martes, 21 de julio de 2026

Funeral





La calle principal de Tilcara se va poblando de a poco.

Se oye a lo lejos una bella melodía que se asoma, simbiótica, con el amanecer. Se funden los siete colores con el cielo de la mañana. Hoy la música suena más apesadumbrada. Niños de todas las edades van delante de la procesión, entonando los sikus. Por detrás, el carro con el pequeño féretro es arrastrado por un grupo de hombres tristes.

El párroco camina con las manos entrelazadas y la mirada perdida. A su izquierda, una joven mujer, abrazada por otra, avanza a paso lento. Los vecinos se van acoplando al cortejo religioso. El maestro marcha junto a sus alumnos, a su lado, el médico, acongojado. Familiares y amigos completan la larga fila. Interrumpe el silencioso andar el sonido del cencerro de una cabra. Tal vez sea una ofrenda para el pequeño espíritu que está por dejar este plano.

Cubre a la niña una mortaja que tiene bordada una chakana(1). Han lavado su cuerpo y le han puesto el vestido de la reciente comunión. Su cabello, de color azabache, está adornado con flores amarillas del tipuana tipu(2). Un rosario hecho con el palo santo(3) rodea sus manos tiesas. Mientras tanto, la muchedumbre peregrina hacia lo alto del cerro donde la pobrecita será enterrada.

El calor del mediodía sofoca. Deja de sonar la música. Solo se oye el rugido de la tapa del cajón que se cierra con cuidado. Las mujeres se acercan a la sepultura para comenzar la ceremonia de la challa(4). Con un respeto profundo, tan profundo como la tristeza, comienzan a derramar gotitas de alcohol en las esquinas de la fosa mientras los niños las tiran sobre el féretro. Las niñas colman el lugar de flores artesanales: son coronas y ramos de papel de seda, de hermosos colores estridentes, que contrastan contra el fondo marrón y árido de la cordillera. Los vecinos se van acercando a colocar ofrendas para el viaje del alma.

El párroco comienza la oración de sepultura mientras los hermanos mayores de la niña van bajando el cajón a la fosa. Al finalizar, los hombres, con sus palas, van cubriendo la tumba de tierra. Luego la gente comienza a desconcentrarse. La mujer joven queda sola, arrodillada, llorando sin consuelo. El maestro la espera con respeto y luego la ayuda a levantarse. Comienzan a descender el cerro con dificultad porque la pobre no tiene fuerzas. 

La abuela, de ochenta años, se encuentra en su rancho de adobe y piedra. Allí se realizará el homenaje a la difunta. Es la encargada de organizar los próximos cinco días de festejos. Las mujeres de la familia están en la cocina haciendo calapurca, un guiso preparado con piedras ardientes. Caldo de hueso ruge en las ollas de barro y la carne seca está desparramada sobre la mesa. Las chicas jóvenes pelan las papas y las más chiquitas acomodan el maíz, mientras entonan una triste copla puneña. Las botellas de vino están listas para la despedida, entretanto las muchachas prueban el café, recién hecho, que convidarán a los comensales. 

Mientras la anciana va a buscar al monte un poco de leña para la cocina, imagina los últimos suspiros de su nieta. Se da cuenta de que el patrón no ha venido hoy a pagarle la quincena. No le extraña. Se aleja con su bastón hecho con una rama gruesa. Todo transcurre con lentitud bajo el sol abrasador. La mujer camina unos cuantos metros y ve a un hombre tirado, apoyado en la pared de un rancho abandonado. Tiene una botella de vino en la mano. Está borracho. La anciana se esconde conteniendo la respiración. Alguien se acerca en silencio por detrás y le toca el hombro. Es su sobrina nieta, de unos diecisiete años. Es bajita, pero de aspecto fornido. La chica mira a la anciana y le pide el bastón sin expresar palabra alguna. Se echa a caminar hacia el hombre. Lo tantea con el pie y el sujeto no se inmuta. Aprieta el palo con las dos manos y comienza a golpearlo con todas sus fuerzas. El individuo tiene el reflejo de agarrarse la cabeza ensangrentada. La chica levanta una piedra y le da un golpe mortal. La anciana se acerca y observa al hombre, inmóvil: es su patrón. Los muchachos ya se encargarán de él, le dice la mujer. Ambas se agarran de la mano y regresan.

