. Aquí hago entrega del primero que posteo y está dedicado a mi prima Raquel, que en ese momento tenía doce años.


¡Oh! Niña pequeña de ojos muertos

ya no es tu nombre hermoso.

¡Oh! Me avisan las gaviotas

que hoy tu cabello es del viento.

 

Mi pequeña niña de ojos tristes…

tu esperanza se esconde

y se ocultan tus palabras

y te hiere la gente… tanto como a mí.

Te inundan las lágrimas de tu tiempo

y te atropellan las miradas

que ves al pasar.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

¡Oh! tu mente descontrolada y tu corta edad

muestran al mundo tu pesar.

¡Oh! tu cuerpo de arena se escapa

y hay olas que te vienen a buscar

y el amor es tu refugio

y la libertad, tu camino.

¡Oh! ¡La tarde está cayendo y yo me voy!

Tus pies congelados están dejando de andar.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

Vino la tormenta de agosto y destruyó todo.

Vino la mano extendida de un hombre,

pero la lastimaron al llegar.

Sigue la vida…

Las cadenas de mis pies

no me permiten ver las estrellas.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

Bienvenida seas a mi humilde reino

que es esclavo de un paraíso.

Bienvenida seas a un nuevo cuento

de hadas, de amor… o de ojos muertos.


Alejandra 1981

 

 


martes, 4 de noviembre de 2025

Recuerdos de un aroma

 

Todas las mañanas, vestía a mi hijo Abel como si fuese mi muñequito: le ponía sweaters de lana, que le tejía la abuela Titina y unos pantaloncitos con frisa. Le tiraba unas gotitas de perfume para bebé y después le pasaba el cepillo para el pelo, que tenía unas cerdas muy delicadas. Y lo peinaba suavemente. Tomaba sus cachetes con las dos manos, le daba un beso y lo abrazaba. Todavía recuerdo la frescura de su olor a bebé.

Abel era un chiquito limpio. No le gustaba ensuciarse. Alrededor del año, yo le daba de comer. Si se ensuciaba las manos, las levantaba y yo sabía que se las tenía que limpiar. Su ropa siempre estaba impecable.

De más grande no le gustaba pegotearse con golosinas o con el helado. Me pedía que lo lavara en la canilla de la heladería. Recuerdo darle besos en las manos y que siempre olieran a jabón.

Aquel olor a bebé me remonta a muchos momentos con mi hijo, cuando tenía dos años. Caminábamos mucho. Lo levantaba temprano para llevar a Dalila a la escuela y ahí yo atendía el kiosco porque formaba parte del “Club de madres”, de la primaria. Estábamos dos o tres horas y él, a mi lado, con sus autitos. Después íbamos de compras y regresábamos a casa. Yo hacía la comida y él jugaba y jugaba. Era charlatán. Me charlaba de todo lo que hacía. Poníamos las canciones de “Ruidos y ruiditos”, de la compositora Judith Akoschky y cantábamos. A veces yo estudiaba las obras del coro y él me escuchaba. Buscábamos a Dalila y, por la tarde, yo dormía la siesta abrazada a su aroma. Era un bebé alegre, siempre estaba sonriendo y se hacía el chistoso.

Trato de borrar lo malo y me esfuerzo por recordar esos momentos que me hicieron feliz. Cada vez me cuesta más porque cada vez está más lejos en el tiempo. Se me van borrando los recuerdos. Por suerte los sentidos tienen memoria y me llevan a esos lugares de mi mente que me hicieron bien.

Alejandra

23/10/2025

martes, 30 de septiembre de 2025

Con mamá

 

Miro correr este río marrón y me da paz. Ahora entiendo cuánto te gustaba venir al Delta a tomar mate con papá y Richard. ¿Estás viendo, mamá, los patos? Me hubiera gustado venir esos días en que ustedes disfrutaban del aire húmedo y apacible. Pero yo estaba hundida en mis problemas. ¿Estás cómoda ahí? Corre una brisa fresca debajo de este ceibo florecido…

¡Qué felices éramos!

Se me vino un recuerdo, como una película en blanco y negro: íbamos caminando por la vereda y te agarraba de la mano. Vos me la ibas soltando y yo te la apretaba, enojada. Me seguía centrando en tu mano, la apretaba y vos la ibas aflojando de nuevo. La situación se repetía una y otra vez. Ya no te lo pedía, simplemente te apretaba más la mano y lloraba, iracunda. Me quejaba todo el tiempo y no disfrutaba del paseo, solo quería seguir caminando a tu lado con la mano bien agarrada.

