Comencé a tomar mate a mis trece años, allá por los años ochenta. Mis tíos alquilaban una casita en Ramos Mejía. Era una casa sencilla. Lo que más me llamaba la atención de ella eran sus muebles, humildes y en perfecto estado. En las paredes había recortes de revistas y diarios de connotación social: un chico de color, una pintura de Renoir, o unos hippies con el símbolo de la paz. Era todo lo opuesto a mi casa.
El primer mate que tomé en mi vida fue amargo y muy fuerte. Probalo, me dijo la tía Irene, después no vas a poder parar, y para entrar al clan, lo hice. Me resultó algo así como si… hubiese tomado jugo de limón puro, o hubiese comido un zapallito hervido. Pero a partir de ese momento fue un viaje de ida. El mate es la comunión de dos personas en una charla intercambiando ideas. O simplemente acompañarse en silencio. También es rueda de amigos en una actividad social o un instante de unión en una reunión familiar.
Mi abuela hacía unos mates bastante calientes y se le quemaba la yerba
enseguida. Era un rito que tenía con sus nietos, tal vez era la forma de
brindarnos su amor. Mi papá los hacía espumosos, pero muy calientes y yo los soportaba porque los mantenía ricos.
Cuando conocí al padre de mis hijos noté que en su casa tomaban café, tazones
grandes de café, sobre todo con leche. Pero descubrí que su papá, que se
levantaba a las seis de la mañana, hacía un ritual: ponía la pava, preparaba el
trabajo en la piecita del fondo y tomaba mate solo, toda la mañana. Daniel
empezó a tomar conmigo cuando nos casamos. Por suerte le gustaba frío y amargo,
como a mí.
Yo no concibo el mate dulce, me cae mal, pero el que sabe, sabe. Tuve una
pareja, cuyos ancestros provenían de Santiago del Estero y hacía el mejor mate
dulce de la ciudad. Lo preparaba con mucho amor espumoso y con la temperatura justa.
Mucha gente me convida dulce, y yo lo tomo para no despreciar ¡El mate no se
desprecia!
No tengo muchos mates. Los que tuve los compré en lugares
lejanos, como por ejemplo cuando fui a Viedma a un concurso coral. Allí me robaron mi mate en un
quincho que había en el predio. Al otro día me levanté y fui para el centro. Había una feria
artesanal en la plaza con un solo puesto porque era temprano. Y allí estaba, el
matecito que me calzaba justo: chiquito y para tomar sola. Los elijo con mucho cuidado, no compro cualquier
cosa y los uso hasta que se rompen. Tienen valor afectivo.
En la actualidad tengo mi momento de reflexión por la mañana. Me gusta levantarme antes que amanezca, sobre todo en invierno y pongo la pava, como hacía mi suegro. Tengo un mate muy pequeñito con la bombilla dorada. Este lo compré en un viaje al Palmar de Colón, Entre Ríos. Con mucho placer preparo mi escritorio para mi momento único. Debajo de la pava o termo coloco un repasador y me siento a desayunar. Es el mayor placer del día. No me gusta ni que me hablen ni que me interrumpan. Es la hora del día de comunión conmigo misma.