Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están muy ocupadas recolectando frutos. Es el momento de la mañana en que a Emilia le toca lavar la ropa en el Río Cuarto. El sol va tocando lo alto de las sierras. La novicia apoya el canasto en una roca y se sienta a la orilla del río. Se saca la túnica blanca y queda en enagua. Deja flamear su largo cabello, mientras refresca sus pies y canta:
Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi…[1]
Un ruido
interrumpe el canto. Pájaros de diferentes colores salen aleteando asustados. Hay
algo detrás del espinillo: ¿un animal, tal vez?, Emilia se pregunta cautelosa.
Camina hacia la roca donde dejó su velo. Ata su pelo y exclama:
- ¡Sal! ¿quién
está ahí?
A pesar
de que sus hermanas le advirtieron sobre los peligros de los montes cordobeses,
Emilia no tiene miedo. De pronto se asoma entre las espinas una figura esbelta
de barba y cabellos largos. En su mano derecha sostiene una azuela[2] y
en la izquierda un par de animales muertos:
-Soy
Yaco- se presenta levantando los dos brazos -solo vine por unas liebres.
-Tu es un natif[3], comechingón- contesta ella
-Henia camiare[4]-
aclara el muchacho. Ambos ríen. Yaco le pide que vuelva a soltarse el pelo
porque le queda más lindo. Emilia se sonroja y le aclara que debe ir a la
orilla del río a lavar la ropa. Él no da ni un solo paso, pero ella lo invita a
acercarse y le aclara que sus hermanas andan por ahí.
Emilia
es una hermosa muchacha de ademanes delicados. Su cabello es rojizo, ojos
verdes y tez muy blanca. Tiene una voz extremadamente suave. Está en sus veintes.
Proviene de una familia adinerada de la ciudad de Río Cuarto. Estudió idiomas
en Francia y allí conoció a las hermanas franciscanas. A su regreso, los padres
le tenían preparado un candidato de la alta sociedad cordobesa. La esperaba un
estanciero, mucho mayor que ella, con un anillo de diamantes para su compromiso.
Al día siguiente, la muchacha expresó su desagrado por aquel individuo. A los
pocos días, Emilia informó a sus padres que tomaría los hábitos en el Convento
de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, en las afueras de la ciudad.
Unos meses después, comenzó el noviciado.
Yaco es
un hombre joven, muy alto, de aspecto fornido y piel morena. Tiene ojos grandes
y transparentes, como el agua, clara. Pertenece a una de las pocas familias de
aborígenes comechingón que
sobrevivieron y se adaptaron a la civilización. Hacía unos meses que el joven
había salido en una expedición, desde las Sierras Chicas, buscando una nueva
vida y se empleó en los campos aledaños al Convento.
Ya es
mediodía.
-Hoy es
mi día libre- dice Yaco tomándole la mano a Emilia y comienza a caminar hacia
el próximo claro del río. Los jóvenes juntan ramas para hacer fuego. El
muchacho quita la piel de la liebre con su facón y comienza a dorar la carne,
colgada de una estaca, que él mismo improvisó. Emilia lava unas hojas de berro
para acompañar. Le gusta eso de comer con las manos.
La
conversación es continua y se pierden en el tiempo.
-Las
hermanas deben estar buscándome- sonrió Emilia –aunque ellas saben que me gusta
andar en soledad.
Emilia y
Yaco se comunican como si se conocieran desde siempre. Ella se suelta el cabello nuevamente y se
arrodilla. Con sus lazos le hace una trenza al muchacho mientras entona su
canción:
…qui per sanctam crucen tuam redemisti mundum…[5]
Emilia
se levanta y comienza a danzar riendo alocadamente. Yaco aplaude. Ella frena de
golpe y pierde la mirada en el atardecer sin pronunciar palabra. Él se acerca.
Emilia se tira sobre el pasto, en posición fetal, y comienza a llorar. Yaco
comienza a entonar una canción de cuna, en un dialecto antiguo, mientras se
recuesta abrazándola. La chica se tranquiliza y se quedan juntos, así, un buen
rato.
Yaco
escucha pasos a lo lejos. La muchacha levanta la cabeza y ve a su madre con
algunas hermanas.
-¡Demain à la même heure! Mañana a la
misma hora- susurra mientras se viste. El joven se esconde. Emilia se lava la
cara en el río y luego ata su cabello y se lo cubre con el velo. Perdió el
canasto de ropa. La madre camina entre los arbustos con desagrado hacia la
muchacha y la toma del brazo, enojada. Se la lleva vociferando. Emilia mira
hacia atrás y sonríe.
Alejandra Busconi
15/6/2025
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