lunes, 14 de julio de 2025

Encuentro en las sierras


 

Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están muy ocupadas recolectando frutos. Es el momento de la mañana en que a Emilia le toca lavar la ropa en el Río Cuarto. El sol va tocando lo alto de las sierras. La novicia apoya el canasto en una roca y se sienta a la orilla del río. Se saca la túnica blanca y queda en enagua. Deja flamear su largo cabello, mientras refresca sus pies y canta:

Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi…[1]

 

Un ruido interrumpe el canto. Pájaros de diferentes colores salen aleteando asustados. Hay algo detrás del espinillo: ¿un animal, tal vez?, Emilia se pregunta cautelosa. Camina hacia la roca donde dejó su velo. Ata su pelo y exclama:

- ¡Sal! ¿quién está ahí?

A pesar de que sus hermanas le advirtieron sobre los peligros de los montes cordobeses, Emilia no tiene miedo. De pronto se asoma entre las espinas una figura esbelta de barba y cabellos largos. En su mano derecha sostiene una azuela[2] y en la izquierda un par de animales muertos:

-Soy Yaco- se presenta levantando los dos brazos -solo vine por unas liebres.

-Tu es un natif[3], comechingón- contesta ella

-Henia camiare[4]- aclara el muchacho. Ambos ríen. Yaco le pide que vuelva a soltarse el pelo porque le queda más lindo. Emilia se sonroja y le aclara que debe ir a la orilla del río a lavar la ropa. Él no da ni un solo paso, pero ella lo invita a acercarse y le aclara que sus hermanas andan por ahí.

 

Emilia es una hermosa muchacha de ademanes delicados. Su cabello es rojizo, ojos verdes y tez muy blanca. Tiene una voz extremadamente suave. Está en sus veintes. Proviene de una familia adinerada de la ciudad de Río Cuarto. Estudió idiomas en Francia y allí conoció a las hermanas franciscanas. A su regreso, los padres le tenían preparado un candidato de la alta sociedad cordobesa. La esperaba un estanciero, mucho mayor que ella, con un anillo de diamantes para su compromiso. Al día siguiente, la muchacha expresó su desagrado por aquel individuo. A los pocos días, Emilia informó a sus padres que tomaría los hábitos en el Convento de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, en las afueras de la ciudad. Unos meses después, comenzó el noviciado.

Yaco es un hombre joven, muy alto, de aspecto fornido y piel morena. Tiene ojos grandes y transparentes, como el agua, clara. Pertenece a una de las pocas familias de aborígenes comechingón que sobrevivieron y se adaptaron a la civilización. Hacía unos meses que el joven había salido en una expedición, desde las Sierras Chicas, buscando una nueva vida y se empleó en los campos aledaños al Convento.

 

Ya es mediodía.

-Hoy es mi día libre- dice Yaco tomándole la mano a Emilia y comienza a caminar hacia el próximo claro del río. Los jóvenes juntan ramas para hacer fuego. El muchacho quita la piel de la liebre con su facón y comienza a dorar la carne, colgada de una estaca, que él mismo improvisó. Emilia lava unas hojas de berro para acompañar. Le gusta eso de comer con las manos.

La conversación es continua y se pierden en el tiempo.

-Las hermanas deben estar buscándome- sonrió Emilia –aunque ellas saben que me gusta andar en soledad.

 

Emilia y Yaco se comunican como si se conocieran desde siempre.  Ella se suelta el cabello nuevamente y se arrodilla. Con sus lazos le hace una trenza al muchacho mientras entona su canción:

 

…qui per sanctam crucen tuam redemisti mundum…[5]

 

Emilia se levanta y comienza a danzar riendo alocadamente. Yaco aplaude. Ella frena de golpe y pierde la mirada en el atardecer sin pronunciar palabra. Él se acerca. Emilia se tira sobre el pasto, en posición fetal, y comienza a llorar. Yaco comienza a entonar una canción de cuna, en un dialecto antiguo, mientras se recuesta abrazándola. La chica se tranquiliza y se quedan juntos, así, un buen rato.

 

Yaco escucha pasos a lo lejos. La muchacha levanta la cabeza y ve a su madre con algunas hermanas.

Demain à la même heure! Mañana a la misma hora- susurra mientras se viste. El joven se esconde. Emilia se lava la cara en el río y luego ata su cabello y se lo cubre con el velo. Perdió el canasto de ropa. La madre camina entre los arbustos con desagrado hacia la muchacha y la toma del brazo, enojada. Se la lleva vociferando. Emilia mira hacia atrás y sonríe.

 

Alejandra Busconi

15/6/2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Adoramus te, canción de oración del Vía Crucis

[2] hacha

[3]Eres un nativo” en francés

[4]Comechingón” en quechua

[5] Adoramus te, canción de oración del Vía Crucis

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