lunes, 10 de noviembre de 2025

La nena en el tren

 

Subía al primer vagón e iba saludando uno a uno a los pasajeros con un apretón de manos. La nena no tendría más de cinco años. Su cara estaba sucia y tenía puesto siempre un vestido de lanilla con bolados color azul Y, arriba de este, un delantal blanco. Ella pedía, con una sonrisa y mirando a los ojos, unas moneditas para llevar dinero a su casa.

Día tras día, muy temprano en la mañana, empezaba por el primer vagón del San Martín, en la estación de San Miguel. Si subía un vendedor ambulante, ella, muy amable, le cedía el lugar. Los tipos la saludaban y le preguntaban por su papá, que parecía haber vendido lapiceras en el tren durante mucho tiempo. Uno de esos días húmedos, el padre había saltado del andén para subir al tren que iba en dirección contraria y cayó a las vías. La formación le cortó una pierna.

La nena seguía saludando y charlando con los pasajeros. Era la fan, en primera fila, cuando se instalaba un músico a tocar, entre el ruido del tren y el murmullo de la gente. Ella aplaudía como si el cantante fuese famoso. Luego seguía vagón tras vagón, jugando con otros nenes que pedían o entregaban estampitas.

Pasó el tiempo. Luego del estallido de 2001, el San Martín se empezó a llenar de vendedores ambulantes. Cada vez más personas pidiendo: discapacitados, ancianos, madres con bebés, veteranos de guerra o enfermos de SIDA. Y allí estaba ella, con ocho años, un poco más alta y con un paso más firme. Saludaba a cada pasajero. Era imposible que alguien la rechazara. Con la crisis, nadie le podía dar un centavo. Los asientos estaban vacíos de trabajadores. A veces se la veía en un tren especial, que funcionaba hacia Retiro por la mañana y regresaba a José C. Paz en la tarde. Esta formación estaba destinada al traslado de los cartoneros. Cientos de familias transportadas para ir a recorrer la Capital de Buenos Aires. Changos de supermercados, bolsas de residuos, animales, chicos y ancianos viajaban sin puertas y sin ventanas en un tren viejo y oxidado.

La nena siguió pidiendo. Algunas señoras grandes se sonreían, pero le decían que no tenían nada. La chiquita tomaba mate con los muchachos harapientos. Abrazaba a sus amigos. Abrazaba mucho. Parecía estar en su casa. Se sentía segura, allí, arriba del tren. A veces se la encontraba comiendo en alguna estación o descansando a la sombra en un banco.

Alrededor de sus diez años, la nena del tren comenzó a pedir también por la tarde. Estaba aún más sucia y desgreñada. Mucho más flaca y rotosa. ¿Qué hacés que no estás en la escuela?, le preguntó una señora bien vestida que siempre le convidaba un alfajor de maicena casero. Por ahora no voy, respondió, pero el año que viene vuelvo. Ahora vestía una calza ajustada y una remera muy corta. Los sweaters también eran cortos y le gustaba mostrar el ombligo. Seguía día a día saludando pasajero por pasajero y era tan carismática que la gente le ofrecía moneditas aunque fuesen personas de pocos recursos. Se comentaba que la familia de la nena del tren se había mudado a un asentamiento, a orillas de las vías del San Marín, cerca de la estación La Paternal.

Un día, apareció una mujer joven y obesa, con un bebé en brazos y un nene chiquito, que apenas caminaba. Gritaba y preguntaba a los vendedores ambulantes: ¿viste a la Malena?, ¿no viste a mi Malena? Los pasajeros murmuraban. Parece que Malena era la chica que saludaba en el tren. Unas cuantas semanas estuvo desaparecida. Su cara se encontraba en unas fotocopias en las estaciones del San Martín. Pero aquel mismo verano apareció, como si nada, pidiendo en los vagones, con su sonrisa tan peculiar.

Después de un largo tiempo, una adolescente muy simpática, de unos catorce años, subía al tren en la estación Chacarita. Tenía los ojos pintados y usaba polleras de jean muy cortas. Era aquella nena del tren que pedía dinero dando un fuerte apretón de manos. Llevaba un bebé recién nacido, sujetado de una mochila para niños. Parecía una mujer de veinte años, pero ella era la inconfundible nena que había necesitado del cariño de los pasajeros, más allá de un billete, o una moneda.