Es la tarde. La anciana va en busca de las vacas porque se avecina una tormenta. Comienzan a caer rayos con violencia. La mujer encierra a los animales y regresa a la casa para recibir a los invitados. La sobrina se va directo a la orilla del río a limpiar su ropa salpicada de sangre. Luego corre hacia la iglesia. Saluda al cura y se queda un buen rato de rodillas.  Vuelve, más aliviada, cantando una copla:

 Niño rico, niño pobre, cada cual con su destino. Niño blanco, niño negro, Diosito partió el camino

Comienzan a acercarse los vecinos de todas partes. Hay un carro que se desvía del camino dirigiéndose al monte. Llevan palas y picos y un jarrón de vino fresco. La lluvia ablandará la tierra. Las mujeres colaboran adornando el lugar. Siguen llegando más ofrendas y más regalos. Hay niños correteando por ahí. Quenas, guitarras y cajas chayeras comienzan la celebración. Ahora la niña está con Dios y puede descansar en paz.  



[1] Cruz andina, un símbolo sagrado milenario común a las culturas de los Andes precolombinos

[2] Árbol de gran tamaño nativo de la región de las Yungas en Sudamérica

[3] Se refiere a un árbol silvestre con un aroma intensamente resinoso y cítrico, cuya madera se utiliza con fines espirituales, medicinales y aromáticos.

[4] Ritual andino de origen quechua en agradecimiento a la Pachamama (Madre Tierra)





martes, 12 de mayo de 2026

La foto



Papá:

        Me detengo ahí, en esa foto que alguien sacó hoy, en el día de tu cumpleaños número ochenta y ocho. 

        Vos estás sentado en la cabecera de la mesa. La torta de crema delante de vos y la vela celeste, ya apagada. Dani te da un beso que emociona. En la imagen se manifiestan todos los sentidos... y el abrazo del amor más puro que se haya visto jamás.

       Tal vez este sea tu último cumpleaños o quizás vivas diez años más. 

      En esa foto veo el paso del tiempo, que no puedo creer, que no me entra en la cabeza porque vos "sos" aquel hombre alegre y lleno de energía con el que estuve enojada tanto tiempo, con el que no supe comunicarme ni pude ser cariñosa. Sos ese tipo cabrón que me defendió aquel día de un automovilista furioso porque yo le había rozado el auto. También, aquel que esperaba durante horas que Dani terminara la clase de natación o el que se venía con las bolsas pesadas del supermercado y las manos retorcidas del dolor. Sos el abuelo enamorado de sus nietos. El que me hacía reír en las misas de los domingos mientras Dani hacía las actividades con los boyscouts: no te sabías los rezos y murmurabas cualquier cosa en voz baja. Sos el que hablaba y hablaba sin parar y, ahora, está tan callado. El que caminaba siempre apurado queriendo llegar a quien sabe dónde y ahora tiene el  paso lento e inestable. Sos el que conversaba con todos los comerciantes y vecinos y ahora... ni siquiera mira por la ventana.

    Hago el esfuerzo de recordar una anécdota durante mi adultez pero no la encuentro. Lo que veo es  un camino largo hacia el pasado donde no hay contenido en nuestras charlas, solo tus monólogos. Eso ya no importa. 

    Vuelvo a mirar la foto. Veo ese abrazo desinteresado y perfecto, de amor incondicional y no hay nada más que agregar.

 

ALEJANDRA 21/3/2021

(Papá falleció un mes y quince días después de haber escrito este texto)

 

 

 



10 de mayo de 2021-10 de mayo de 2026


 
Hoy, hace cinco años, te fuiste para siempre.

¡Fue el peor día de mí vida!
Te extraño cada día más.
Mi corazón sigue partido. Jamás voy a poder curar esa grieta que siento día a día.
El día de tu fallecimiento, me di cuenta de que no existió amor más grande para mí. Perdí el sentido de mí vida, pero de a poco lo voy recuperando, siguiendo el camino que vos me indicaste.
💔❤️‍🩹

martes, 5 de mayo de 2026

EL RITUAL DE PAPÁ


 

Hoy es sábado. Papá volvió de San Juan hace como dos días. En un rato, nos vamos a las montañitas de la avenida General Paz porque mamá va a limpiar y hacer la comida.

