martes, 28 de abril de 2026

El viajante

 


Camina, siempre camina. Ya no siente los mocasines gastados. Viste un saco y un pantalón azul con un cinturón de cuero abrochado en el anteúltimo agujero. Trabaja en ventas y le gusta mucho. Camina como si fuesen sus últimos días: a veces, bajo el sol tajante de la ciudad de San Juan y otras, con el frío bajo cero de Comodoro Rivadavia. Pronto será su cumpleaños número treinta y se está esforzando mucho para poder ahorrar.

Manuel está esperando su primer hijo y no quiere que le falte nada. Si es varón se va a llamar Enrique como mi papá y si es mujer, Estefanía, como mi querida suegra que es griega. Yo quiero que sea varón y voy a llevarlo a ver a Independiente. También le voy a pagar la mejor universidad, le comenta al empleado del Correo mientras echa una carta en el buzón.

Querida mía: estaré por allá el próximo sábado y voy a cuidarte. Espero que te sientas bien. Apenas llegue voy a pintar la habitación de Enriquito y así dejar todo listo para su llegada. Espero hayas recibido todo el dinero que te mandé, para que puedas pagar las cuentas. El micro sale el viernes a la mañana. Con amor. Manuel

Ya hace más de un mes que no ve a su esposa, María. Manuel ha trabajado sin descanso. Es el año 1972, más precisamente el mes de febrero. Hay una huelga general de dos días y toda la Argentina está detenida. Manuel debe quedarse dentro del hotel sin poder salir a trabajar. No hay micros ni aviones.

Esta huelga me mata, le dice al conserje, necesito llamar a mi cuñada a ver si puedo hablar con mi esposa. Las llamadas de larga distancia son muy caras y esta situación sobrepasa a Manuel. La pareja no tiene teléfono en la casa. María debe esperar que alguien la pase a buscar con el auto porque está muy pesada y ya no puede caminar, aunque el médico dijo que es bueno el ejercicio. Manuel espera dentro de la habitación. Suda y le duele el estómago. Se acerca a la ventana fumando: bombos y banderas cubren las calles. Toma agua, enciende la Spika[1] para escuchar las noticias. Busca otro cigarrillo y vuelve a la ventana. Sale hacia el pasillo y baja rápido las escaleras. Se sienta cerca de la recepción y suena el teléfono…

 

Manuel toma el primer micro que consigue. Un colectivo viejo que se dirige a Diego de Alvear, Santa Fe. Paciencia porque esta chatarra va a tardar cinco horas en llegar, le dice a la señora que está sentada junto a él. Se escuchan gallinas y perros en el fondo del colectivo. El humo del cigarrillo ahoga a la mujer y Manuel debe abrir la ventanilla. Va a parar en los principales pueblos; yo no los conozco, ¿usted? María no me pudo llamar porque ya está por nacer Enriquito o Estefanía, está con contracciones ¡qué suerte que María aceptó esos nombres! Mi hijo se está adelantando. Es pasada la medianoche. La señora junto a él ya se durmió y Manuel sigue hablando solo. De repente se escucha un murmullo. El colectivo está varado. Manuel se levanta del asiento y se acerca al chofer y le da charla.

Llega a Santa Fe y tiene que bajar en una estación de servicio. Las gallinas, los perros y los loros rompen el silencio del pueblo. La gente se dispersa. Varios pasajeros se amontonan bajo un pequeño techo del lugar porque hay una lluvia torrencial. Manuel fuma dos cigarrillos seguidos. Está bajando la temperatura y él no llevó impermeable. Un muchacho viene gritando: ¡conseguí una camioneta para Buenos Aires! Y allá va…bajo una lona.

Su cuñado lo está esperando con el auto, sobre la ruta. Luego de la llamada desde Campana, por fin se dirige al hospital donde ya nació Enriquito. El tránsito está infernal y Manuel siente que el Citroen es una carreta. Está en la incubadora, dice el cuñado. Manuel se pregunta y se contesta y fuma todo el trayecto.

 

María expresa que está preocupada porque nadie le dice nada. Hace cuatro días que el nene está en observación y hay que hacerle varios estudios. La muchacha está muy asustada porque siente que algo está muy mal. Manuel camina por los pasillos fumando y frenando a cada enfermera que se aproxima. Llega el momento del parte médico. El doctor que recibió a su hijo habla con el muchacho en un consultorio vacío. Luego de una larga conversación, Manuel queda en shock.

Se dirige hacia la puerta principal de la clínica y se aleja. Camina (siempre camina). Esta vez sin rumbo, en otro día lluvioso. Las calles están desiertas. El domingo lo inunda con su tristeza e incertidumbre. Entra en una panadería y le conversa al panadero con verborragia y se va sin pagar. Luego entra en un bar donde pide un vaso de vino a pesar de ser temprano en la mañana.

Su hijo tiene un problema cerebral, resuenan las palabras del médico mientras observa un charco de la vereda a través del vidrio. Seguiremos haciéndole estudios, pero es muy probable que nunca pueda caminar. En ese momento a Manuel le dispara un recuerdo de su infancia: un vecino, en su Córdoba natal, se la pasaba sentado en el umbral de la casa, babeando y mirando hacia el cielo. Los retrasados eran mala palabra en su casa. Sus padres eran españoles, analfabetos, provenían de la España de la Guerra civil. En su familia no había lugar para los débiles. ¿Mi hijo será un monstruo?, pensó. Manuel hace una llamada desde el teléfono público más cercano: ¿se acuerda, jefe, ese cliente en Chile? ¿cuándo era la fecha?

Manuel se encuentra con su mujer y su hijo recién el lunes por la mañana. Ya les dieron el alta. Su cuñada carga al bebé y su cuñado, las pertenencias. Una vez en la casa, le avisa a María que en una semana se va para Chile. Observa de lejos a Enriquito, perdido en oscuros pensamientos. Le pide a su esposa que le prepare la ropa para el viaje. Murmura sobre lo mal que están planchadas las camisas. María tiene turno con el neurólogo y más tarde debe hacerle más estudios al bebé. Desayunan en silencio Ella está escribiendo en la agenda algunos teléfonos de profesionales que le recomendaron mientras Manuel lee el diario

 

Manuel toma el avión directo a Valparaíso. Se ha comprado zapatos nuevos y un ambo color marrón con una camisa amarillo patito y el cinturón sigue abrochado en el anteúltimo agujero. La empresa pagó un hotel más moderno.

Después de una semana de haber recaudado buen dinero por su trabajo, Manuel sale a bailar la noche del viernes y termina borracho, en un bar, hablando con una chica. No repara en gastos.

Al otro día entra al Casino… y lo pierde todo. Alcoholizado, sale sin rumbo hacia la avenida y camina (siempre camina), hasta que llega al puente ferroviario Las Cucharas y sube por entre los fierros oxidados.

María su madre y su padre la guerra civil española San Juan Comodoro las banderas la cuna la pintura de la habitación el dinero el colectivo destartalado su cuñada la altura del puente Enriquito… el tren.

 

 Alejandra Busconi

29/3/2026



[1] Radio portátil de los años sesenta

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