Un día una mujer le dio una tarjeta. Ella la tomó y se sentó a su lado. Como le gustaba conversar, le contó su historia: mi papá tuvo un accidente de tren, cuando vendía lapiceras. Quedó triste en mi casa de San Miguel. Allá vivíamos con mi abuelo y todos mis hermanos. Somos once. Los más grandes se volvieron para el Chaco, donde está mi abuela. Yo tenía que “trabajar”, arriba del tren, para ayudar a mi papá. Este bebé es de mi hermana mayor. Ella vivía en la calle y se drogaba. Se murió hace poco. Entonces yo me quedé con mi sobrinito. Ahora una parte de la familia vive en La Paternal. Me dijeron que el gobierno nos va a dar un terreno en Moreno. Yo no quiero. Tengo a todos mis amigos en Capital. Yo tengo que seguir trabajando acá. La mujer la miró seriamente y le dijo que, si la llamaba, ella y el bebé iban a estar mejor. Se saludaron con afecto, con un abrazo. La chica se quedó pensando en el asiento. Llegó a Retiro y volvió a José C. Paz, con la tarjetita en la mano.

Unos cuantos meses pasaron y a aquella chica pobre, que pedía en el tren, no se la volvió a ver. ¿Sería posible que Malena hiciera la llamada? En los vagones corría el rumor de que la chica estaba en un sitio mejor. ¿Podría ser que hubiera tenido esa gran oportunidad?

Alejandra 10/11/2025

 

 

 

 

 


viernes, 7 de noviembre de 2025

Mi pequeña niña de ojos tristes

 Encontré una serie de poemas que escribí cuando era adolescente. Aquí hago entrega del primero que posteo y está dedicado a mi prima Raquel, que en ese momento tenía doce años.


¡Oh! Niña pequeña de ojos muertos

ya no es tu nombre hermoso.

¡Oh! Me avisan las gaviotas

que hoy tu cabello es del viento.

 

Mi pequeña niña de ojos tristes…

tu esperanza se esconde

y se ocultan tus palabras

y te hiere la gente… tanto como a mí.

Te inundan las lágrimas de tu tiempo

y te atropellan las miradas

que ves al pasar.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

¡Oh! tu mente descontrolada y tu corta edad

muestran al mundo tu pesar.

¡Oh! tu cuerpo de arena se escapa

y hay olas que te vienen a buscar

y el amor es tu refugio

y la libertad, tu camino.

¡Oh! ¡La tarde está cayendo y yo me voy!

Tus pies congelados están dejando de andar.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

Vino la tormenta de agosto y destruyó todo.

Vino la mano extendida de un hombre,

pero la lastimaron al llegar.

Sigue la vida…

Las cadenas de mis pies

no me permiten ver las estrellas.

Mi pequeña niña de ojos tristes…

Bienvenida seas a mi humilde reino

que es esclavo de un paraíso.

Bienvenida seas a un nuevo cuento

de hadas, de amor… o de ojos muertos.


Alejandra 1981

 

 


martes, 4 de noviembre de 2025

Recuerdos de un aroma

 

Todas las mañanas, vestía a mi hijo Abel como si fuese mi muñequito: le ponía sweaters de lana, que le tejía la abuela Titina y unos pantaloncitos con frisa. Le tiraba unas gotitas de perfume para bebé y después le pasaba el cepillo para el pelo, que tenía unas cerdas muy delicadas. Y lo peinaba suavemente. Tomaba sus cachetes con las dos manos, le daba un beso y lo abrazaba. Todavía recuerdo la frescura de su olor a bebé.

Abel era un chiquito limpio. No le gustaba ensuciarse. Alrededor del año, yo le daba de comer. Si se ensuciaba las manos, las levantaba y yo sabía que se las tenía que limpiar. Su ropa siempre estaba impecable.

De más grande no le gustaba pegotearse con golosinas o con el helado. Me pedía que lo lavara en la canilla de la heladería. Recuerdo darle besos en las manos y que siempre olieran a jabón.

Aquel olor a bebé me remonta a muchos momentos con mi hijo, cuando tenía dos años. Caminábamos mucho. Lo levantaba temprano para llevar a Dalila a la escuela y ahí yo atendía el kiosco porque formaba parte del “Club de madres”, de la primaria. Estábamos dos o tres horas y él, a mi lado, con sus autitos. Después íbamos de compras y regresábamos a casa. Yo hacía la comida y él jugaba y jugaba. Era charlatán. Me charlaba de todo lo que hacía. Poníamos las canciones de “Ruidos y ruiditos”, de la compositora Judith Akoschky y cantábamos. A veces yo estudiaba las obras del coro y él me escuchaba. Buscábamos a Dalila y, por la tarde, yo dormía la siesta abrazada a su aroma. Era un bebé alegre, siempre estaba sonriendo y se hacía el chistoso.

Trato de borrar lo malo y me esfuerzo por recordar esos momentos que me hicieron feliz. Cada vez me cuesta más porque cada vez está más lejos en el tiempo. Se me van borrando los recuerdos. Por suerte los sentidos tienen memoria y me llevan a esos lugares de mi mente que me hicieron bien.

Alejandra

23/10/2025

La nena en el tren

  Subía al primer vagón e iba saludando uno a uno a los pasajeros con un apretón de manos. La nena no tendría más de cinco años. Su cara est...