domingo, 13 de abril de 2025

Tormenta sobre el mar


 


Se viene la tormenta, le dijo mamá a la tía Irene. Nubarrones grises con anaranjados y rosas se entremezclaban. A mis once años, observé por primera vez la inmensidad de la naturaleza.

Estábamos de vacaciones en Santa Clara del Mar. Empezamos a juntar las cosas de a poco porque se venía la lluvia. Papá y Dani estaban jugando a la paleta. ¡Vamos! ¡va a llover!, les gritó mamá.

Noooo, dijo sonriendo papá desde lejos, ¡es solo una nubecita! La tía lo quiso convencer, pero no hubo caso. Emprendimos el regreso a la casa que habíamos alquilado, ubicada a tres cuadras de la playa.

Mamá se sentó a tomar unos mates con la tía Irene y el tío Oscar. Prepararon la merienda para mi prima Paula, que tenía cinco años, y para mí. Pasaron unos cuantos minutos hasta que empezó a caer la lluvia. Papá y Dani no venían. Mamá y yo estábamos preocupadas y repetíamos la frase ¡qué cabeza dura! De pronto los vemos aparecer a los dos, empapados y con esas sonrisas compradoras, que los caracterizaba: ¿Así que era solo una nubecita?, le preguntó mi tía a papá. Todos nos pusimos a reír a carcajadas.

Me gustaba la lluvia en las vacaciones porque jugábamos a las cartas y al ludo matic. También nos íbamos a pasear a Mar del Plata: mirábamos vidrieras, me compraban helado y nos llevaban a los juegos.

 

 

 

Alejandra Busconi

5/4/2025

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