martes, 31 de marzo de 2026

Las cartas de Luba

Era hora de limpiar el altillo de la casa de la abuela Luba. Allí se encontraba la historia familiar, los tesoros que la anciana había guardado con un orden minucioso a los que muy pocas personas podían acceder. Entre ellas se encontraba Nina, la nieta mayor, quien había acompañado a la abuela en los últimos momentos de su vida.

El altillo era un lugar fascinante y misterioso: tenía el techo en declive, todo en madera y un gran ventanal donde se asomaba el cerezo. Debajo de ese ventanal había un sillón con almohadones tejidos a crochet, por la propia Luba. Se acumulaban libros, adornos, juguetes de sus hijos y nietos y un arcón de cuero muy antiguo.

 Era un bello sábado de invierno. Nina se sentó un largo rato para ver la nieve caer por entre las ramas desnudas del cerezo. Se acercó al tocadiscos, que se encontraba junto al sillón, eligió un disco y comenzó a sonar Aída. Su abuelo Giuseppe había sido un gran admirador de la ópera italiana.

Secándose las lágrimas, Nina se dirigió hacia el arcón donde suponía que se encontraban las fotos de la abuela. Comenzó a revolver con cuidado y vio el álbum del casamiento de sus abuelos. Luba le había contado que se habían conocido en Italia. Se habían casado muy jóvenes, en una ceremonia sencilla. Ella tenía dieciséis y Giuseppe, veinte. Al poco tiempo, decidieron probar suerte en Argentina.

 La anciana no hablaba mucho de su infancia y el horror que había sufrido en la segunda guerra. Lo único que Nina recordaba era que Luba había nacido en Ucrania. Siguió hurgando en aquel gran baúl, mientras el viento y el frío azotaban los árboles. Nina bajó a hacerse un té.

Volvió hacia el altillo y muy en el fondo, encontró unas cajas forradas al crochet. En una de ellas, había muchas cartas que procedían de Italia y estaban acomodadas por orden cronológico. Nina entendía perfectamente el idioma y comenzó a leer:

                                                Trieste, Italia, 25 de septiembre de1976

 

Doña Luba:

Me tomé el atrevimiento de escribirle estas líneas después de haber investigado sobre su paradero. Mi nombre es Camilla Antonia Ferluga. Nací en Trieste y me he quedado aquí toda la vida. Pronto cumpliré treinta años. Soy periodista. Estoy casada y tengo dos niños: Antonella y Francesco. Mi esposo forma parte de la “Giunta comunale” de Trieste. Mi madre era enfermera de la post guerra y mi padre, médico partisano. Me han cuidado y han sido muy amorosos conmigo. Todavía la recuerdan. Creemos que usted es mi madre biológica.

Como periodista, he realizado las averiguaciones pertinentes y pude contactar a funcionarios de la región de Liguria, más precisamente en Génova, para poder acceder a los datos de los migrantes de la post-guerra. He viajado hace unos meses a esa ciudad y logré dar con su domicilio actual. Así pude localizarla.

Espero no incomodarla y que se encuentre bien. Con cariño

 

Camilla

 

 

Nina quedó perpleja. Ya se acercaba la noche. Se sirvió una copa de vino y pidió comida. Volvió a buscar, entre los vinilos apilados, la música de su abuelo. Era el turno de Madama Buterfly de Giacomo Puccini,

…Un bello día veremos levantarse un hilo de humo, en el extremo confín del mar…[1]

 

 Trieste, Italia, 20 de diciembre de1976

 

Doña Luba:

Muchas gracias por su respuesta. Por supuesto que tenemos mucho de qué hablar. Como cuenta en su carta, yo sabía que usted fue capturada por miembros de la Camicie Nere[2]. Era muy chica cuando la trasladaron a Trieste. Sé que, dos años más tarde, conoció a mis padres. La guerra ya había terminado. Mi padre la asistió en mi nacimiento y usted quedó muy débil. Luego decidió dejarme al cuidado de ellos.

 Es mi deseo conocerla. Quiero saberlo todo, querida Luba. Espero que algún día podamos concretar un encuentro.

Con cariño. 

 

Camilla

 

Solo había un par de cartas por año. Sobre todo, en algunas fechas importantes. No decían mucho más que relatos de los hijos de Camilla y saludos de Navidad o Pascuas. Nina supuso que habrían seguido el contacto por teléfono.

Al día siguiente, con un gran tazón de café con leche en la mano, Nina tomó su celular con obsesión y empezó a buscar a la tía Camilla en redes sociales, pero no encontró nada. Las cartas eran cada vez más espaciadas. No tenía mucha más información. Pero a la mujer se le ocurrió algo: abrir la cuenta de Email que ella misma le había creado a su abuela. Buscó la contraseña en la agenda, cerca del teléfono de línea, y logró entrar a los correos.  

