Azul
y yo salimos hacia el jardín. Yo acarreo el cochecito ocho cuadras hacia las vías.
Luego cruzamos la barrera y doblamos hacia la izquierda.
En la primera cuadra una bandera argentina nos distrae. El viento la hace flamear en la oscuridad de la mañana.
En la segunda cuadra, el señor de seguridad y su perro callejero nos saludan desde la garita.
En la tercera, el cielo hacia el lado este, se pinta de rosa y gris. Los horneros salen a buscar comida en pareja.
Cuarta cuadra. El enorme plátano de sombra nos hace detener a mirar sus hojas con forma de estrella. Nos detenemos a observar su copa y vemos el cielo abrirse en un abanico de colores: el naranja y el rosa, mezclado con el blanco de las nubes. El gris se va esfumando.
En la quinta cuadra, saludamos a la vecina que pasea a sus perras: Chapita y Morena.
Sorteamos obstáculos y el cochecito se traba y nos demora en la sexta cuadra.
La séptima cuadra nos avisa que, en la casa con el Buda gigante en el porche, viven los gatos parranderos que están volviendo de su fiesta nocturna.
En la octava, divisamos las vías y el sol amarillo nos empieza a pegar en la cara.
Llegamos al jardín de infantes. Azul se baja y entra contenta saludando a todas las maestras. Regreso a la casa.
Doblamos hacia la derecha y nos encontramos con la vereda en la que los vecinos trotan. Se respira humedad y olor a pino.
Cruzamos la barrera y los benteveos y cotorras revolotean en la esquina de la parrilla, guardando comida para sus pichones.
Doblamos a la izquierda y le sonreímos a la perrita vestida de rosa.
La nena se baja en el jardín de Infantes.
Regreso sola. Doblo a la derecha. Cruzo la barrera y camino ocho cuadras hacia la casa.
Al otro día todo vuelve a empezar.
Llega el calor. El paso es más lento. La nena sigue arriba del cochecito. Creció y es más pesada. El sol me calienta el cerebro y se me nubla la vista.
Las ruedas y las huellas de mis zapatillas van haciendo un surco en el camino. Los dedos de mis pies se están deformando.
Ocho cuadras hacia las vías; cruzar la barrera y doblar hacia la izquierda vuelve a ser el trayecto diario.
El surco del camino se profundiza. Se ha formado un pozo como de un metro. Ya no hay vereda.
Mi andar es pesado y mis manos se funden con el caño del cochecito.
Dejo a la nena en el jardín y regreso.
Pasó el tiempo y el surco se fue volviendo un pozo húmedo y frío en invierno.
Mi cabeza se fundió con el sol. Mis pies, con el barro agrietado de verano. Se fue cerrando el surco y fui quedando hundida en la tierra. Mi espíritu quedó dando vueltas entre los vecinos, los perros y las banderas; los benteveos y los horneros.
Parte de mí quedó atrapado, como un barrilete, entre las ramas del plátano de sombra.
La nena se fue.
El tiempo se detuvo.
Alejandra Busconi
24/7/2026

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