El altillo era un lugar fascinante y
misterioso: tenía el techo en declive, todo en madera y un gran ventanal donde
se asomaba el cerezo. Debajo de ese ventanal había un sillón con almohadones
tejidos a crochet, por la propia Luba. Se acumulaban libros, adornos, juguetes
de sus hijos y nietos y un arcón de cuero muy antiguo.
Secándose las lágrimas, Nina se dirigió
hacia el arcón donde suponía que se encontraban las fotos de la abuela. Comenzó a revolver con cuidado y vio el álbum
del casamiento de sus abuelos. Luba le había contado que se habían conocido en
Italia. Se habían casado muy jóvenes, en una ceremonia sencilla. Ella tenía
dieciséis y Giuseppe, veinte. Al poco tiempo, decidieron probar suerte en
Argentina.
Volvió hacia
el altillo y muy en el fondo, encontró unas cajas forradas al crochet. En una
de ellas, había muchas cartas que procedían de Italia y estaban acomodadas por
orden cronológico. Nina entendía perfectamente el idioma y comenzó a leer:
Trieste, Italia, 25 de septiembre de1976
Doña Luba:
Me tomé el atrevimiento de
escribirle estas líneas después de haber investigado sobre su paradero. Mi
nombre es Camilla Antonia Ferluga. Nací en Trieste y me he quedado aquí toda la
vida. Pronto cumpliré treinta años. Soy periodista. Estoy casada y tengo dos
niños: Antonella y Francesco. Mi esposo forma parte de la “Giunta comunale” de
Trieste. Mi madre era enfermera de la post guerra y mi padre, médico partisano.
Me han cuidado y han sido muy amorosos conmigo. Todavía la recuerdan. Creemos
que usted es mi madre biológica.
Como periodista, he
realizado las averiguaciones pertinentes y pude contactar a funcionarios de la
región de Liguria, más precisamente en Génova, para poder acceder a los datos
de los migrantes de la post-guerra. He viajado hace unos meses a esa ciudad y
logré dar con su domicilio actual. Así pude localizarla.
Espero no incomodarla y
que se encuentre bien. Con cariño
Camilla
Nina quedó
perpleja. Ya se acercaba la noche. Se sirvió una copa de vino y pidió comida.
Volvió a buscar, entre los vinilos apilados, la música de su abuelo. Era el
turno de Madama Buterfly de
Giacomo Puccini,
…Un bello día veremos
levantarse un hilo de humo, en el extremo confín del mar…[1]
Doña Luba:
Muchas gracias por su
respuesta. Por supuesto que tenemos mucho de qué hablar. Como cuenta en su
carta, yo sabía que usted fue capturada por miembros de la Camicie Nere[2].
Era muy chica cuando la trasladaron a Trieste. Sé que, dos años más tarde, conoció
a mis padres. La guerra ya había terminado. Mi padre la asistió en mi
nacimiento y usted quedó muy débil. Luego decidió dejarme al cuidado de ellos.
Es mi deseo conocerla. Quiero saberlo todo,
querida Luba. Espero que algún día podamos concretar un encuentro.
Con cariño.
Camilla
Solo había un par de cartas por año. Sobre todo, en algunas
fechas importantes. No decían mucho más que relatos de los hijos de Camilla y saludos
de Navidad o Pascuas. Nina supuso que habrían seguido el contacto por teléfono.
Al día siguiente, con un gran tazón de café con leche en la mano, Nina tomó su celular con obsesión y empezó a buscar a la tía Camilla en redes sociales, pero no encontró nada. Las cartas eran cada vez más espaciadas. No tenía mucha más información. Pero a la mujer se le ocurrió algo: abrir la cuenta de Email que ella misma le había creado a su abuela. Buscó la contraseña en la agenda, cerca del teléfono de línea, y logró entrar a los correos.
Año 2000: Querida
Luba: aquí te mando fotos de tus nietos… Querida Camilla: no sé cómo enviar
fotos desde la computadora, espero te hayan llegado las de papel fotográfico… ¡Feliz
inicio de milenio!
Había guardado todos los Emails. Por fin Nina pudo leer las
respuestas de su abuela.
