Se viene la tormenta, le dijo mamá a la tía Irene. Nubarrones grises con anaranjados y rosas
se entremezclaban. A mis once años, observé por primera vez la inmensidad de la
naturaleza.
Estábamos de vacaciones en Santa Clara del Mar. Empezamos a juntar las
cosas de a poco porque se venía la lluvia. Papá y Dani estaban jugando a la
paleta. ¡Vamos! ¡va a llover!, les gritó mamá.
Noooo, dijo
sonriendo papá desde lejos, ¡es solo una nubecita!
La tía lo quiso convencer, pero no hubo caso. Emprendimos el regreso a la casa
que habíamos alquilado, ubicada a tres cuadras de la playa.
Mamá se sentó a tomar unos mates con la tía Irene y el tío Oscar.
Prepararon la merienda para mi prima Paula, que tenía cinco años, y para mí.
Pasaron unos cuantos minutos hasta que empezó a caer la lluvia. Papá y Dani no
venían. Mamá y yo estábamos preocupadas y repetíamos la frase ¡qué cabeza dura! De pronto los vemos
aparecer a los dos, empapados y con esas sonrisas compradoras, que los
caracterizaba: ¿Así que era solo una
nubecita?, le preguntó mi tía a papá. Todos nos pusimos a reír a
carcajadas.
Me gustaba la lluvia en las vacaciones porque jugábamos a las cartas y
al ludo matic. También nos íbamos a
pasear a Mar del Plata: mirábamos vidrieras, me compraban helado y nos llevaban
a los juegos.
Alejandra Busconi
5/4/2025
Cuántos recuerdos, te quiero
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