Dani tenía dos camisetas cuando era chico: una de Boca Juniors y la otra de River Plate. Boca ganaba la copa local, entonces él era de Boca todo el año y cuando ganaba River, se ponía la camiseta roja y blanca. Un día, mamá le pidió que se decidiera y optara solo por un equipo, entonces se hizo de Independiente como papá.
Para el Mundial de 1978 Dani tenía quince años. Coleccionaba las figuritas, le compraron el simple de la canción oficial y pegaba en las paredes de su habitación todos los posters de la selección argentina que le regalaban. Fue un mundial inolvidable. Dani sintió verdadera pasión en cada partido: cada movimiento y cada jugada, los sentía propios. También sus festejos y enojos. Vivió cada partido como si hubiera estado dentro de la cancha. Repetía las palabras del Director Técnico, aceptaba los cambios en el partido y hablaba con amor de cada uno de aquellos seres humanos que pateaban la pelota. No presentaba objeciones.
A Dani le compraban la revista El Gráfico todas las semanas. Las leía y releía y su memoria retenía vida y obra de los veintidós jugadores de la selección. Argentina llegó a la final con Holanda: El que no salta es holandés, cantaba Dani. Holanda era el enemigo. Argentina tenía que ganar para salir campeón. El partido terminó uno a uno. Fueron al alargue. Nervios, pasión, confianza, era lo que Dani sentía en ese momento. Él siempre apostaba a ganar. El segundo gol fue de Bertoni, su ídolo máximo, porque era de Independiente, y el gol del triunfo, de Mario Alberto Kempes. Argentina salió campeón por primera vez. Dani estaba feliz. Aquel día, después de ir a festejar, papá le relató paso a paso el segundo gol de Daniel Bertoni, su tocayo: le hicieron el pase a Kempes, Mario avanzó al arco para hacer el gol y Bertoni lo agarró del brazo y le dijo “dejámelo a mí” y como un dúo de baile, Daniel hizo el gol. Dani amaba esa escena, su sonrisa era como la de Kempes y Bertoni después del gol, cada vez que la recordaba.
Para el año 1986, su amor incondicional por los nuevos jugadores y su Maradona querido, continuó de la misma manera. Nuevamente la felicidad: el triunfo a los ingleses, la mano de Dios y el desborde emocional de Argentina bicampeón. Le siguieron comprando El Gráfico. Su memoria guardaba todas y cada una de las jugadas y goles de todos los partidos.
Apareció Messi
en su vida. Cada cuatro años, Dani seguía apostando a ganar. Sufría y se enojaba con el enemigo, cuando no podíamos ser campeones. Como le pasaba a Messi. Quedaba amargado por ser subcampeón, como Messi;
apenas terminaban las finales, empezaba una nueva ilusión, como Messi.
Argentina ganó muchos torneos: Copa América, Panamericanos, Olimpíadas, pero
nunca más un mundial. Treinta y cinco años pasaron y Dani seguía añorando y deseando volver
a ver a su selección en el primer puesto. No importaba el DT ni de qué
equipo venían los jugadores. Cada año recordaba aquel gol
del triunfo: ¡Dejámelo a mí!, repetía
con esa sonrisa de emoción que lo caracterizaba.
Dani murió un mes antes de que la selección argentina
saliera campeón de América en el 2021. No pudo ver a Argentina campeón del mundo
2022. Hoy, a tres años de su partida, otra vez ganamos la Copa América. Su
sonrisa de niño flota en las canchas. Su energía recorre la tierra argentina.
Queda el ejemplo de un fan sincero, puro, respetuoso del que lleve la camiseta
celeste y blanca… o azul, como aquella camiseta a él más le gustaba.