sábado, 14 de octubre de 2023

El mate


Lo que significa el mate para mí

Comencé a tomar mate a mis trece años, allá por los años ochenta. Mis tíos alquilaban una casita en Ramos Mejía. Era una casa sencilla. Lo que más me llamaba la atención de ella eran sus muebles, humildes y en perfecto estado. En las paredes había recortes de revistas y diarios de connotación social: un chico de color, una pintura de Renoir, o unos hippies con el símbolo de la paz. Era todo lo opuesto a mi casa.

El primer mate que tomé en mi vida fue amargo y muy fuerte. Probalo, me dijo la tía Irene, después no vas a poder parar, y para entrar al clan, lo hice. Me resultó algo así como si… hubiese tomado jugo de limón puro, o hubiese comido un zapallito hervido. Pero a partir de ese momento fue un viaje de ida. El mate es la comunión de dos personas en una charla  intercambiando ideas. O simplemente acompañarse en silencio. También es rueda de amigos en una actividad social o un instante de unión en una reunión familiar.

Mi abuela hacía unos mates bastante calientes y se le quemaba la yerba enseguida. Era un rito que tenía con sus nietos, tal vez era la forma de brindarnos su amor. Mi papá los hacía espumosos, pero muy calientes y yo los soportaba porque los mantenía ricos.

Cuando conocí al padre de mis hijos noté que en su casa tomaban café, tazones grandes de café, sobre todo con leche. Pero descubrí que su papá, que se levantaba a las seis de la mañana, hacía un ritual: ponía la pava, preparaba el trabajo en la piecita del fondo y tomaba mate solo, toda la mañana. Daniel empezó a tomar conmigo cuando nos casamos. Por suerte le gustaba frío y amargo, como a mí.

Yo no concibo el mate dulce, me cae mal, pero el que sabe, sabe. Tuve una pareja, cuyos ancestros provenían de Santiago del Estero y hacía el mejor mate dulce de la ciudad. Lo preparaba con mucho amor espumoso y con la temperatura justa. Mucha gente me convida dulce, y yo lo tomo para no despreciar ¡El mate no se desprecia!

No tengo muchos mates. Los que tuve los compré en lugares lejanos, como por ejemplo cuando fui a Viedma a un concurso coral. Allí me robaron mi mate en un quincho que había en el predio. Al otro día me levanté y fui para el centro. Había una feria artesanal en la plaza con un solo puesto porque era temprano. Y allí estaba, el matecito que me calzaba justo: chiquito y para tomar sola. Los elijo con mucho cuidado, no compro cualquier cosa y los uso hasta que se rompen. Tienen valor afectivo.

En la actualidad tengo mi momento de reflexión por la mañana. Me gusta levantarme antes que amanezca, sobre todo en invierno y pongo la pava, como hacía mi suegro. Tengo un mate muy pequeñito con la bombilla dorada. Este lo compré en un viaje al Palmar de Colón, Entre Ríos. Con mucho placer preparo mi escritorio para mi momento único. Debajo de la pava o termo coloco un repasador y me siento a desayunar. Es el mayor placer del día. No me gusta ni que me hablen ni que me interrumpan. Es la hora del día de comunión conmigo misma.

Don Eladio (la pobreza)

 



 Don Eladio provenía de la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero. Era el menor de seis hermanos. Su infancia fue paupérrima ya que su padre había sido empleado en los cultivos de algodón y ganaba una miseria. A veces los chicos, jugando en los bañados, comían tierra pantanosa para engañar sus estómagos. Vivían descalzos, entre alacranes y arañas.

A la edad de quince años, Eladio viajó hacia Buenos Aires y se instaló en la localidad de La Matanza. Allí compartió rancho y comida con su primo Mario, quien había dejado Santiago siendo adolescente. Cuando cumplió veinte, Eladio se empleó en el rubro del caucho y allí estuvo varios años, pero un accidente lo dejó discapacitado y ya nadie lo tomó para ningún trabajo.

A sus cuarenta, este hombre de aspecto aborigen, algo seductor y con un espíritu inquieto, empezó a darle merienda a los niños pobres de su barrio. Conseguía pan fresco y manteca que recibía como donación de una familia adinerada que había conocido haciendo changas. Ponía una olla enorme arriba del fuego hecho con troncos, muy cerca del Tilo que él mismo había plantado, entonces los chicos que pasaban por ahí para ir a la escuela, entraban en aquel terreno largo y se sentaban un rato junto a Don Eladio. Mientras tomaban su mate cocido, él les contaba historias de su infancia. A veces ese alimento era el único del día, para el estómago y el alma.

El hombre les enseñaba que había un mundo gigantesco allá afuera. Les aconsejaba que fuesen a la escuela y estudiasen mucho, porque a la hora de reclamar sus derechos, tendrían la fortaleza de hacerse entender. Los políticos usan a los pobres para su campaña electoral, no les importa el ciudadano, mientras exista la pobreza extrema, el país no va a salir adelante, les decía. Te compran con un subsidio, pero seguís viviendo en un rancho sin agua, sin baño y colgado de la luz.

El hombre era muy limpio y ordenado: cuando los niños entraban al terreno lo hacían a través de una tranquera que él mismo había confeccionado. Un camino de piedras los llevaba directo a un piletón para lavarse las manos. Muy cerca estaba el Tilo y el pasto estaba prolijamente cortado. Los vecinos le habían construido una rampa para su silla de ruedas. Su rancho estaba edificado en una loma para protegerlo de las inundaciones. La gente lo ayudaba agradeciendo tanta bondad. 

A los cincuenta años Don Eladio se enamoró de Doña Celeste, una hermosa mujer de origen peruano, chiquita y regordeta. Lo acompañaba en su labor con los chicos pobres. Con su delantal a cuadritos y siempre con una sonrisa en el rostro, Doña Celeste alegraba las mañanas, sobre todo en primavera, cuando se mezclaban el aroma del jazmín del país y los primeros brotes del Tilo. La cantidad de niños fue en aumento en aquel lugar olvidado. Tenían la ilusión de construir una cocina en un pequeño salón para no pasar las incomodidades del clima y poder darle a los niños una comida más suculenta.

Don Eladio y su amada Celeste se casaron y fueron famosos en aquella zona. Pusieron en marcha el proyecto de construir un Comedor comunitario. El primo Mario les ofreció la mano de obra cuando consiguieron donaciones de materiales para la construcción. Además recibieron una cocina, los utensilios y algunas mesas y sillas. Los vecinos construyeron un horno de barro para hacer pan y muchos niños podían comer dos veces en el día. Don Eladio seguía contando sus historias, generación tras generación de niños pobres, bajo la sombra del Tilo. A través de los años, aquel terreno en medio de la nada seguía olvidado, pero ese hombre servil y humanitario hacía felices a aquellos niños de la comunidad y nunca pidió nada a cambio. Hoy el barrio lleva su nombre. 

19/7/2022 


Encuentro en las sierras

  Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están...