Dani está sentado en el piso con las revistas del Pato Donald murmurando sus pensamientos. Papá está preparando para afeitarse. Tengo ocho años y me encanta mirar toda la ceremonia: primero prende la hornalla de la cocina y hierve agua. Después se prepara la brocha que tiene unos pelitos suaves, la crema de afeitar, la maquinita con la gillette y la toalla chiquita. Mientras papá va a buscar el agua caliente yo agarro la brocha y me la paso por la cara ¡Qué rico perfume tiene y qué suave es! Ahí viene papá. Se pone frente al espejo con todo listo y empieza a hacerse espuma con la brocha, parece un poco apurado, pero lo hace bien: moja la brocha en el agua caliente y después en la crema y se forma una espuma espesa. Papá sigue mirando el espejo, con sus ojos tan claros y tan brillantes como un diamante. Yo estoy en la puerta del baño mirándolo hacia arriba porque él es muy alto. No me habla, para nada, pero me gusta el ruidito de la crema que recorre su cara. Cada tanto me hace chistes como que es un viejo barbudo, o hace muecas graciosas para que yo me ría.  Ahora agarra la maquinita y empieza a sacar toda la espuma… ¡Ese ruidito es el mejor! Siento cada afeitada y no se olvida de ningún rincón de la cara. Se deja las patillas, bastante largas y rubias, como su pelo. Sigo sintiendo el olor de esa crema que después, cuando me acerco, no se le va y me gusta. Su cara va quedando con una mezcla de colores: el rojo de la sangre, lo blanco de la espuma y su piel. Después se enjuaga y se seca con la toalla, varias veces, con cuidado, porque siempre le queda una herida. Me preocupa un poco que se lastime. Cuando termina, le pido que me deje tocarle los cachetes, tan suaves e impecables.

Mejor me voy a vestir. Me quiero poner mis pantalones cómodos y el pullover abrigado porque afuera hay un poco de viento. Me gusta el viento.

 

ALEJANDRA BUSCONI

1º/3/2021

 

 

martes, 28 de abril de 2026

El viajante

 


Camina, siempre camina. Ya no siente los mocasines gastados. Viste un saco y un pantalón azul con un cinturón de cuero abrochado en el anteúltimo agujero. Trabaja en ventas y le gusta mucho. Camina como si fuesen sus últimos días: a veces, bajo el sol tajante de la ciudad de San Juan y otras, con el frío bajo cero de Comodoro Rivadavia. Pronto será su cumpleaños número treinta y se está esforzando mucho para poder ahorrar.

Manuel está esperando su primer hijo y no quiere que le falte nada. Si es varón se va a llamar Enrique como mi papá y si es mujer, Estefanía, como mi querida suegra que es griega. Yo quiero que sea varón y voy a llevarlo a ver a Independiente. También le voy a pagar la mejor universidad, le comenta al empleado del Correo mientras echa una carta en el buzón.

Querida mía: estaré por allá el próximo sábado y voy a cuidarte. Espero que te sientas bien. Apenas llegue voy a pintar la habitación de Enriquito y así dejar todo listo para su llegada. Espero hayas recibido todo el dinero que te mandé, para que puedas pagar las cuentas. El micro sale el viernes a la mañana. Con amor. Manuel

Ya hace más de un mes que no ve a su esposa, María. Manuel ha trabajado sin descanso. Es el año 1972, más precisamente el mes de febrero. Hay una huelga general de dos días y toda la Argentina está detenida. Manuel debe quedarse dentro del hotel sin poder salir a trabajar. No hay micros ni aviones.

Esta huelga me mata, le dice al conserje, necesito llamar a mi cuñada a ver si puedo hablar con mi esposa. Las llamadas de larga distancia son muy caras y esta situación sobrepasa a Manuel. La pareja no tiene teléfono en la casa. María debe esperar que alguien la pase a buscar con el auto porque está muy pesada y ya no puede caminar, aunque el médico dijo que es bueno el ejercicio. Manuel espera dentro de la habitación. Suda y le duele el estómago. Se acerca a la ventana fumando: bombos y banderas cubren las calles. Toma agua, enciende la Spika[1] para escuchar las noticias. Busca otro cigarrillo y vuelve a la ventana. Sale hacia el pasillo y baja rápido las escaleras. Se sienta cerca de la recepción y suena el teléfono…

 

