La calle principal de Tilcara se va poblando de a poco.
Se oye a lo lejos una bella melodía que se asoma, simbiótica, con
el amanecer. Se funden los siete colores con el cielo de la mañana. Hoy la
música suena más apesadumbrada. Niños de todas las edades van delante de la procesión, entonando
los sikus. Por detrás, el carro con el pequeño féretro es arrastrado por un
grupo de hombres tristes.
El párroco camina con las manos entrelazadas y la mirada perdida.
A su izquierda, una joven mujer, abrazada por otra, avanza a paso lento. Los
vecinos se van acoplando al cortejo religioso. El maestro marcha junto a sus
alumnos, a su lado, el médico, acongojado. Familiares y amigos completan la
larga fila. Interrumpe el silencioso andar el sonido del cencerro de una
cabra. Tal vez sea una ofrenda para el pequeño espíritu que está por dejar este
plano.
Cubre a la niña una mortaja que tiene bordada una chakana(1). Han lavado su cuerpo y le
han puesto el vestido de la reciente comunión. Su cabello, de color azabache,
está adornado con flores amarillas del tipuana tipu(2). Un rosario hecho
con el palo santo(3) rodea sus manos tiesas.
Mientras tanto, la muchedumbre peregrina hacia lo alto del cerro donde la
pobrecita será enterrada.
El calor del mediodía sofoca. Deja de sonar la música. Solo se oye
el rugido de la tapa del cajón que se cierra con cuidado. Las mujeres se acercan
a la sepultura para comenzar la ceremonia de la challa(4). Con un respeto
profundo, tan profundo como la tristeza, comienzan a derramar gotitas de
alcohol en las esquinas de la fosa mientras los niños las tiran sobre el
féretro. Las niñas colman el lugar de flores artesanales: son coronas y ramos
de papel de seda, de hermosos colores estridentes, que contrastan contra el
fondo marrón y árido de la cordillera. Los vecinos se van acercando a
colocar ofrendas para el viaje del alma.
El párroco comienza la oración de sepultura mientras los hermanos
mayores de la niña van bajando el cajón a la fosa. Al finalizar, los hombres,
con sus palas, van cubriendo la tumba de tierra. Luego la gente comienza a
desconcentrarse. La mujer joven queda sola, arrodillada, llorando sin consuelo. El
maestro la espera con respeto y luego la ayuda a levantarse. Comienzan a
descender el cerro con dificultad porque la pobre no tiene fuerzas.
La abuela, de ochenta años, se encuentra en su rancho de adobe y
piedra. Allí se realizará el homenaje a la difunta. Es la encargada de
organizar los
próximos cinco días de festejos. Las mujeres de la
familia están en la cocina haciendo calapurca, un guiso preparado con
piedras ardientes. Caldo de hueso ruge en las ollas de barro y la carne seca
está desparramada sobre la mesa. Las chicas jóvenes pelan las papas y las más
chiquitas acomodan el maíz, mientras entonan una triste copla puneña. Las
botellas de vino están listas para la despedida, entretanto las muchachas
prueban el café, recién hecho, que convidarán a los comensales.
Mientras la anciana va a
buscar al monte un poco de leña para la cocina, imagina los últimos suspiros de
su nieta. Se da cuenta de que el patrón no ha venido hoy a pagarle la quincena.
No le extraña. Se aleja con su bastón hecho con una rama gruesa. Todo
transcurre con lentitud bajo el sol abrasador. La mujer camina unos cuantos metros y ve a un hombre tirado, apoyado
en la pared de un rancho abandonado. Tiene una botella de vino en la mano.
Está borracho. La anciana se esconde conteniendo la respiración. Alguien se acerca en silencio por detrás y le toca el hombro. Es
su sobrina nieta, de unos diecisiete años. Es bajita, pero de aspecto fornido.
La chica mira a la anciana y le pide el bastón sin expresar palabra alguna. Se
echa a caminar hacia el hombre. Lo tantea con el pie y el sujeto no se inmuta.
Aprieta el palo con las dos manos y comienza a golpearlo con todas sus fuerzas.
El individuo tiene el reflejo de agarrarse la cabeza ensangrentada. La chica
levanta una piedra y le da un golpe mortal. La anciana se acerca y observa al
hombre, inmóvil: es su patrón. Los muchachos ya se encargarán de él, le
dice la mujer. Ambas se agarran de la mano y regresan.
Es la tarde. La anciana va en busca de las vacas porque se avecina
una tormenta. Comienzan a caer rayos con violencia. La mujer encierra a los
animales y regresa a la casa para recibir a los invitados. La sobrina se va directo a la orilla del río a limpiar su ropa salpicada de
sangre. Luego corre hacia la iglesia. Saluda al cura y se queda un buen rato de
rodillas. Vuelve, más aliviada, cantando
una copla:
Niño rico, niño pobre, cada
cual con su destino. Niño blanco, niño negro, Diosito partió el camino
Comienzan a acercarse los
vecinos de todas partes. Hay un carro que se desvía del camino dirigiéndose al
monte. Llevan palas y picos y un jarrón de vino fresco. La lluvia ablandará la
tierra. Las mujeres colaboran adornando el lugar. Siguen llegando más ofrendas
y más regalos. Hay niños correteando por ahí. Quenas, guitarras y cajas
chayeras comienzan la celebración. Ahora la niña está con Dios y
puede descansar en paz.
[1] Cruz andina, un símbolo sagrado milenario
común a las culturas de los Andes precolombinos
[2] Árbol de gran tamaño nativo de la región
de las Yungas en Sudamérica
[3] Se refiere a un árbol silvestre con un
aroma intensamente resinoso y cítrico, cuya madera se utiliza con fines
espirituales, medicinales y aromáticos.
[4] Ritual andino de origen quechua en
agradecimiento a la Pachamama (Madre Tierra)