En un concurso internacional de coros organizado en Ciudad
de Buenos Aires, habíamos conocido a un coro proveniente de Cuba. Unos meses
después, varios de sus integrantes habían escapado a España. En 2009, uno de
los chicos del grupo gestionó un seminario de música argentina en Torre del
Mar, Málaga y en tres meses grabamos nuestro primer disco, sacamos pasaporte y
compramos el pasaje en avión. Allá fuimos. Yo caminaba entre nubes. Estaba
viviendo aquel sueño del que nunca hablaba.
En el momento de pisar Barajas sentí por fin conocer a aquellos que habían venido a evangelizar al nuevo mundo, realmente yo
nos veía como un grupo de indios con
el bombo a cuestas. Pasamos por Valladolid a visitar a nuestra amiga, el
contacto para el seminario, y cuatro días después a Málaga: subte, tren, micros
del primer mundo, calles de adoquín, angostas y construcciones medievales. Olivos,
puentes y el tan histórico Mediterráneo, del que conocía solo por los libros de
historia.
Nos recibieron como si fuésemos estrellas de rock
famosas y nos trataron con mucha admiración y respeto. Fue tan emocionante
estar cantando música argentina y del Río de la Plata tan lejos de casa que
lagrimeábamos a cada rato. Yo por primera vez valoré mi país y nuestra gente,
la que habíamos dejado a miles de kilómetros.
De mi viaje de quince días rescato dos momentos maravillosos:
Walter, uno de mis compañeros de grupo, cumplía cincuenta años y los
anfitriones le regalaron un viaje en un barquito por la costa mediterránea. Fue
mágico. Como estar sumergida en la historia medieval de guerreros y piratas
europeos, una energía ancestral. Y el segundo momento maravilloso fue estar
caminando por la peatonal costanera de Torre del Mar y Oscar, otro de mis
compañeros, llevaba una camiseta de Argentina y un chico nos saludó de lejos y
nos dijo: ¡Eh! ¡argentinos! entonces
comenzamos a cantar nuestro Himno Nacional a cuatro voces.
Ese mismo día a la noche, que era la última, vivimos
otra experiencia única. Era el ágape de despedida. Entramos a un salón, tímidos, porque
había mucha gente. Teníamos destinada una mesa solo para los argentinos. Comimos y bebimos como europeos. En un momento de
la noche, Oscar, presumiendo de sus conocimientos musicales, agarró la guitarra
y se puso a tocar un tema que hacíamos a cuatro voces. Nos aplaudieron a
rabiar. Seguidamente un chico español del otro grupo tomó la guitarra y en ese
preciso instante la noche se convirtió en la más maravillosa de mi vida: estaba
viviendo el verdadero Cante jondo, el
real, el del pueblo español. Mujeres moviendo sus caderas y haciendo volar sus
polleras y hombres expresando el ritmo flamenco con las palmas. Fue
inolvidable. Quedará escondido en mi memoria por siempre. Nos fuimos cumpliendo
una misión: los españoles de aquellos lugares no abrazaban y les insistimos
tanto con eso, que la despedida estuvo llena de abrazos y lágrimas. Un viaje
que quedará guardado en un rincón de mi corazón.
Hermoso recuerdo!
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