Son los 70’s. Iris se levanta muy temprano para empezar a organizar el último día del año. Cuando despierte Carlos, debe estar el desayuno y la ducha lista. Ya tiene la toalla y la ropa de entrecasa que su marido le indicó preparar el día anterior. Seguramente Carlos se instalará en el galpón para terminar algunos trabajos de carpintería.
Mientras espera que se cocinen los pollos en
el horno, Iris riega las plantas. Acomoda las macetas, remueve tierra y limpia
las hojas del potus. Observa la parra que había plantado su abuelo y le
da nostalgia. Piensa que tiene que podarla un poco porque tal vez brinden allí.
También baldea el patio para que se luzcan las flores. La perra Tití está inquieta. Persigue a la mujer por
toda la casa. Iris escucha a Carlos y sabe que debe ponerse a su servicio hasta
que él se vaya al fondo con sus herramientas.
Iris viene cocinando desde hace varios días. Está cansada, pero la siesta no es una opción. Acomoda las fuentes para ultimar detalles: vierte la mayonesa casera, termina la vinagreta, decora el pan dulce que casi se quema. Es el momento de encerar los pisos y, como Tití continúa alrededor de la mujer, la encierra en el lavadero. La casa queda hecha un espejo. Tití no para de ladrar y de golpear la puerta. Finalmente, para no escucharla más, la mujer le abre. El animal sale corriendo como loco hacia el patio y llega hasta el jardín, donde Carlos había regado. Por supuesto, la tierra está mojada y la perra embarra sus patas. Entra al comedor ensuciando los pisos lustrosos al tiempo que Iris la corre por toda la casa tirándole todo lo que encuentra a su paso. Vuelve a limpiar. Al terminar, la mujer pone música y se sienta en el sofá. Cierra un momento los ojos.
Iris se despierta sobresaltada y comienza a
preparar la mesa de fin de año: estira un pulcro mantel blanco con motivos
navideños sobre ella y luego acomoda la vajilla de porcelana y cristal, la de
su abuela alemana. No falta el centro de mesa con la vela en el medio, rodeada
de piñas y guirnaldas de colores. Destina un lugar para cada uno de la familia
y coloca diez tarjetitas con los nombres. También una mesa aparte para los
cuatro chicos. Corre un poco el árbol de navidad para que no moleste. Es muy
alto y no quiere que esté tan cerca del winco. Observa y nota que al pesebre le
faltan piezas y protesta porque sabe que su nieto menor ha estado toqueteando
en su última visita. Ya se acerca la hora de la cena. Iris se pone un vestido
nuevo. Se saca los ruleros y rocía
el pelo con spray. Luego se pinta los labios. Se dirige a la cocina y se coloca
el delantal.
El primero en llegar es Pedro, su hijo mayor. No empecés con mi mamá, le susurra a su mujer. Se sientan en el sillón del living y empiezan con los aperitivos que Carlos va trayendo de la heladera del galpón. Al rato, se abre violentamente la puerta de entrada. Llegaron las mellizas, Alba y Emilia, con sus hijos pequeños y sus maridos. Rompen la tensión del momento. Carlos ya está “entrado en copas” y saca un tema de política. Comienza a discutir con Pedro. ¿Ya empezás, viejo?, se queja Iris desde la cocina.
Jorgito, el hijo menor, viene viajando desde
el sur donde le tocó hacer el servicio militar. Iris mira a cada rato el reloj
porque no va a servir la comida hasta que no estén todos. Por suerte ya está
estacionando el auto su hija Elena. Es la única que la ayuda porque siempre
dice que le da lástima que su madre trabaje tanto los días festivos.
Finalmente, llega Jorgito y todo es alboroto.
Su mamá está feliz de verlo y lo abraza emocionada. Le tiene preparada la ropa
por si quiere refrescarse. Gritos y risas invaden la sala. Carlos ya está
sentado a la mesa y sigue tomando alcohol con su hijo Pedro. Cuando están todos
listos, las mujeres traen la comida. Elina se queda sentada, acomodando su
vestido de seda italiana y disimula estar regañando a su hijo. La perra está
afuera, pero logra empujar la puerta mosquitero y corre alrededor de la mesa
queriendo jugar con los niños.
