Son las diez de la mañana. Estoy de buen humor. Tomo el colectivo a Laferrere, hacia el Barrio “Don Juan”, un asentamiento en La Matanza, donde parece que el tiempo se hubiera detenido en los años ochenta. La unidad no tiene aire acondicionado. Ya hay veintisiete grados. Me espera un trayecto de dos horas y media. Voy de una terminal a otra. Viaje completo.
Ingreso por adelante. A mis cincuenta y cinco años me cuesta mucho subir
esa escalera. Inmediatamente maldigo al país. En pleno siglo veintiuno, a los
discapacitados y ancianos se les dificulta viajar en un transporte tan popular.
Nunca se hace nada por ellos. El chofer me recibe con cara de disgusto. Le
solicito el destino. Me acomodo en un asiento individual, del lado del sol. La
sensación térmica es mucho mayor, pero lo prefiero así antes que alguien se
siente a mi lado y me toque con la pierna sudorosa.
Leo un rato. Reviso mensajes del celular. Pero a la mitad del viaje
comienza mi hastío, ya no sé cómo acomodarme. Me molesta todo: la cumbia que
escucha el colectivero; el reguetón que se oye desde el asiento de atrás y las
voces del grupo de compañeros de trabajo que regresan del turno de la noche.
Todo el ruido se mezcla en mi cabeza que está a punto de estallar y el calor lo
dimensiona. El tránsito no fluye. Están arreglando las calles porque es tiempo
de elecciones.
El viaje dura media hora más. Finaliza en medio de la Ruta 3. No hay una
estación terminal. No hay árboles, solo un montón de tierra seca y basura.
Camino diez cuadras al sol tajante sobre veredas rotas. Busco un kiosco o
almacén para comprar agua mineral. No existe.
Llego al comedor comunitario. Hoy no cocinaron, está todo cerrado. Espero
al sol y hago algunas llamadas, pero nadie me atiende. Es hora pico de calor.
La ropa se me pega al cuerpo y debo estar colorada como un tomate. Veo a lo
lejos un almacén donde por fin podré conseguir agua. Vuelvo por las diez
cuadras.
Voy hacia la parada. Hay una fila de personas de casi media cuadra.
Treinta y cinco minutos de espera al calor sofocante. Se estaciona el
colectivo, pero espero al siguiente porque está lleno a reventar. A los veinte
minutos, subo. Ahora el chofer es un pibe joven que escucha bachata a todo
volumen. Ni me mira. Puedo conseguir un asiento individual, que también está
del lado del sol y lo primero que hago es abrir la ventana porque, por
supuesto, este colectivo tampoco tiene aire acondicionado. Se amontona cada vez
más gente.
Hay una parada en la estación de Laferrere donde sube todo el mundo.
Arrancamos. Vamos apretados como sardinas. No se puede respirar. Yo estoy atrás
de todo y escucho que el colectivero grita: ¡Un asiento para la señora,
por favor, que está embarazada! Silencio. El chofer repite: ¡un
asiento por favor! Varias personas lo secundan en el pedido. El
colectivo se detiene y se escucha: ¡Hasta que la señora no se siente,
no vamos a avanzar! Estoy paralizada de calor. El tiempo transcurre en
cámara lenta, como en una película. Es el fin del mundo. Se oyen gritos. Me
parece que estoy metida dentro de un horno. La calza negra me quema la piel,
literal. Todo se va oscureciendo de a poco hasta que una cálida brisa empieza a
golpear mi cara y reacciono. Vamos andando de nuevo. Vuelvo a maldecir al
país: los trabajadores viajamos como ganado y ganamos poco algunos no
hemos tenido posibilidad de estudiar y parece que todo cuesta el doble de
sacrificio todo está caro no se cumplen las leyes a los gobernantes les
importamos muy poco. Nunca les importa el ciudadano. Todo es una mentira.
Ya queda menos de la vuelta. Estamos llegando al centro de San Justo y
se ve a lo lejos un piquete. Un mar de gente con banderas y bombos. El chofer
debe salirse del recorrido, entonces avisa que esta es la última parada, que el
que tenga que bajar, lo hiciese ahora, entonces el colectivo se despeja. Me voy
a un asiento doble a estirar las piernas en la sombra. Damos vueltas y más
vueltas. Va por calles de tierra y zonas de extrema pobreza. Por fin vuelve a
su ruta, pero todavía falta como una hora más de viaje.
Llego a destino. Ya son las tres de la tarde. No veo la hora de estar en
casa y meterme bajo la ducha fría. Pero no. Todavía me falta tomar un colectivo
más.
Alejandra Busconi
4/3/2025
