Aguas frescas de la mañana
Viví veinticinco años con mi hermano Dani y los momentos más hermosos que tuvimos fueron nuestros juegos en la niñez y la adolescencia. Nunca íbamos de vacaciones. Éramos socios del club del Ferrocarril Mitre, en la localidad de General San Martín e íbamos todos los días a la pileta durante el verano. Ese lugar era bellísimo y tenía una cancha de golf muy amplia cubierta de árboles.
A los cinco años, mi mamá me inscribió para tomar clases de natación junto
con mis primas y aprendimos a nadar muy bien. A Dani no lo anotó. Creo que mamá
no le tenía confianza porque era inquieto y revoltoso y supongo que pensó que
no iba a poder sostener su atención. Recuerdo que, mientras estábamos en la
clase de natación, mi hermano miraba desde lejos y practicaba todo lo que el
profesor nos indicaba. Aprendió solo y, lo hizo tan bien, que a sus dieciséis
años ganó el primer puesto para ir a las Olimpíadas Especiales, en el año 1979.
En el club no había edad. El tiempo se detenía en aquellos veranos de sol y
cielo limpio. Las instalaciones del club eran todas para nosotros porque no
había mucha gente. Era un lugar calmo y apacible. Dani y yo teníamos un ritual
que comenzaba en lo profundo de aquella pileta cristalina: él me perseguía
primero y nos tirábamos y nadábamos debajo del agua hasta la otra orilla. Luego
corríamos dentro de la pileta sin nadar por la parte más baja hacia la
escalera. De ahí subíamos al trampolín bajo, luego al alto, y la vuelta comenzaba
una y otra vez. Después lo perseguía yo y Dani era El hombre nuclear, se enojaba un poco cuando lo alcanzaba, pero en
cámara lenta me derribaba, seguramente yo lo dejaba ganar. Seguidamente éramos
gimnastas en el agua: la vuelta carnero para atrás y para adelante, nos
tirábamos de cabeza, parados, bomba, hacíamos un puente con las piernas hacia
arriba, tiburones, piratas, equilibristas, una y otra vez. La parte más
tranquila era cuando jugábamos a tirar una piedrita y la íbamos a buscar al
fondo. No existía nada ni nadie alrededor. Pasábamos horas disfrutando la
transparencia del agua que se mezclaba con los rayos del sol y el aire fresco
de las mañanas. Eso sí, teníamos que volver puntuales al mediodía para ver
nuestras series favoritas.
Me enseñaron que Dani no era un enfermo, que había tenido un problema al
nacer y que todo lo iba a aprender como un nene normal pero un poco más tarde.
Crecí con este hermano mayor con el que compartía programas de televisión,
algunas canciones de Palito Ortega, vueltas en bicicleta e historias de
superhéroes.
Alejandra Busconi
24/10/2020
Hermoso🥰
ResponderBorrarGracias!
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