viernes, 14 de agosto de 2026

Un surco en el camino

 




Azul y yo salimos hacia el jardín. Yo acarreo el cochecito ocho cuadras hacia las vías. Luego cruzamos la barrera y doblamos hacia la izquierda.

En la primera cuadra una bandera argentina nos distrae. El viento la hace flamear en la oscuridad de la mañana.

En la segunda cuadra, el señor de seguridad y su perro callejero nos saludan desde la garita.

En la tercera, el cielo hacia el lado este, se pinta de rosa y gris. Los horneros salen a buscar comida en pareja.

Cuarta cuadra. El enorme plátano de sombra nos hace detener a mirar sus hojas con forma de estrella. Nos detenemos a observar su copa y vemos el cielo abrirse en un abanico de colores: el naranja y el rosa, mezclado con el blanco de las nubes. El gris se va esfumando.

En la quinta cuadra, saludamos a la vecina que pasea a sus perras: Chapita y Morena.

Sorteamos obstáculos y el cochecito se traba y nos demora en la sexta cuadra.

La séptima cuadra nos avisa que, en la casa con el Buda gigante en el porche, viven los gatos parranderos que están volviendo de su fiesta nocturna.

En la octava, divisamos las vías y el sol amarillo nos empieza a pegar en la cara.

Llegamos al jardín de infantes. Azul se baja y entra contenta saludando a todas las maestras. Regreso a la casa.

Doblamos hacia la derecha y nos encontramos con la vereda en la que los vecinos trotan. Se respira humedad y olor a pino.

Cruzamos la barrera y los benteveos y cotorras revolotean en la esquina de la parrilla, guardando comida para sus pichones.

Doblamos a la izquierda y le sonreímos a la perrita vestida de rosa.

La nena se baja en el jardín de Infantes.

Regreso sola. Doblo a la derecha. Cruzo la barrera y camino ocho cuadras hacia la casa.

Al otro día todo vuelve a empezar.

Llega el calor. El paso es más lento. La nena sigue arriba del cochecito. Creció y es más pesada. El sol me calienta el cerebro y se me nubla la vista.

Las ruedas y las huellas de mis zapatillas van haciendo un surco en el camino. Los dedos de mis pies se están deformando.

Ocho cuadras hacia las vías; cruzar la barrera y doblar hacia la izquierda vuelve a ser el trayecto diario.

El surco del camino se profundiza. Se ha formado un pozo como de un metro. Ya no hay vereda.

Mi andar es pesado y mis manos se funden con el caño del cochecito.

Dejo a la nena en el jardín y regreso.

Pasó el tiempo y el surco se fue volviendo un pozo húmedo y frío en invierno.

Mi cabeza se fundió con el sol. Mis pies, con el barro agrietado de verano. Se fue cerrando el surco y fui quedando hundida en la tierra. Mi espíritu quedó dando vueltas entre los vecinos, los perros y las banderas; los benteveos y los horneros.

Parte de mí quedó atrapado, como un barrilete, entre las ramas del plátano de sombra.

La nena se fue.

El tiempo se detuvo.


Alejandra Busconi

24/7/2026

 

 

 

martes, 11 de agosto de 2026

Los días de Claudia



Parada allí en la cocina lavando platos. Parada allá en el lavadero planchando sábanas. Parada sobre la escalera pasando la franela sobre el aparador del comedor. Parada frente a los ventanales repasando vidrios. 
Parada junto a la mesada envolviendo comida para el freezer. Así transcurren los días de Claudia. En silencio.

Hace treinta años que viaja desde la localidad de Moreno hasta Ciudad de Buenos Aires. Sale a las cinco de la mañana para poder llegar a las siete a Recoleta. Día tras día con frío, con viento, con lluvia… Con gripe, con cólicos, con dolores de cabeza. No se queja.

Sube en Moreno. Se sienta en un vagón vacío del lado de la ventanilla para poder apreciar el paisaje de todos los días: casas humildes y baldíos sucios. Fábricas abandonadas y personas deambulando. El tren arranca colmado de gente.

Hoy toca baldear el patio y el pasillo el garaje la terraza y las escaleras de atrás ¡Ah! no me tengo que olvidar de repasar el quincho, piensa Claudia mientras una nena en sandalias y medias le pide algo para comer. La mujer saca unos caramelos que tiene guardados y se los da.

Ya en Retiro, Claudia aprieta el bolso contra su abdomen y sale hacia Avenida del Libertador. Tiene que caminar varias cuadras, sin quejarse.

Ayer no planché las camisas del patrón la señora me dijo que lo haga hoy tal vez vengan los abuelos a comer y les tenga que preparar la lasaña que hago todos los miércoles. Apura el paso.

Una vez frente a la puerta de entrada de la casona, se para a esperar. A las siete en punto toca el timbre. Una mujer en bata y pantuflas le abre, la saluda amablemente y vuelve a su dormitorio.

Escoba, trapos, secador, lavandina y el bicarbonato para la platería, susurra Claudia concentrada. Golpes de balde, ruido de canilla, tintineo de vajilla se mezclan con el sonido de los pájaros a lo lejos.

Luego de ocho horas, Claudia emprende el regreso. Camina hacia Retiro. Corre hacia el tren que en dos minutos sale. Empuja a la gente apretada a la puerta. Se ahoga, pero la horda la arrastra hacia un pequeño espacio del vagón donde hay una leve brisa que entra por la ventana. Claudia cierra los ojos y todo se oscurece. Su mente se va aquietando. Comienzan a pasar imágenes de agua deslizándose por una escalera; motas de polvo que viajan a través de un haz de luz directo a sus ojos y el sonido de las sábanas golpeando en el viento.

Le duelen las piernas. Siente el peso de los años en la espalda. Los cuerpos de los pasajeros se van despegando del suyo y, a tres estaciones de la llegada, Claudia se sienta. Es el momento más placentero del día.

Baja en Moreno. Compra carne para la cena porque hoy fue día de pago. Con ansias, introduce la llave en la puerta de su casa. Guarda los alimentos en la heladera y enciende el televisor. Claudia se sienta en su sillón preferido y apoya los pies sobre el almohadón de una silla. Tiene que descansar esas piernas color violeta. Luego saca el papelito de su bolsillo, donde la patrone le anotó una palabra: flebólogo.

La despiertan las voces de los panelistas del programa de chimentos. Se ríe de las peleas de las vedettes. Mira hacia la ventana y observa la noche que le avisa que ya vuelve su marido de trabajar. Prepara el mate y se sienta a esperar.

Más tarde, la cena transcurre silenciosa. Prepara el té y el fuentón de agua y sal para su marido, que va a mirar la tele mientras ella se acuesta.

Suena el despertador a las cuatro treinta de la madrugada. Claudia abre los ojos y se sienta en el borde de la cama: hoy toca limpiar la cocina a fondo la señora trabaja en la casa y hay que organizar la fiesta de cumpleaños del señor son unos pesitos más tengo que hacer las compras para los abuelos voy a repasar el piso del patio.

Todo vuelve a empezar.


Alejandra 10/8/2026

Un surco en el camino

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