Todo fue un juego en la infancia para mí. El agua era sinónimo de verano. Me ayudaba a conectarme con la tierra y el sol.
Mis veranos eran en una pileta limpia y
prolijamente pintada de color celeste. Me tiraba parada en la parte profunda, n que tenía tres metros con ochenta centímetros. El primer contacto era una caricia a mis
pies y luego llegaba en un instante al piso. Me tomaba tres segundos para el
impulso y después, el placer de subir lentamente mirando hacia arriba, al cielo
y el sol difusos, esperando el aire. El momento posterior a tocar el fondo eran
de silencio y meditación. También me gustaba tirarme de cabeza y nadar al ras
del piso, simulando que era un buzo en medio del océano. Mi desafío era
permanecer lo más posible sin respirar debajo del agua. Con mi hermano Dani teníamos una rutina: por la
mañana jugábamos a tirar la piedrita e ir al fondo de la pileta a buscarla; al
mediodía, cuando todo quedaba desolado, Dani era el Hombre nuclear que me perseguía: saltábamos al agua de todas las
formas posibles, en cámara lenta, de cabeza, de pie o de panza. Corríamos o
nadábamos y finalmente hacíamos todo tipo de piruetas: vertical, vueltas
carnero derecho y revés, un puente por arriba, uno por abajo. Así eran todos y
cada uno de nuestros días de vacaciones de verano.
Tuve una conexión inexplicable con esa amiga. Yo
era muy arriesgada. Me encantaba, por ejemplo, tirarme en el Delta del Paraná cuando aún no estaba contaminado, en esas aguas pesadas y marrones donde había
unos pececitos que me mordían los tobillos. Con los ríos torrentosos y frescos
de Córdoba experimenté todo tipo de sensaciones. La transparencia que tenían en
aquella época era asombrosa.
Recuerdo cuando fuimos a La Falda: todos los
días bajábamos hacia el río por un camino de tierra y en el trayecto veíamos la
sierra repleta de flores silvestres de todos los colores; escuchábamos el
sonido de la víbora cascabel y nos reíamos nerviosos. Íbamos comiendo una uva
silvestre que crecía al costado del camino y era el momento más agradable de la
caminata. Mi abuela juntaba berro para el mediodía, que lo encontraba en la
orilla del río y allí… el placer de tirarnos al piletón natural. A veces
volvíamos con la lluvia tibia del mediodía y nos encantaba mojarnos la ropa.
Además, nos fascinaba embarrarnos las ojotas cuando saltábamos los charcos y
nos daba mucha risa. Fueron tiempos de libertad, tiempos felices.
Alejandra Busconi
1/12/2023