Sorpresas del destino
Tendríamos quince años cuando nos hicimos muy amigos y con algunas chicas y
chicos íbamos a todos lados juntos, incluso ellos arreglaban para venir a mi
casa, cosa que me hacía sentir halagada y querida porque ellos eran los populares de la clase. Pero había algo
que me impedía disfrutar de esas visitas: mi hermano. A veces decía que no
vinieran, otras veces me encontraba con ellos en la esquina o simplemente,
algún que otro domingo, los recibía en el parque inventando que mi familia
dormía la siesta. En realidad, me daba vergüenza mostrar a Dani. Siempre oculté
y separé a mi hermano de mis compañeros de colegio. Nunca hablé de él y nadie
me preguntaba. Inocentemente pensaba que nadie sabía de su existencia.
Era una tortura preparar salidas y reuniones. Recuerdo que siempre le daba
vueltas y vueltas a la situación y me las arreglaba para que mi hermano nunca
se cruzara con mis amigos. Mi culpa era enorme. Me sentía una porquería porque
él era el ser más amable y amigable del mundo y le encantaba que viniera gente
a casa. No festejé los quince por vergüenza. Cuando llegaron mis dieciocho hice
dos fiestas: una para la gente que lo conocía y otra para mis amigos del
colegio. Recuerdo que le supliqué a mis padres que no estuvieran esa noche y
que Dani se fuera a dormir de mi abuela. Con el tiempo, no muy lejano de la
secundaria, se me fue pasando y superé ese tormento. Me perdoné por lo que
había sentido.
A mi amigo Diego no lo vi más. Unos años más tarde me enteré de que había
tenido un hijo con Síndrome de Down. A aquel chiquito, que se burlaba de los
defectos ajenos, el destino le traje un hijo diferente.
Alejandra Busconi
16/10/2020
Te quiero amiga🥺❤️🩹
ResponderBorrarY yo a vos...
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