Giraba mi cabeza hacia arriba y te veía tan alta y lejana. Estabas en otro lado. Siempre pensé que tu preocupación era todo el trabajo que tenías en la casa. Pero… ¿te acordás que un día me dijiste que papá la había tenido fácil? Vos te quedabas sola con mi hermano discapacitado y conmigo, que era chiquita, mientras papá se iba a trabajar al interior. Me imagino tus fantasmas, con lo mujeriego que fue desde joven. ¿Te diste cuenta, mamá?, ahora sos vos la que se agarra a mi mano con fuerza.

Naciste enojada, hija

El aroma a humedad y el verdor tan particular que se aprecia alrededor, me acerca más recuerdos. Me remonta al día en que fuimos al recital de Mercedes Sosa al Luna Park, en su vuelta del exilio. Fue horrible verte tan triste, flaca, desarreglada y con depresión. Oyendo sin escuchar. Algo que pasó entre papá y su jefa. La mujer te había mandado llamar, pero vos nunca me quisiste contar sobre esa conversación. Yo tenía diecisiete años y era una chica observadora. Supe que algo grave había pasado. Cuando por fin las cosas parecían haberse estabilizado en casa, él las había vuelto a arruinar. ¡Me pareció tan patética esa situación! Parecía el llamado de una directora de escuela a la madre de un alumno. Verte deprimida me partió el corazón.

¡Lo que me hizo renegar tu padre!

Cuando empecé aquel trabajo en La Matanza ¿te acordás?, parecía estar todo bien entre nosotras. Pasabas tiempo sola porque Richard y papá tenían sus actividades y me invitabas a comer rico y calentito. Podíamos charlar y tomar mate porque te encantaba que te contara mis andanzas.

Yo le decía el lejano oeste.

Estabas más tranquila: hacías compras y te reunías con amigas. Por un segundo fuiste algo parecido a una madre, lo que hacía tanto tiempo lo creía perdido. Y… claro… fuiste mi jefa por veinte años. Pero todo eso duró poco porque, cuando papá se enfermó, todo cambió. Primero lo negaste, meses después, te enojaste con la vida y al final te venció la angustia. Estabas histérica todo el día. Te la agarrabas con él porque no quería hacer nada. Pero no podía, no le daba la salud. Y eso no lo entendías, ¿te acordás cómo le gritabas?

¡Qué trabajo tenía, yo hacía todo! Ustedes me ayudaban.

¡Qué hermoso día nos tocó, mamá! No sé si estarás en paz en este momento, con lo ansiosa que sos. Quedémonos un rato en silencio…

Mientras pasan las canoas de los deportistas se escucha el sonido del oleaje. Como una pintura de Monet aprecio el verde de los sauces y el viento fresco agitando sus ramas. El brillo del sol forma una estrella en el agua. Este río misterioso, que se llevó tanta historia, me avisa que ya es hora. ¡Vamos! Ahora por fin yo te puedo proteger. Estás en mis manos y es el momento de nuestra despedida. No encuentro palabras, sólo dejémonos llevar por la melodía de esta orquesta que nos brinda la naturaleza. Voy a abrir la urna y tus restos se van a fundir con el paisaje que tanto gozaron tus ojos.

Un ratito más, hija. No hay apuro.

Y allá vas… La corriente te lleva hacia el laberinto acuático de arroyos e islotes. Enseguida, te unirás a ese río ancho y plateado. Luego, a las aguas frías del mar. Por último, al océano revoltoso… ¿Será así tu eternidad? ¿turbulenta como fue tu vida?

Alejandra Busconi 27/9/2025


lunes, 14 de julio de 2025

Encuentro en las sierras


 

Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están muy ocupadas recolectando frutos. Es el momento de la mañana en que a Emilia le toca lavar la ropa en el Río Cuarto. El sol va tocando lo alto de las sierras. La novicia apoya el canasto en una roca y se sienta a la orilla del río. Se saca la túnica blanca y queda en enagua. Deja flamear su largo cabello, mientras refresca sus pies y canta:

Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi…[1]

 

Un ruido interrumpe el canto. Pájaros de diferentes colores salen aleteando asustados. Hay algo detrás del espinillo: ¿un animal, tal vez?, Emilia se pregunta cautelosa. Camina hacia la roca donde dejó su velo. Se ata el pelo y exclama:

- ¡Sal! ¿quién está ahí?

