viernes, 16 de febrero de 2024

Mi amiga el agua

 

Todo fue un juego en la infancia para mí. El agua era sinónimo de verano. Me ayudaba a conectarme con la tierra y el sol.

Mis veranos eran en una pileta limpia y prolijamente pintada de color celeste. Me tiraba parada en la parte profunda, n que tenía tres metros con ochenta centímetros. El primer contacto era una caricia a mis pies y luego llegaba en un instante al piso. Me tomaba tres segundos para el impulso y después, el placer de subir lentamente mirando hacia arriba, al cielo y el sol difusos, esperando el aire. El momento posterior a tocar el fondo eran de silencio y meditación. También me gustaba tirarme de cabeza y nadar al ras del piso, simulando que era un buzo en medio del océano. Mi desafío era permanecer lo más posible sin respirar debajo del agua. Con mi hermano Dani teníamos una rutina: por la mañana jugábamos a tirar la piedrita e ir al fondo de la pileta a buscarla; al mediodía, cuando todo quedaba desolado, Dani era el Hombre nuclear que me perseguía: saltábamos al agua de todas las formas posibles, en cámara lenta, de cabeza, de pie o de panza. Corríamos o nadábamos y finalmente hacíamos todo tipo de piruetas: vertical, vueltas carnero derecho y revés, un puente por arriba, uno por abajo. Así eran todos y cada uno de nuestros días de vacaciones de verano.

Tuve una conexión inexplicable con esa amiga. Yo era muy arriesgada. Me encantaba, por ejemplo, tirarme en el Delta del Paraná cuando aún no estaba contaminado, en esas aguas pesadas y marrones donde había unos pececitos que me mordían los tobillos. Con los ríos torrentosos y frescos de Córdoba experimenté todo tipo de sensaciones. La transparencia que tenían en aquella época era asombrosa.

Recuerdo cuando fuimos a La Falda: todos los días bajábamos hacia el río por un camino de tierra y en el trayecto veíamos la sierra repleta de flores silvestres de todos los colores; escuchábamos el sonido de la víbora cascabel y nos reíamos nerviosos. Íbamos comiendo una uva silvestre que crecía al costado del camino y era el momento más agradable de la caminata. Mi abuela juntaba berro para el mediodía, que lo encontraba en la orilla del río y allí… el placer de tirarnos al piletón natural. A veces volvíamos con la lluvia tibia del mediodía y nos encantaba mojarnos la ropa. Además, nos fascinaba embarrarnos las ojotas cuando saltábamos los charcos y nos daba mucha risa. Fueron tiempos de libertad, tiempos felices.

 

Alejandra Busconi

1/12/2023

 

 

Encuentro en las sierras

  Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están...