Manuel toma el primer micro que consigue. Un colectivo viejo que se dirige a Diego de Alvear, Santa Fe. Paciencia porque esta chatarra va a tardar cinco horas en llegar, le dice a la señora que está sentada junto a él. Se escuchan gallinas y perros en el fondo del colectivo. El humo del cigarrillo ahoga a la mujer y Manuel debe abrir la ventanilla. Va a parar en los principales pueblos; yo no los conozco, ¿usted? María no me pudo llamar porque ya está por nacer Enriquito o Estefanía, está con contracciones ¡qué suerte que María aceptó esos nombres! Mi hijo se está adelantando. Es pasada la medianoche. La señora junto a él ya se durmió y Manuel sigue hablando solo. De repente se escucha un murmullo. El colectivo está varado. Manuel se levanta del asiento y se acerca al chofer y le da charla.

Llega a Santa Fe y tiene que bajar en una estación de servicio. Las gallinas, los perros y los loros rompen el silencio del pueblo. La gente se dispersa. Varios pasajeros se amontonan bajo un pequeño techo del lugar porque hay una lluvia torrencial. Manuel fuma dos cigarrillos seguidos. Está bajando la temperatura y él no llevó impermeable. Un muchacho viene gritando: ¡conseguí una camioneta para Buenos Aires! Y allá va…bajo una lona.

Su cuñado lo está esperando con el auto, sobre la ruta. Luego de la llamada desde Campana, por fin se dirige al hospital donde ya nació Enriquito. El tránsito está infernal y Manuel siente que el Citroen es una carreta. Está en la incubadora, dice el cuñado. Manuel se pregunta y se contesta y fuma todo el trayecto.

 

María expresa que está preocupada porque nadie le dice nada. Hace cuatro días que el nene está en observación y hay que hacerle varios estudios. La muchacha está muy asustada porque siente que algo está muy mal. Manuel camina por los pasillos fumando y frenando a cada enfermera que se aproxima. Llega el momento del parte médico. El doctor que recibió a su hijo habla con el muchacho en un consultorio vacío. Luego de una larga conversación, Manuel queda en shock.

Se dirige hacia la puerta principal de la clínica y se aleja. Camina (siempre camina). Esta vez sin rumbo, en otro día lluvioso. Las calles están desiertas. El domingo lo inunda con su tristeza e incertidumbre. Entra en una panadería y le conversa al panadero con verborragia y se va sin pagar. Luego entra en un bar donde pide un vaso de vino a pesar de ser temprano en la mañana.

Su hijo tiene un problema cerebral, resuenan las palabras del médico mientras observa un charco de la vereda a través del vidrio. Seguiremos haciéndole estudios, pero es muy probable que nunca pueda caminar. En ese momento a Manuel le dispara un recuerdo de su infancia: un vecino, en su Córdoba natal, se la pasaba sentado en el umbral de la casa, babeando y mirando hacia el cielo. Los retrasados eran mala palabra en su casa. Sus padres eran españoles, analfabetos, provenían de la España de la Guerra civil. En su familia no había lugar para los débiles. ¿Mi hijo será un monstruo?, pensó. Manuel hace una llamada desde el teléfono público más cercano: ¿se acuerda, jefe, ese cliente en Chile? ¿cuándo era la fecha?

Manuel se encuentra con su mujer y su hijo recién el lunes por la mañana. Ya les dieron el alta. Su cuñada carga al bebé y su cuñado, las pertenencias. Una vez en la casa, le avisa a María que en una semana se va para Chile. Observa de lejos a Enriquito, perdido en oscuros pensamientos. Le pide a su esposa que le prepare la ropa para el viaje. Murmura sobre lo mal que están planchadas las camisas. María tiene turno con el neurólogo y más tarde debe hacerle más estudios al bebé. Desayunan en silencio Ella está escribiendo en la agenda algunos teléfonos de profesionales que le recomendaron mientras Manuel lee el diario

 

Manuel toma el avión directo a Valparaíso. Se ha comprado zapatos nuevos y un ambo color marrón con una camisa amarillo patito y el cinturón sigue abrochado en el anteúltimo agujero. La empresa pagó un hotel más moderno.

Después de una semana de haber recaudado buen dinero por su trabajo, Manuel sale a bailar la noche del viernes y termina borracho, en un bar, hablando con una chica. No repara en gastos.