A pesar de que sus hermanas le advirtieron sobre los peligros de los montes cordobeses, Emilia no tiene miedo. De pronto se asoma entre las espinas una figura esbelta de barba y cabellos largos. En su mano derecha sostiene una azuela[2] y en la izquierda un par de animales muertos:

-Soy Yaco- se presenta levantando los dos brazos -solo vine por unas liebres.

-Tu es un natif[3], comechingón- contesta ella

-Henia camiare[4]- aclara el muchacho. Ambos ríen. Yaco le pide que vuelva a soltarse el pelo porque le queda más lindo. Emilia se sonroja y le aclara que debe ir a la orilla del río a lavar la ropa. Él no da ni un solo paso, pero ella lo invita a acercarse y le aclara que sus hermanas andan por ahí.

 

Emilia es una hermosa muchacha de ademanes delicados. Su cabello es rojizo, ojos verdes y tez muy blanca. Tiene una voz extremadamente suave. Está en sus veintes. Proviene de una familia adinerada de la ciudad de Río Cuarto. Estudió idiomas en Francia y allí conoció a las hermanas franciscanas. A su regreso, los padres le tenían preparado un candidato de la alta sociedad cordobesa. La esperaba un estanciero, mucho mayor que ella, con un anillo de diamantes para su compromiso. Al día siguiente, la muchacha expresó su desagrado por aquel individuo. A los pocos días, Emilia informó a sus padres que tomaría los hábitos en el Convento de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, en las afueras de la ciudad. Unos meses después, comenzó el noviciado.

Yaco es un hombre joven, muy alto, de aspecto fornido y piel morena. Tiene ojos grandes y transparentes, como el agua, clara. Pertenece a una de las pocas familias de aborígenes comechingón que sobrevivieron y se adaptaron a la civilización. Hacía unos meses que el joven había salido en una expedición, desde las Sierras Chicas, buscando una nueva vida y se empleó en los campos aledaños al Convento.

 

Ya es mediodía.

-Hoy es mi día libre- dice Yaco tomándole la mano a Emilia y comienza a caminar hacia el próximo claro del río. Los jóvenes juntan ramas para hacer fuego. El muchacho quita la piel de la liebre con su facón y comienza a dorar la carne, colgada de una estaca, que él mismo improvisó. Emilia lava unas hojas de berro para acompañar. Le gusta eso de comer con las manos.

La conversación es continua y se pierden en el tiempo.

-Las hermanas deben estar buscándome- sonrió Emilia –aunque ellas saben que me gusta andar en soledad.

 

Emilia y Yaco se comunican como si se conocieran desde siempre.  Ella se suelta el cabello nuevamente y se arrodilla. Con sus lazos le hace una trenza al muchacho mientras entona su canción:

 

…qui per sanctam crucen tuam redemisti mundum…[5]

 

Emilia se levanta y comienza a danzar riendo alocadamente. Yaco aplaude. Ella frena de golpe y pierde la mirada en el atardecer sin pronunciar palabra. Él se acerca. Emilia se tira sobre el pasto, en posición fetal, y comienza a llorar. Yaco comienza a entonar una canción de cuna, en un dialecto antiguo, mientras se recuesta abrazándola. La chica se tranquiliza y se quedan juntos, así, un buen rato.

 

Yaco escucha pasos a lo lejos. La muchacha levanta la cabeza y ve a su madre con algunas hermanas.

Demain à la même heure! Mañana a la misma hora- susurra mientras se viste. El joven se esconde. Emilia se lava la cara en el río y luego ata su cabello y se lo cubre con el velo. Perdió el canasto de ropa. La madre camina entre los arbustos con desagrado hacia la muchacha y la toma del brazo, enojada. Se la lleva vociferando. Emilia mira hacia atrás y sonríe.

 

Alejandra Busconi

15/6/2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Adoramus te, canción de oración del Vía Crucis

[2] hacha

[3]Eres un nativo” en francés

[4]Comechingón” en quechua

[5] Adoramus te, canción de oración del Vía Crucis

Las cartas de Luba

Era hora de limpiar el altillo de la casa de la abuela Luba. Allí se encontraba la historia familiar, los tesoros que la anciana había guard...