Papá:
Me detengo ahí, en esa foto que alguien sacó hoy, en el día de tu cumpleaños número ochenta y ocho.
Vos estás sentado en la cabecera de la mesa. La torta de crema delante de vos y la vela celeste, ya apagada. Dani te da un abrazo que emociona. En la imagen se manifiestan todos los sentidos... y el abrazo del amor más puro que se haya visto jamás.
Tal vez este sea tu último cumpleaños o quizás vivas diez años más.
En esa foto veo el paso del
tiempo, que no puedo creer, que no me entra en la cabeza porque vos "sos" aquel
hombre alegre y lleno de energía con el que estuve enojada tanto tiempo, con el
que no supe comunicarme ni pude ser cariñosa. Sos ese tipo cabrón que me
defendió aquel día de un automovilista furioso porque yo le había rozado el
auto. También, aquel que esperaba durante horas que Dani terminara la clase de
natación o el que se venía con las bolsas pesadas del supermercado y las manos
retorcidas del dolor. Sos el abuelo enamorado de sus nietos. El que me hacía
reír en las misas de los domingos mientras Dani hacía las actividades con los
boyscouts: no te sabías los rezos y murmurabas cualquier cosa en voz baja. Sos el que
hablaba y hablaba sin parar y, ahora, está tan callado. El que caminaba siempre
apurado queriendo llegar a quien sabe dónde y ahora tiene el paso lento e
inestable. Sos el que conversaba con todos los comerciantes y vecinos y ahora... ni siquiera
mira por la ventana.
Hago el esfuerzo de recordar una anécdota durante mi adultez pero no la encuentro. Lo que veo es un camino largo hacia el pasado donde no hay contenido en nuestras charlas, solo tus monólogos. Eso ya no importa.
Vuelvo a mirar la foto. Veo ese abrazo desinteresado y perfecto, de amor incondicional y no hay nada más que agregar.
ALEJANDRA 21/3/2021
(Papá falleció un mes y quince días después de haber escrito este texto)
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