martes, 4 de noviembre de 2025

Recuerdos de un aroma

 

Todas las mañanas, vestía a mi hijo Abel como si fuese mi muñequito: le ponía sweaters de lana, que le tejía la abuela Titina y unos pantaloncitos con frisa. Le tiraba unas gotitas de perfume para bebé y después le pasaba el cepillo para el pelo, que tenía unas cerdas muy delicadas. Y lo peinaba suavemente. Tomaba sus cachetes con las dos manos, le daba un beso y lo abrazaba. Todavía recuerdo la frescura de su olor a bebé.

Abel era un chiquito limpio. No le gustaba ensuciarse. Alrededor del año, yo le daba de comer. Si se ensuciaba las manos, las levantaba y yo sabía que se las tenía que limpiar. Su ropa siempre estaba impecable.

De más grande no le gustaba pegotearse con golosinas o con el helado. Me pedía que lo lavara en la canilla de la heladería. Recuerdo darle besos en las manos y que siempre olieran a jabón.

Aquel olor a bebé me remonta a muchos momentos con mi hijo, cuando tenía dos años. Caminábamos mucho. Lo levantaba temprano para llevar a Dalila a la escuela y ahí yo atendía el kiosco porque formaba parte del “Club de madres”, de la primaria. Estábamos dos o tres horas y él, a mi lado, con sus autitos. Después íbamos de compras y regresábamos a casa. Yo hacía la comida y él jugaba y jugaba. Era charlatán. Me charlaba de todo lo que hacía. Poníamos las canciones de “Ruidos y ruiditos”, de la compositora Judith Akoschky y cantábamos. A veces yo estudiaba las obras del coro y él me escuchaba. Buscábamos a Dalila y, por la tarde, yo dormía la siesta abrazada a su aroma. Era un bebé alegre, siempre estaba sonriendo y se hacía el chistoso.

Trato de borrar lo malo y me esfuerzo por recordar esos momentos que me hicieron feliz. Cada vez me cuesta más porque cada vez está más lejos en el tiempo. Se me van borrando los recuerdos. Por suerte los sentidos tienen memoria y me llevan a esos lugares de mi mente que me hicieron bien.

Alejandra

23/10/2025

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