A la edad
de quince años, Eladio viajó hacia Buenos Aires y se instaló en la localidad de
La Matanza. Allí compartió rancho y comida con su primo Mario, quien había
dejado Santiago siendo adolescente. Cuando cumplió veinte, Eladio se empleó en
el rubro del caucho y allí estuvo varios años, pero un accidente lo dejó
discapacitado y ya nadie lo tomó para ningún trabajo.
A sus
cuarenta, este hombre de aspecto aborigen, algo seductor y con un espíritu
inquieto, empezó a darle merienda a los niños pobres de su barrio. Conseguía
pan fresco y manteca que recibía como donación de una familia adinerada que
había conocido haciendo changas. Ponía una olla enorme arriba
del fuego hecho con troncos, muy cerca del Tilo que él mismo había plantado, entonces
los chicos que pasaban por ahí para ir a la escuela, entraban en aquel terreno
largo y se sentaban un rato junto a Don Eladio. Mientras tomaban su mate cocido,
él les contaba historias de su infancia. A veces ese
alimento era el único del día, para el estómago y el alma.
El hombre les enseñaba
que había un mundo gigantesco allá afuera. Les aconsejaba que fuesen a la escuela y estudiasen mucho, porque a la hora de reclamar sus
derechos, tendrían la fortaleza de hacerse entender. Los
políticos usan a los pobres para su campaña electoral, no les importa el
ciudadano, mientras exista la pobreza extrema, el país no va a salir adelante, les decía. Te compran con un subsidio,
pero seguís viviendo en un rancho sin
agua, sin baño y colgado de la luz.
El hombre era muy limpio y ordenado: cuando los niños entraban al terreno lo hacían a través de una tranquera que él mismo había confeccionado. Un camino de piedras los llevaba directo a un piletón para lavarse las manos. Muy cerca estaba el Tilo y el pasto estaba prolijamente cortado. Los vecinos le habían construido una rampa para su silla de ruedas. Su rancho estaba edificado en una loma para protegerlo de las inundaciones. La gente lo ayudaba agradeciendo tanta bondad.
A los cincuenta años Don Eladio se enamoró de Doña Celeste, una hermosa mujer de origen peruano, chiquita y regordeta. Lo acompañaba en su labor con los chicos pobres. Con su delantal a cuadritos y siempre con una sonrisa en el rostro, Doña Celeste alegraba las mañanas, sobre todo en primavera, cuando se mezclaban el aroma del jazmín del país y los primeros brotes del Tilo. La cantidad de niños fue en aumento en aquel lugar olvidado. Tenían la ilusión de construir una cocina en un pequeño salón para no pasar las incomodidades del clima y poder darle a los niños una comida más suculenta.
Don Eladio y su amada Celeste se casaron y fueron famosos en aquella zona. Pusieron en marcha el proyecto de construir un Comedor comunitario. El primo Mario les ofreció la mano de obra cuando consiguieron donaciones de materiales para la construcción. Además recibieron una cocina, los utensilios y algunas mesas y sillas. Los vecinos construyeron un horno de barro para hacer pan y muchos niños podían comer dos veces en el día. Don Eladio seguía contando sus historias, generación tras generación de niños pobres, bajo la sombra del Tilo. A través de los años, aquel terreno en medio de la nada seguía olvidado, pero ese hombre servil y humanitario hacía felices a aquellos niños de la comunidad y nunca pidió nada a cambio. Hoy el barrio lleva su nombre.
19/7/2022
Gracias por la historia!
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