miércoles, 30 de abril de 2025

En la tierra de Ventania de Diana Durán

 


EN LA TIERRA DE VENTANIA

 

Muchas veces me pregunto en qué lejana comarca se oculta el refugio donde encontrar al futuro amado. En qué puñado de historia descubrir un nuevo tiempo para querer. En qué desembocadura tierna recorrer una vida de presencias, de obstinados aciertos.

Reconozco que nuestros destinos estuvieron demasiado tiempo ausentes, tal vez vivieron muchos momentos de soledad y, con ellos, múltiples distancias.

¿Hacia dónde nos llevan?

Una mañana primaveral, después de muchas idas y vueltas, se concretó nuestra cita en tierras de Ventania. Allí recorrimos itinerarios tempranos; la curiosidad nos inspiraba a avistar los festivos revoloteos de pájaros de la comarca. El vergel serrano encerraba un bullicio orquestal de suaves plumajes, rojos de llamas, amarillos de luz y marrones veteados. Picos corvos, rectos, finos que se afanaban en buscar su alimento.

El asombro compartido de ver al chimango reclamar el solar de la tijereta. Macho y hembra carpinteros cavar el tronco horizontal. La paloma montesa empollar paciente su cría. El mixto, trino agudo, en espera. El benteveo y el hornero pasear. Multiplicidad alada, la nueva vida nuestra.

Los aromos y los sauces balancean sus copas. Los arroyos divagan bordeando la villa.

En ese solar único nosotros conquistamos el encuentro, una nueva coincidencia, madura, ¿quizá tardía?

Entre charlas de hijos y deberes; de cine y libros; de amores y desamores; del dolor de los años y los quebrantos.

Así fue la historia, así continúa después de una veintena de años. Ahora más lenta, más pausada, morosa y paciente.

 

 

 

domingo, 13 de abril de 2025

Las calles inundadas de Villa Raffo





Entre los años 1991 y 1998 fui ama de casa. Me dedicaba a mis hijos las veinticuatro horas. Los llevaba a la escuela todas las mañanas y a sus actividades extras. Fui miembro de la cooperadora, atendía el kiosco de la escuela y colaboraba con los actos del Jardín de Infantes. Siguiendo lo que mis padres me habían enseñado, era feliz.

La lluvia, en la paz de mi hogar, era hermosa. Tengo el recuerdo de los chicos jugando cada uno en su habitación y yo haciéndoles meriendas especiales. No sabía nada de repostería, les servía galletitas dulces y chocolatada que solo les daba con el mal tiempo.

Las calles que rodeaban mi barrio se inundaban y el agua nos llegaba hasta las rodillas. Durante treinta años hubo un problema con los desagües. El intendente que se perpetró en el poder nunca lo resolvió. Era muy difícil sacar los autos y, si íbamos caminando con las botas de lluvia, nos empapábamos igual. Entonces no llevaba a mis hijos a la escuela. Yo me quedaba acostada y Dalila y Abel se pasaban a mi cama y dormíamos acurrucados los tres.

El barrio de Villa Raffo era muy arbolado en esa época. Mi vecino de al lado tenía muchas plantas porque le gustaba la jardinería. Llovía, entonces me quedaba un buen rato mirando el cielo y el verde. Cuando paraba de llover, los pájaros se acercaban a mi ventana. Iban a beber y buscar lombrices a aquel jardín. Escuchaba los sonidos de la naturaleza y se veían los jacarandas más coloridos y los tilos reverdecidos. En esa época podíamos comer verduras orgánicas y estaba más atenta a la limpieza y la ecología. En ese departamento me sentía segura. Cada vez que había fuertes tormentas, agradecía por tener un hogar y techo propio.

 

Alejandra Busconi

11/4/2025

Tormenta sobre el mar


 


Se viene la tormenta, le dijo mamá a la tía Irene. Nubarrones grises con anaranjados y rosas se entremezclaban. A mis once años, observé por primera vez la inmensidad de la naturaleza.

Estábamos de vacaciones en Santa Clara del Mar. Empezamos a juntar las cosas de a poco porque se venía la lluvia. Papá y Dani estaban jugando a la paleta. ¡Vamos! ¡va a llover!, les gritó mamá.

Noooo, dijo sonriendo papá desde lejos, ¡es solo una nubecita! La tía lo quiso convencer, pero no hubo caso. Emprendimos el regreso a la casa que habíamos alquilado, ubicada a tres cuadras de la playa.

Mamá se sentó a tomar unos mates con la tía Irene y el tío Oscar. Prepararon la merienda para mi prima Paula, que tenía cinco años, y para mí. Pasaron unos cuantos minutos hasta que empezó a caer la lluvia. Papá y Dani no venían. Mamá y yo estábamos preocupadas y repetíamos la frase ¡qué cabeza dura! De pronto los vemos aparecer a los dos, empapados y con esas sonrisas compradoras, que los caracterizaba: ¿Así que era solo una nubecita?, le preguntó mi tía a papá. Todos nos pusimos a reír a carcajadas.

Me gustaba la lluvia en las vacaciones porque jugábamos a las cartas y al ludo matic. También nos íbamos a pasear a Mar del Plata: mirábamos vidrieras, me compraban helado y nos llevaban a los juegos.

 

 

 

Alejandra Busconi

5/4/2025

martes, 1 de abril de 2025

Una película muy triste

 


Corría el año 1982, más precisamente, el mes de abril. Yo estaba por cumplir diecisiete años. Había ocurrido en el país una de las peores tragedias de la historia argentina: el general Galtieri, le declaraba la guerra al Reino Unido por las Islas Malvinas.

Ese tema me pegó fuerte. Yo era una adolescente que profesaba el amor y la paz de Gandhi y John Lennon y no podía creer semejante aberración. Mis padres y yo siempre pensábamos que, si Dani hubiese sido un muchacho apto para el servicio militar, lo habrían reclutado. Recuerdo que durante los primeros días no podíamos dormir. Nos levantábamos muy temprano: mamá se sentaba frente a papá a tomar mate y ambos escuchaban en silencio una radio de Uruguay donde no había censura. Yo me levantaba angustiada y llorábamos los tres.

Vivíamos frente al Liceo Militar de General San Martín. Veíamos salir camiones y camiones llenos de “chicos”, soldados, de no más de dieciocho años, hacia Comodoro Rivadavia. Un ex alumno de mi colegio había sobrevivido al hundimiento del General Belgrano. Fue muy impresionante porque lo hicieron caminar enyesado frente a todo el alumnado y lo tuvimos que aplaudir. Me pareció patético. Yo me largué a llorar. Sentía vergüenza ajena. Siempre fue un tema muy doloroso del que no se habló más.

En el año 2005, mi hija había terminado el CBC en la facultad de Sociales y estaba comprometida con el país. Buscaba su destino ideológico. Nos encantaba ir a ver películas históricas. Por esa época, se estrenó la película “Iluminados por el fuego”, realizada por un ex combatiente de Malvinas. El final nos pareció tan pero tan triste, que Dalila y yo nos pusimos a llorar amargamente. Nos quedamos sentadas en las butacas, abrazadas sin consuelo, hasta que cerraron las cortinas de la pantalla. No podíamos reaccionar. Luego fuimos a un barcito y seguimos llorando. Emprendimos la vuelta y viajamos en silencio con los ojos hinchados. Una vez en casa quisimos comentar la película, pero no pudimos. Volvimos a llorar.


Alejandra Busconi

28/3/2025

Encuentro en las sierras

  Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están...