lunes, 11 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani II

 


Aguas frescas de la mañana

Viví veinticinco años con mi hermano Dani y los momentos más hermosos que tuvimos fueron nuestros juegos en la niñez y la adolescencia. Nunca íbamos de vacaciones. Éramos socios del club del Ferrocarril Mitre, en la localidad de General San Martín e íbamos todos los días a la pileta durante el verano. Ese lugar era bellísimo y tenía una cancha de golf muy amplia cubierta de árboles.

A los cinco años, mi mamá me inscribió para tomar clases de natación junto con mis primas y aprendimos a nadar muy bien. A Dani no lo anotó. Creo que mamá no le tenía confianza porque era inquieto y revoltoso y supongo que pensó que no iba a poder sostener su atención. Recuerdo que, mientras estábamos en la clase de natación, mi hermano miraba desde lejos y practicaba todo lo que el profesor nos indicaba. Aprendió solo y, lo hizo tan bien, que a sus dieciséis años ganó el primer puesto para ir a las Olimpíadas Especiales, en el año 1979.

En el club no había edad. El tiempo se detenía en aquellos veranos de sol y cielo limpio. Las instalaciones del club eran todas para nosotros porque no había mucha gente. Era un lugar calmo y apacible. Dani y yo teníamos un ritual que comenzaba en lo profundo de aquella pileta cristalina: él me perseguía primero y nos tirábamos y nadábamos debajo del agua hasta la otra orilla. Luego corríamos dentro de la pileta sin nadar por la parte más baja hacia la escalera. De ahí subíamos al trampolín bajo, luego al alto, y la vuelta comenzaba una y otra vez. Después lo perseguía yo y Dani era El hombre nuclear, se enojaba un poco cuando lo alcanzaba, pero en cámara lenta me derribaba, seguramente yo lo dejaba ganar. Seguidamente éramos gimnastas en el agua: la vuelta carnero para atrás y para adelante, nos tirábamos de cabeza, parados, bomba, hacíamos un puente con las piernas hacia arriba, tiburones, piratas, equilibristas, una y otra vez. La parte más tranquila era cuando jugábamos a tirar una piedrita y la íbamos a buscar al fondo. No existía nada ni nadie alrededor. Pasábamos horas disfrutando la transparencia del agua que se mezclaba con los rayos del sol y el aire fresco de las mañanas. Eso sí, teníamos que volver puntuales al mediodía para ver nuestras series favoritas.

Me enseñaron que Dani no era un enfermo, que había tenido un problema al nacer y que todo lo iba a aprender como un nene normal pero un poco más tarde. Crecí con este hermano mayor con el que compartía programas de televisión, algunas canciones de Palito Ortega, vueltas en bicicleta e historias de superhéroes.

 

Alejandra Busconi

24/10/2020

2 comentarios:

Encuentro en las sierras

  Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están...