Año 2000: Querida Luba: aquí te mando fotos de tus nietos… Querida Camilla: no sé cómo enviar fotos desde la computadora, espero te hayan llegado las de papel fotográfico… ¡Feliz inicio de milenio!

Había guardado todos los Emails. Por fin Nina pudo leer las respuestas de su abuela.

El domingo corría apacible. La nieve había cesado y el sol ya se iba asomando entre las montañas de Bariloche. Nina, masajeándose el cuello, leyó en detalle cada intercambio de mensajes. Entonces encontró uno muy importante:

 

Bariloche, 11 de agosto de 2002

 

Querida Camilla:

Espero que la familia se encuentre bien. Aquí se acaba de ir mi nieta Nina. Como ya sabes, es mi nieta mayor y es la que está atenta a mis deseos, todo el tiempo. Quería contarte que Nina y su padre me regalaron un viaje a Italia y, entre las ciudades que voy a recorrer, se encuentra Trieste. ¡Estoy muy emocionada! Viajo para fin de año, junto con Giuseppe. ¡Por fin nos vamos a conocer! Y haremos eso del ADN.

Quiero dejarte aquí mi versión de la historia, así cuando nos veamos, profundizo en los detalles. Como sabrás, fui una de las niñas sobrevivientes del Holocausto. Quedamos en unos galpones alemanes en la región de Lviv. Yo era la encargada de cuidar a los niños más pequeños. Cuando terminó la guerra, nos abandonaron en la iglesia de los jesuitas, de San Pedro y San Pablo. Pero como temían por los dos bandos -el ejército rojo y los nazis-, la congregación escapó rumbo a Eslovenia. Luego de un viaje de varias semanas, nos cobijaron unas monjas eslovenas. Allí conocí a tu padre biológico, un soldado desertor de los fascistas italianos. Nos enamoramos. Llegamos como pudimos a Trieste, de donde él era oriundo. Fuimos ayudados por la iglesia. Tu papá se llamaba Camillo Domenico Trevisan. Él falleció de una grave enfermedad y yo no podía cuidarte. Estaba sola en el mundo. Mi madre había muerto muy joven y mi padre y mis hermanos fueron capturados en la guerra. Fue muy doloroso para mí separarme de vos. Lo hice con la intención de volver a verte, pero la vida me llevó hacia otros horizontes. Cada cumpleaños tuyo enciendo una vela y le rezo a la Virgen de la medalla milagrosa para pedirle estar junto a ti.

Luego de dejarte con la pareja que te crió, estuve dos años en Génova y allí conocí a mi Giuseppe. Tardamos cuatro años en poder partir hacia Argentina. No teníamos los recursos ni los medios para ir a buscarte y yo perdí todo rastro tuyo.

Estoy ansiosa por verte. Con cariño, Luba

 

Nina cerró lentamente la computadora. Se quedó en silencio largo rato, como si algo dentro suyo acabara de acomodarse. No había más correos, ni más cartas. Pero ahora sabía por qué su abuela se había desviado hacia Trieste, en aquel viaje del año 2002. Niña volvió a mirar por la ventana del altillo. El cerezo, ahora cubierto de escarcha, parecía inclinarse levemente hacia el ventanal, como queriendo escuchar los pensamientos que revoloteaban en la cabeza de Nina. Bajó las escaleras con las cartas bien sujetas entre sus manos. Preparó una nueva taza de café y, mientras el agua hervía, sus dedos se deslizaron en el teclado y comenzó a escribir:

 

Bariloche 15 de julio de 2022

Querida Camilla:

Soy Nina, una de las nietas de Luba. Tengo cuarenta y seis años y me acabo de enterar de su existencia. Encontré todas tus cartas y los Emails. La abuela acaba de fallecer y se llevó el secreto a la tumba. Espero con ansias una respuesta suya. Atentamente, Nina

 

La casa de los cerezos, que había sido habitada por sesenta años, fue el lugar del encuentro, en la primavera argentina. La mesa se volvió a llenar de ruido y el parque, de risas y correteos de niños. En el corazón del hogar, en aquel altillo repleto de recuerdos, había dos mujeres unidas por la sangre, por las historias y por Luba. Habían heredado algo más que recuerdos: aquella ucraniana silenciosa y fuerte, les había dejado la misión más hermosa: continuar con su historia.

 

Alejandra Busconi

15/03/2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Aria de Cio-Cio-San, Madama Butterfly, G. Puccini

[2] Camisas negras

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