Hay discusiones de todo tipo. Carlos se pone
más borracho y más agresivo. Carlos, ¡no discutas!, se escucha decir
cada tanto. Hace mucho calor y los ventiladores no dan abasto. Iris,
transpirada, observa que todo esté bien dentro de lo posible. Trae más comida.
Falta poco para las doce e Iris se apura a lavar los platos para no tener que
hacerlo más tarde.
Todos se dirigen hacia la mesa del patio,
para brindar debajo de la parra. Llega el momento y el cielo se cubre de fuegos
artificiales. Los nenes más chiquitos se asustan y se ponen a llorar. Elina,
histérica, se tapa los oídos y grita. Carlos sigue protestando porque hace unos
meses fue el rodrigazo y maldice al gobierno. Empieza a dar un discurso incomprensible,
a media lengua. Tití, que le tiene terror a la
pirotecnia, queda enredada en el cable de las luces del árbol y este cae al
piso haciendo trizas la decoración. Los chicos más grandes corren a la perra
por todos lados a los gritos, hasta que alguien la encierra en el galpón. Los
más jóvenes tratan de ponerle alegría al momento descontrolado, haciendo
chistes y riéndose a carcajadas. Sirven el champagne. Brindan y se abrazan y se
dan besos. Iris se sienta en un rincón a comer las doce pasas de uva.
Pasa una hora del nuevo año. Las mellizas ponen música fuerte y bailan con sus maridos. Pedro, cansado de las agresiones de su papá y las demandas de su mujer, busca sus pertenencias y se dispone a salir rumbo al auto. Carlos lo persigue tambaleándose. Se le patinan las palabras y, levantando el dedo índice dice: ¡ya van a volver los milicos! Cuando está llegando a la escalera de entrada, se tropieza y cae. Iris pega un grito y todos corren hacia la puerta. Pedro baja del auto y ve la sangre en la cabeza de su padre. Elina llora y sus hijos junto a ella, también. Los más jóvenes levantan al hombre y lo arrastran hasta el sillón. Está inconsciente. Inmediatamente, los yernos llevan a Carlos al hospital.
Alba y Emilia acuestan a los nenes, preocupadas. Pedro lleva a su familia a casa y promete ir a ver a su papá. De repente, todo queda en silencio. Elena abraza a su madre y la tranquiliza. La toma de los hombros y se dirigen a la cocina. La hija le prepara una taza de té de tilo. No te preocupes, mami, estaba muy borracho, se va a recuperar, le dice. Iris lloriquea. Tiene una mezcla de bronca y angustia. Repite una y otra vez que quería una cena de fin de año perfecta. Tu papá no entiende que no tiene que tomar tanto; esa Elina, no es capaz de levantar un plato; tus hermanas que ponen la música tan fuerte; y esta perra… Iris se interrumpe y la mira. Titi le apoya el hocico en su falda y le mueve la cola. La mujer la acaricia.
Entrada la madrugada, suena el teléfono. Es Pedro: Quédense tranquilas, papá está bien. Iris suspira y abraza a sus hijas. ¿Quieren café?, pregunta. Nosotras nos vamos a tirar en un colchón con los nenes, dice Emilia. Elena se va a fumar bajo la parra después de tirar los restos de garrapiñada y pan dulce esparcidos por el suelo. Tití se tira a sus pies.
Iris empieza de a poco a levantar los vasos
de la mesa. Luego se pone el delantal y termina de lavar lo último. Toma la
escoba y la pala y barre el living y el comedor. Después la cocina y llega
hasta el patio. ¡Vení, mamita!, le dice Elena ¡vení, reina!, disfrutemos
este silencio. Tenemos todo un año para las siguientes fiestas. Y ambas se
quedan dormidas en las reposeras, con los primeros rayos del sol.
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