Al otro día entra al Casino… y lo pierde todo. Alcoholizado, sale sin rumbo hacia la avenida y camina (siempre camina), hasta que llega al puente ferroviario Las Cucharas y sube por entre los fierros oxidados.

María su madre y su padre la guerra civil española San Juan Comodoro las banderas la cuna la pintura de la habitación el dinero el colectivo destartalado su cuñada la altura del puente Enriquito… el tren.

 

 Alejandra Busconi

29/3/2026



[1] Radio portátil de los años sesenta

martes, 31 de marzo de 2026

Las cartas de Luba

Era hora de limpiar el altillo de la casa de la abuela Luba. Allí se encontraba la historia familiar, los tesoros que la anciana había guardado con un orden minucioso a los que muy pocas personas podían acceder. Entre ellas se encontraba Nina, la nieta mayor, quien había acompañado a la abuela en los últimos momentos de su vida.

El altillo era un lugar fascinante y misterioso: tenía el techo en declive, todo en madera y un gran ventanal donde se asomaba el cerezo. Debajo de ese ventanal había un sillón con almohadones tejidos a crochet, por la propia Luba. Se acumulaban libros, adornos, juguetes de sus hijos y nietos y un arcón de cuero muy antiguo.

 Era un bello sábado de invierno. Nina se sentó un largo rato para ver la nieve caer por entre las ramas desnudas del cerezo. Se acercó al tocadiscos, que se encontraba junto al sillón, eligió un disco y comenzó a sonar Aída. Su abuelo Giuseppe había sido un gran admirador de la ópera italiana.

Secándose las lágrimas, Nina se dirigió hacia el arcón donde suponía que se encontraban las fotos de la abuela. Comenzó a revolver con cuidado y vio el álbum del casamiento de sus abuelos. Luba le había contado que se habían conocido en Italia. Se habían casado muy jóvenes, en una ceremonia sencilla. Ella tenía dieciséis y Giuseppe, veinte. Al poco tiempo, decidieron probar suerte en Argentina.

 La anciana no hablaba mucho de su infancia y el horror que había sufrido en la segunda guerra. Lo único que Nina recordaba era que Luba había nacido en Ucrania. Siguió hurgando en aquel gran baúl, mientras el viento y el frío azotaban los árboles. Nina bajó a hacerse un té.

Volvió hacia el altillo y muy en el fondo, encontró unas cajas forradas al crochet. En una de ellas, había muchas cartas que procedían de Italia y estaban acomodadas por orden cronológico. Nina entendía perfectamente el idioma y comenzó a leer:

                                                Trieste, Italia, 25 de septiembre de1976

 

Doña Luba:

Me tomé el atrevimiento de escribirle estas líneas después de haber investigado sobre su paradero. Mi nombre es Camilla Antonia Ferluga. Nací en Trieste y me he quedado aquí toda la vida. Pronto cumpliré treinta años. Soy periodista. Estoy casada y tengo dos niños: Antonella y Francesco. Mi esposo forma parte de la “Giunta comunale” de Trieste. Mi madre era enfermera de la post guerra y mi padre, médico partisano. Me han cuidado y han sido muy amorosos conmigo. Todavía la recuerdan. Creemos que usted es mi madre biológica.

Como periodista, he realizado las averiguaciones pertinentes y pude contactar a funcionarios de la región de Liguria, más precisamente en Génova, para poder acceder a los datos de los migrantes de la post-guerra. He viajado hace unos meses a esa ciudad y logré dar con su domicilio actual. Así pude localizarla.

Espero no incomodarla y que se encuentre bien. Con cariño

 

Camilla

 

 

Nina quedó perpleja. Ya se acercaba la noche. Se sirvió una copa de vino y pidió comida. Volvió a buscar, entre los vinilos apilados, la música de su abuelo. Era el turno de Madama Buterfly de Giacomo Puccini,

…Un bello día veremos levantarse un hilo de humo, en el extremo confín del mar…[1]

 

 Trieste, Italia, 20 de diciembre de1976

 

Doña Luba:

Muchas gracias por su respuesta. Por supuesto que tenemos mucho de qué hablar. Como cuenta en su carta, yo sabía que usted fue capturada por miembros de la Camicie Nere[2]. Era muy chica cuando la trasladaron a Trieste. Sé que, dos años más tarde, conoció a mis padres. La guerra ya había terminado. Mi padre la asistió en mi nacimiento y usted quedó muy débil. Luego decidió dejarme al cuidado de ellos.