El domingo corría apacible. La nieve había cesado y el sol ya se
iba asomando entre las montañas de Bariloche. Nina, masajeándose el cuello,
leyó en detalle cada intercambio de mensajes. Entonces encontró uno muy
importante:
Bariloche, 11 de
agosto de 2002
Querida Camilla:
Espero que la familia se encuentre bien. Aquí se acaba de ir mi
nieta Nina. Como ya sabes, es mi nieta mayor y es la que está atenta a mis
deseos, todo el tiempo. Quería contarte que Nina y su padre me regalaron un
viaje a Italia y, entre las ciudades que voy a recorrer, se encuentra Trieste. ¡Estoy
muy emocionada! Viajo para fin de año, junto con Giuseppe. ¡Por fin nos vamos a
conocer! Y haremos eso del ADN.
Quiero dejarte aquí mi versión de la historia, así cuando nos
veamos, profundizo en los detalles. Como sabrás, fui una de las niñas
sobrevivientes del Holocausto. Quedamos en unos galpones alemanes en la región
de Lviv. Yo era la encargada de cuidar a los niños más pequeños. Cuando terminó
la guerra, nos abandonaron en la iglesia de los jesuitas, de San
Pedro y San Pablo. Pero como temían por los dos bandos -el ejército rojo y los
nazis-, la congregación escapó rumbo a Eslovenia. Luego de un viaje de varias
semanas, nos cobijaron unas monjas eslovenas. Allí conocí a tu padre biológico,
un soldado desertor de los fascistas italianos. Nos enamoramos. Llegamos como
pudimos a Trieste, de donde él era oriundo. Fuimos ayudados por la iglesia. Tu
papá se llamaba Camillo Domenico Trevisan. Él falleció de una grave enfermedad
y yo no podía cuidarte. Estaba sola en el mundo. Mi madre había muerto muy
joven y mi padre y mis hermanos fueron capturados en la guerra. Fue muy
doloroso para mí separarme de vos. Lo hice con la intención de volver a verte,
pero la vida me llevó hacia otros horizontes. Cada cumpleaños tuyo enciendo una
vela y le rezo a la Virgen de la medalla milagrosa para pedirle estar junto a ti.
Luego de dejarte
con la pareja que te crió, estuve dos años en Génova y allí conocí a mi
Giuseppe. Tardamos cuatro años en poder partir hacia Argentina. No teníamos los
recursos ni los medios para ir a buscarte y yo perdí todo rastro tuyo.
Estoy ansiosa
por verte. Con cariño, Luba
Nina cerró lentamente la computadora. Se
quedó en silencio largo rato, como si algo dentro suyo acabara de acomodarse.
No había más correos, ni más cartas. Pero ahora sabía por qué su abuela se había
desviado hacia Trieste, en aquel viaje del año 2002. Niña volvió a mirar por la
ventana del altillo. El cerezo, ahora cubierto de escarcha, parecía inclinarse
levemente hacia el ventanal, como queriendo escuchar los pensamientos que
revoloteaban en la cabeza de Nina. Bajó las escaleras con las cartas bien
sujetas entre sus manos. Preparó una nueva taza de café y, mientras el agua
hervía, sus dedos se deslizaron en el teclado y comenzó a escribir:
Bariloche 15 de julio
de 2022
Querida Camilla:
Soy Nina, una de
las nietas de Luba. Tengo cuarenta y seis años y me acabo de enterar de su
existencia. Encontré todas tus cartas y los Emails. La abuela acaba de fallecer
y se llevó el secreto a la tumba. Espero con ansias una respuesta suya. Atentamente,
Nina
La casa de los cerezos, que había sido habitada por sesenta
años, fue el lugar del encuentro, en la primavera argentina. La mesa se volvió
a llenar de ruido y el parque, de risas y correteos de niños. En el corazón del
hogar, en aquel altillo repleto de recuerdos, había dos mujeres unidas por la
sangre, por las historias y por Luba. Habían heredado algo más que recuerdos: aquella ucraniana silenciosa y fuerte, les había dejado
la misión más hermosa: continuar con su historia.
Alejandra Busconi
15/03/2025

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