Camina, siempre camina. Ya no siente los mocasines gastados. Viste un saco y un pantalón azul con un cinturón de cuero abrochado en el anteúltimo agujero. Trabaja en ventas y le gusta mucho. Camina como si fuesen sus últimos días: a veces, bajo el sol tajante de la ciudad de San Juan y otras, con el frío bajo cero de Comodoro Rivadavia. Pronto será su cumpleaños número treinta y se está esforzando mucho para poder ahorrar.
Manuel está
esperando su primer hijo y no quiere que le falte nada. Si es varón se va a
llamar Enrique como mi papá y si es mujer, Estefanía, como mi querida suegra
que es griega. Yo quiero que sea varón y voy a llevarlo a ver a Independiente.
También le voy a pagar la mejor universidad, le comenta al empleado del
Correo mientras echa una carta en el buzón.
Querida
mía: estaré por allá el próximo sábado y voy a cuidarte. Espero que te sientas
bien. Apenas llegue voy a pintar la habitación de Enriquito y así dejar todo
listo para su llegada. Espero hayas recibido todo el dinero que te mandé, para
que puedas pagar las cuentas. El micro sale el viernes a la mañana. Con amor.
Manuel
Ya hace más de
un mes que no ve a su esposa, María. Manuel ha trabajado sin descanso. Es el
año 1972, más precisamente el mes de febrero. Hay una huelga general de dos
días y toda la Argentina está detenida. Manuel debe quedarse dentro del hotel
sin poder salir a trabajar. No hay micros ni aviones.
Esta
huelga me mata, le dice al conserje, necesito llamar a mi cuñada
a ver si puedo hablar con mi esposa. Las llamadas de larga distancia son
muy caras y esta situación sobrepasa a Manuel. La pareja no tiene teléfono en
la casa. María debe esperar que alguien la pase a buscar con el auto porque
está muy pesada y ya no puede caminar, aunque el médico dijo que es bueno el
ejercicio. Manuel espera dentro de la habitación. Suda y le duele el estómago.
Se acerca a la ventana fumando: bombos y banderas cubren las calles. Toma agua,
enciende la Spika[1]
para escuchar las noticias. Busca otro cigarrillo y vuelve a la ventana. Sale
hacia el pasillo y baja rápido las escaleras. Se sienta cerca de la recepción y
suena el teléfono…
Manuel toma el
primer micro que consigue. Un colectivo viejo que se dirige a Diego de Alvear,
Santa Fe. Paciencia porque esta chatarra va a tardar cinco horas en llegar,
le dice a la señora que está sentada junto a él. Se escuchan gallinas y perros
en el fondo del colectivo. El humo del cigarrillo ahoga a la mujer y Manuel
debe abrir la ventanilla. Va a parar en los principales pueblos; yo no los
conozco, ¿usted? María no me pudo llamar porque ya está por nacer Enriquito o
Estefanía, está con contracciones ¡qué suerte que María aceptó esos nombres! Mi
hijo se está adelantando. Es pasada la medianoche. La señora junto a él ya
se durmió y Manuel sigue hablando solo. De repente se escucha un murmullo. El
colectivo está varado. Manuel se levanta del asiento y se acerca al chofer y le
da charla.
Llega a Santa Fe
y tiene que bajar en una estación de servicio. Las gallinas, los perros y los
loros rompen el silencio del pueblo. La gente se dispersa. Varios pasajeros se
amontonan bajo un pequeño techo del lugar porque hay una lluvia torrencial. Manuel
fuma dos cigarrillos seguidos. Está bajando la temperatura y él no llevó
impermeable. Un muchacho viene gritando: ¡conseguí una camioneta para Buenos
Aires! Y allá va…bajo una lona.
Su cuñado lo está
esperando con el auto, sobre la ruta. Luego de la llamada desde Campana, por
fin se dirige al hospital donde ya nació Enriquito. El tránsito está infernal y
Manuel siente que el Citroen es una carreta. Está en la incubadora,
dice el cuñado. Manuel se pregunta y se contesta y fuma todo el trayecto.
María expresa
que está preocupada porque nadie le dice nada. Hace cuatro días que el nene
está en observación y hay que hacerle varios estudios. La muchacha está muy
asustada porque siente que algo está muy mal. Manuel camina por los pasillos
fumando y frenando a cada enfermera que se aproxima. Llega el momento del parte
médico. El doctor que recibió a su hijo habla con el muchacho en un consultorio
vacío. Luego de una larga conversación, Manuel queda en shock.
Se dirige hacia
la puerta principal de la clínica y se aleja. Camina (siempre camina). Esta vez
sin rumbo, en otro día lluvioso. Las calles están desiertas. El domingo lo
inunda con su tristeza e incertidumbre. Entra en una panadería y le conversa al
panadero con verborragia y se va sin pagar. Luego entra en un bar donde pide un
vaso de vino a pesar de ser temprano en la mañana.
Su hijo
tiene un problema cerebral, resuenan las palabras del
médico mientras observa un charco de la vereda a través del vidrio. Seguiremos
haciéndole estudios, pero es muy probable que nunca pueda caminar. En ese
momento a Manuel le dispara un recuerdo de su infancia: un vecino, en su
Córdoba natal, se la pasaba sentado en el umbral de la casa, babeando y mirando
hacia el cielo. Los retrasados eran mala palabra en su casa. Sus padres eran españoles,
analfabetos, provenían de la España de la Guerra civil. En su familia no
había lugar para los débiles. ¿Mi hijo será un monstruo?, pensó. Manuel
hace una llamada desde el teléfono público más cercano: ¿se acuerda, jefe,
ese cliente en Chile? ¿cuándo era la fecha?
Manuel se
encuentra con su mujer y su hijo recién el lunes por la mañana. Ya les dieron
el alta. Su cuñada carga al bebé y su cuñado, las pertenencias. Una vez en la
casa, le avisa a María que en una semana se va para Chile. Observa de lejos a
Enriquito, perdido en oscuros pensamientos. Le pide a su esposa que le prepare
la ropa para el viaje. Murmura sobre lo mal que están planchadas las camisas.
María tiene turno con el neurólogo y más tarde debe hacerle más estudios al
bebé. Desayunan en silencio Ella está escribiendo en la agenda algunos
teléfonos de profesionales que le recomendaron mientras Manuel lee el diario
Manuel toma el
avión directo a Valparaíso. Se ha comprado zapatos nuevos y un ambo color
marrón con una camisa amarillo patito y el cinturón sigue abrochado en el
anteúltimo agujero. La empresa pagó un hotel más moderno.
Después de una
semana de haber recaudado buen dinero por su trabajo, Manuel sale a bailar la
noche del viernes y termina borracho, en un bar, hablando con una chica. No
repara en gastos.
Al otro día
entra al Casino… y lo pierde todo. Alcoholizado, sale sin rumbo hacia la
avenida y camina (siempre camina), hasta que llega al puente ferroviario Las
Cucharas y sube por entre los fierros oxidados.
María su
madre y su padre la guerra civil española San Juan Comodoro las banderas la
cuna la pintura de la habitación el dinero el colectivo destartalado su cuñada
la altura del puente Enriquito… el tren.
Alejandra Busconi
29/3/2026