 Es mi deseo conocerla. Quiero saberlo todo, querida Luba. Espero que algún día podamos concretar un encuentro.

Con cariño. 

 

Camilla

 

Solo había un par de cartas por año. Sobre todo, en algunas fechas importantes. No decían mucho más que relatos de los hijos de Camilla y saludos de Navidad o Pascuas. Nina supuso que habrían seguido el contacto por teléfono.

Al día siguiente, con un gran tazón de café con leche en la mano, Nina tomó su celular con obsesión y empezó a buscar a la tía Camilla en redes sociales, pero no encontró nada. Las cartas eran cada vez más espaciadas. No tenía mucha más información. Pero a la mujer se le ocurrió algo: abrir la cuenta de Email que ella misma le había creado a su abuela. Buscó la contraseña en la agenda, cerca del teléfono de línea, y logró entrar a los correos.  

Año 2000: Querida Luba: aquí te mando fotos de tus nietos… Querida Camilla: no sé cómo enviar fotos desde la computadora, espero te hayan llegado las de papel fotográfico… ¡Feliz inicio de milenio!

Había guardado todos los Emails. Por fin Nina pudo leer las respuestas de su abuela.

El domingo corría apacible. La nieve había cesado y el sol ya se iba asomando entre las montañas de Bariloche. Nina, masajeándose el cuello, leyó en detalle cada intercambio de mensajes. Entonces encontró uno muy importante:

 

Bariloche, 11 de agosto de 2002

 

Querida Camilla:

Espero que la familia se encuentre bien. Aquí se acaba de ir mi nieta Nina. Como ya sabes, es mi nieta mayor y es la que está atenta a mis deseos, todo el tiempo. Quería contarte que Nina y su padre me regalaron un viaje a Italia y, entre las ciudades que voy a recorrer, se encuentra Trieste. ¡Estoy muy emocionada! Viajo para fin de año, junto con Giuseppe. ¡Por fin nos vamos a conocer! Y haremos eso del ADN.

Quiero dejarte aquí mi versión de la historia, así cuando nos veamos, profundizo en los detalles. Como sabrás, fui una de las niñas sobrevivientes del Holocausto. Quedamos en unos galpones alemanes en la región de Lviv. Yo era la encargada de cuidar a los niños más pequeños. Cuando terminó la guerra, nos abandonaron en la iglesia de los jesuitas, de San Pedro y San Pablo. Pero como temían por los dos bandos -el ejército rojo y los nazis-, la congregación escapó rumbo a Eslovenia. Luego de un viaje de varias semanas, nos cobijaron unas monjas eslovenas. Allí conocí a tu padre biológico, un soldado desertor de los fascistas italianos. Nos enamoramos. Llegamos como pudimos a Trieste, de donde él era oriundo. Fuimos ayudados por la iglesia. Tu papá se llamaba Camillo Domenico Trevisan. Él falleció de una grave enfermedad y yo no podía cuidarte. Estaba sola en el mundo. Mi madre había muerto muy joven y mi padre y mis hermanos fueron capturados en la guerra. Fue muy doloroso para mí separarme de vos. Lo hice con la intención de volver a verte, pero la vida me llevó hacia otros horizontes. Cada cumpleaños tuyo enciendo una vela y le rezo a la Virgen de la medalla milagrosa para pedirle estar junto a ti.

Luego de dejarte con la pareja que te crió, estuve dos años en Génova y allí conocí a mi Giuseppe. Tardamos cuatro años en poder partir hacia Argentina. No teníamos los recursos ni los medios para ir a buscarte y yo perdí todo rastro tuyo.

