domingo, 13 de abril de 2025

Las calles inundadas de Villa Raffo





Entre los años 1991 y 1998 fui ama de casa. Me dedicaba a mis hijos las veinticuatro horas. Los llevaba a la escuela todas las mañanas y a sus actividades extras. Fui miembro de la cooperadora, atendía el kiosco de la escuela y colaboraba con los actos del Jardín de Infantes. Siguiendo lo que mis padres me habían enseñado, era feliz.

La lluvia, en la paz de mi hogar, era hermosa. Tengo el recuerdo de los chicos jugando cada uno en su habitación y yo haciéndoles meriendas especiales. No sabía nada de repostería, les servía galletitas dulces y chocolatada que solo les daba con el mal tiempo.

Las calles que rodeaban mi barrio se inundaban y el agua nos llegaba hasta las rodillas. Durante treinta años hubo un problema con los desagües. El intendente que se perpetró en el poder nunca lo resolvió. Era muy difícil sacar los autos y, si íbamos caminando con las botas de lluvia, nos empapábamos igual. Entonces no llevaba a mis hijos a la escuela. Yo me quedaba acostada y Dalila y Abel se pasaban a mi cama y dormíamos acurrucados los tres.

El barrio de Villa Raffo era muy arbolado en esa época. Mi vecino de al lado tenía muchas plantas porque le gustaba la jardinería. Llovía, entonces me quedaba un buen rato mirando el cielo y el verde. Cuando paraba de llover, los pájaros se acercaban a mi ventana. Iban a beber y buscar lombrices a aquel jardín. Escuchaba los sonidos de la naturaleza y se veían los jacarandas más coloridos y los tilos reverdecidos. En esa época podíamos comer verduras orgánicas y estaba más atenta a la limpieza y la ecología. En ese departamento me sentía segura. Cada vez que había fuertes tormentas, agradecía por tener un hogar y techo propio.

 

Alejandra Busconi

11/4/2025

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