viernes, 17 de mayo de 2024

Mi Dani (tercer aniversario de su fallecimiento)

 

Cuando mi hija Dalila tenía 3 años y empezó el Jardín de Infantes le preguntaron: Además de vivir con papá y mamá, ¿Hay alguien más en tu casa?, y ella contestó: Mi abuelo, mi abuela y “mi Dani”. Ella ya sabía que era diferente.

Mi hermano Daniel era un ser especial, no porque fuera una persona con Síndrome de Down nada más, sino porque era Dani, algo que nadie va a poder entender fuera de la familia y de los profesores y amigos que lo amaron. Un ser único, respetuoso, amable, educado y atento. Era de esas personas que se bajaban primero del colectivo para ayudar al otro. Decía: permiso, perdón, gracias y buenos días a todo vecino que pasaba por su lado. Siempre daba un abrazo, siempre solidario, siempre amiguero. Convertía nuestro cumpleaños en el día más importante del año, aunque no quisiéramos. Las reuniones familiares las llenaba de felicidad, a pesar de aburrirse con nuestras conversaciones, sobre todo de política. Amaba a las mujeres y las trataba con respeto.

Dani quiso a sus animales como si fuesen sus propios hermanos: tuvimos un perrito llamado Toy, que un día se había escapado hacia la calle y lo atropelló un auto. Lo llevamos a un Hospital Veterinario y lo dieron por desahuciado. Lo trajimos para casa y mamá nos dijo: ¡Llévenlo al depósito del edificio! Este lugar se encontraba frente a nuestra puerta de casa ¡Esperemos a que muera!, lloriqueó mamá. Dani lo visitó día y noche. Lo arropó, lo abrazó, lo alimentó como pudo, pero el perrito seguía en agonía. Dani insistió… Fue tanto el amor que le brindó que ese perrito sobrevivió y duró diez años más.

Dani cambiaba nuestra tristeza y nos apartaba de los problemas. Cuidó su casa, a su mamá y en este último año se dedicó a cuidar a su papá porque era suyo, de su posesión y, con su amor, lo hizo sobrevivir unos cuantos meses... como al perrito.

Hace diecisiete días que duermo en su pieza: me abriga y me cuida su olor y su energía. Me siento protegida. Todavía no puedo creer que se haya ido. No lo creo. Siento que va a volver con su bolsito de trabajar. Va a venir sonriendo, después de haber llevado la basura al cesto de afuera. Va a regresar de su caminata nocturna, de sus clases de teatro, de su psicóloga… Siempre, siempre con la sonrisa más hermosa.


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