Estoy ansiosa por verte. Con cariño, Luba

 

Nina cerró lentamente la computadora. Se quedó en silencio largo rato, como si algo dentro suyo acabara de acomodarse. No había más correos, ni más cartas. Pero ahora sabía por qué su abuela se había desviado hacia Trieste, en aquel viaje del año 2002. Niña volvió a mirar por la ventana del altillo. El cerezo, ahora cubierto de escarcha, parecía inclinarse levemente hacia el ventanal, como queriendo escuchar los pensamientos que revoloteaban en la cabeza de Nina. Bajó las escaleras con las cartas bien sujetas entre sus manos. Preparó una nueva taza de café y, mientras el agua hervía, sus dedos se deslizaron en el teclado y comenzó a escribir:

 

Bariloche 15 de julio de 2022

Querida Camilla:

Soy Nina, una de las nietas de Luba. Tengo cuarenta y seis años y me acabo de enterar de su existencia. Encontré todas tus cartas y los Emails. La abuela acaba de fallecer y se llevó el secreto a la tumba. Espero con ansias una respuesta suya. Atentamente, Nina

 

La casa de los cerezos, que había sido habitada por sesenta años, fue el lugar del encuentro, en la primavera argentina. La mesa se volvió a llenar de ruido y el parque, de risas y correteos de niños. En el corazón del hogar, en aquel altillo repleto de recuerdos, había dos mujeres unidas por la sangre, por las historias y por Luba. Habían heredado algo más que recuerdos: aquella ucraniana silenciosa y fuerte, les había dejado la misión más hermosa: continuar con su historia.

 

Alejandra Busconi

15/03/2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Aria de Cio-Cio-San, Madama Butterfly, G. Puccini

[2] Camisas negras

lunes, 10 de noviembre de 2025

La nena en el tren

 

Subía al primer vagón e iba saludando uno a uno a los pasajeros con un apretón de manos. La nena no tendría más de cinco años. Su cara estaba sucia y tenía puesto siempre un vestido de lanilla con bolados color azul Y, arriba de este, un delantal blanco. Ella pedía, con una sonrisa y mirando a los ojos, unas moneditas para llevar dinero a su casa.

Día tras día, muy temprano en la mañana, empezaba por el primer vagón del San Martín, en la estación de San Miguel. Si subía un vendedor ambulante, ella, muy amable, le cedía el lugar. Los tipos la saludaban y le preguntaban por su papá, que parecía haber vendido lapiceras en el tren durante mucho tiempo. Uno de esos días húmedos, el padre había saltado del andén para subir al tren que iba en dirección contraria y cayó a las vías. La formación le cortó una pierna.

La nena seguía saludando y charlando con los pasajeros. Era la fan, en primera fila, cuando se instalaba un músico a tocar, entre el ruido del tren y el murmullo de la gente. Ella aplaudía como si el cantante fuese famoso. Luego seguía vagón tras vagón, jugando con otros nenes que pedían o entregaban estampitas.

Pasó el tiempo. Luego del estallido de 2001, el San Martín se empezó a llenar de vendedores ambulantes. Cada vez más personas pidiendo: discapacitados, ancianos, madres con bebés, veteranos de guerra o enfermos de SIDA. Y allí estaba ella, con ocho años, un poco más alta y con un paso más firme. Saludaba a cada pasajero. Era imposible que alguien la rechazara. Con la crisis, nadie le podía dar un centavo. Los asientos estaban vacíos de trabajadores. A veces se la veía en un tren especial, que funcionaba hacia Retiro por la mañana y regresaba a José C. Paz en la tarde. Esta formación estaba destinada al traslado de los cartoneros. Cientos de familias transportadas para ir a recorrer la Capital de Buenos Aires. Changos de supermercados, bolsas de residuos, animales, chicos y ancianos viajaban sin puertas y sin ventanas en un tren viejo y oxidado.

La nena siguió pidiendo. Algunas señoras grandes se sonreían, pero le decían que no tenían nada. La chiquita tomaba mate con los muchachos harapientos. Abrazaba a sus amigos. Abrazaba mucho. Parecía estar en su casa. Se sentía segura, allí, arriba del tren. A veces se la encontraba comiendo en alguna estación o descansando a la sombra en un banco.

Alrededor de sus diez años, la nena del tren comenzó a pedir también por la tarde. Estaba aún más sucia y desgreñada. Mucho más flaca y rotosa. ¿Qué hacés que no estás en la escuela?, le preguntó una señora bien vestida que siempre le convidaba un alfajor de maicena casero. Por ahora no voy, respondió, pero el año que viene vuelvo. Ahora vestía una calza ajustada y una remera muy corta. Los sweaters también eran cortos y le gustaba mostrar el ombligo. Seguía día a día saludando pasajero por pasajero y era tan carismática que la gente le ofrecía moneditas aunque fuesen personas de pocos recursos. Se comentaba que la familia de la nena del tren se había mudado a un asentamiento, a orillas de las vías del San Marín, cerca de la estación La Paternal.

