lunes, 15 de enero de 2024

Recuerdo de un viaje soñado

 

 No estaba en mis proyectos personales cruzar el océano hacia el viejo mundo. Era solo un sueño, un deseo escondido en el fondo de mi alma que nunca expresé y el que jamás pensé que cumpliría. Dos años antes había comenzado una etapa de mi vida en el que se iban alineando los planetas. A mis cuarenta años encontré el amor, nació mi nieto y comencé a cantar en el grupo vocal soñado.

En un concurso internacional de coros organizado en Ciudad de Buenos Aires, habíamos conocido a un coro proveniente de Cuba. Unos meses después, varios de sus integrantes habían escapado a España. En 2009, uno de los chicos del grupo gestionó un seminario de música argentina en Torre del Mar, Málaga y en tres meses grabamos nuestro primer disco, sacamos pasaporte y compramos el pasaje en avión. Allá fuimos. Yo caminaba entre nubes. Estaba viviendo aquel sueño del que nunca hablaba.

En el momento de pisar Barajas sentí por fin conocer a aquellos que habían venido a evangelizar al nuevo mundo, realmente yo nos veía como un grupo de indios con el bombo a cuestas. Pasamos por Valladolid a visitar a nuestra amiga, el contacto para el seminario, y cuatro días después a Málaga: subte, tren, micros del primer mundo, calles de adoquín, angostas y construcciones medievales. Olivos, puentes y el tan histórico Mediterráneo, del que conocía solo por los libros de historia.

Nos recibieron como si fuésemos estrellas de rock famosas y nos trataron con mucha admiración y respeto. Fue tan emocionante estar cantando música argentina y del Río de la Plata tan lejos de casa que lagrimeábamos a cada rato. Yo por primera vez valoré mi país y nuestra gente, la que habíamos dejado a miles de kilómetros.

De mi viaje de quince días rescato dos momentos maravillosos: Walter, uno de mis compañeros de grupo, cumplía cincuenta años y los anfitriones le regalaron un viaje en un barquito por la costa mediterránea. Fue mágico. Como estar sumergida en la historia medieval de guerreros y piratas europeos, una energía ancestral. Y el segundo momento maravilloso fue estar caminando por la peatonal costanera de Torre del Mar y Oscar, otro de mis compañeros, llevaba una camiseta de Argentina y un chico nos saludó de lejos y nos dijo: ¡Eh! ¡argentinos! entonces comenzamos a cantar nuestro Himno Nacional a cuatro voces.

Ese mismo día a la noche, que era la última, vivimos otra experiencia única. Era el ágape de despedida. Entramos a un salón, tímidos, porque había mucha gente. Teníamos destinada una mesa solo para los argentinos. Comimos y bebimos como europeos. En un momento de la noche, Oscar, presumiendo de sus conocimientos musicales, agarró la guitarra y se puso a tocar un tema que hacíamos a cuatro voces. Nos aplaudieron a rabiar. Seguidamente un chico español del otro grupo tomó la guitarra y en ese preciso instante la noche se convirtió en la más maravillosa de mi vida: estaba viviendo el verdadero Cante jondo, el real, el del pueblo español. Mujeres moviendo sus caderas y haciendo volar sus polleras y hombres expresando el ritmo flamenco con las palmas. Fue inolvidable. Quedará escondido en mi memoria por siempre. Nos fuimos cumpliendo una misión: los españoles de aquellos lugares no abrazaban y les insistimos tanto con eso, que la despedida estuvo llena de abrazos y lágrimas. Un viaje que quedará guardado en un rincón de mi corazón.


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