Un día, apareció una mujer joven y obesa, con un bebé en brazos y un nene chiquito, que apenas caminaba. Gritaba y preguntaba a los vendedores ambulantes: ¿viste a la Malena?, ¿no viste a mi Malena? Los pasajeros murmuraban. Parece que Malena era la chica que saludaba en el tren. Unas cuantas semanas estuvo desaparecida. Su cara se encontraba en unas fotocopias en las estaciones del San Martín. Pero aquel mismo verano apareció, como si nada, pidiendo en los vagones, con su sonrisa tan peculiar.

Después de un largo tiempo, una adolescente muy simpática, de unos catorce años, subía al tren en la estación Chacarita. Tenía los ojos pintados y usaba polleras de jean muy cortas. Era aquella nena del tren que pedía dinero dando un fuerte apretón de manos. Llevaba un bebé recién nacido, sujetado de una mochila para niños. Parecía una mujer de veinte años, pero ella era la inconfundible nena que había necesitado del cariño de los pasajeros, más allá de un billete, o una moneda.

Un día una mujer le dio una tarjeta. Ella la tomó y se sentó a su lado. Como le gustaba conversar, le contó su historia: mi papá tuvo un accidente de tren, cuando vendía lapiceras. Quedó triste en mi casa de San Miguel. Allá vivíamos con mi abuelo y todos mis hermanos. Somos once. Los más grandes se volvieron para el Chaco, donde está mi abuela. Yo tenía que “trabajar”, arriba del tren, para ayudar a mi papá. Este bebé es de mi hermana mayor. Ella vivía en la calle y se drogaba. Se murió hace poco. Entonces yo me quedé con mi sobrinito. Ahora una parte de la familia vive en La Paternal. Me dijeron que el gobierno nos va a dar un terreno en Moreno. Yo no quiero. Tengo a todos mis amigos en Capital. Yo tengo que seguir trabajando acá. La mujer la miró seriamente y le dijo que, si la llamaba, ella y el bebé iban a estar mejor. Se saludaron con afecto, con un abrazo. La chica se quedó pensando en el asiento. Llegó a Retiro y volvió a José C. Paz, con la tarjetita en la mano.

Unos cuantos meses pasaron y a aquella chica pobre, que pedía en el tren, no se la volvió a ver. ¿Sería posible que Malena hiciera la llamada? En los vagones corría el rumor de que la chica estaba en un sitio mejor. ¿Podría ser que hubiera tenido esa gran oportunidad?

Alejandra 10/11/2025

 

 

 

 

 


viernes, 7 de noviembre de 2025

Mi pequeña niña de ojos tristes

 Encontré una serie de poemas que escribí cuando era adolescente. Aquí hago entrega del primero que posteo y está dedicado a mi prima Raquel, que en ese momento tenía doce años.


¡Oh! Niña pequeña de ojos muertos

ya no es tu nombre hermoso.

¡Oh! Me avisan las gaviotas

que hoy tu cabello es del viento.

 

Mi pequeña niña de ojos tristes…

tu esperanza se esconde

y se ocultan tus palabras

y te hiere la gente… tanto como a mí.

Te inundan las lágrimas de tu tiempo

y te atropellan las miradas

que ves al pasar.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

¡Oh! tu mente descontrolada y tu corta edad

muestran al mundo tu pesar.

¡Oh! tu cuerpo de arena se escapa

y hay olas que te vienen a buscar

y el amor es tu refugio

y la libertad, tu camino.

¡Oh! ¡La tarde está cayendo y yo me voy!

Tus pies congelados están dejando de andar.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

Vino la tormenta de agosto y destruyó todo.

Vino la mano extendida de un hombre,

pero la lastimaron al llegar.

Sigue la vida…

Las cadenas de mis pies

no me permiten ver las estrellas.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

Bienvenida seas a mi humilde reino

que es esclavo de un paraíso.

Bienvenida seas a un nuevo cuento

de hadas, de amor… o de ojos muertos.


Alejandra 1981

 

 


Funeral

La calle principal de Tilcara se va poblando de a poco. Se oye a lo lejos una bella melodía que se asoma, simbiótica, con el amanecer. Se ...