Hace treinta años que viaja desde la localidad de Moreno hasta Ciudad de Buenos Aires. Sale a las cinco de la mañana para poder llegar a las siete a Recoleta. Día tras día con frío, con viento, con lluvia… Con gripe, con cólicos, con dolores de cabeza. No se queja.
Sube en Moreno. Se sienta en un vagón vacío del lado de la ventanilla para poder apreciar el paisaje de todos los días: casas humildes y baldíos sucios. Fábricas abandonadas y personas deambulando. El tren arranca colmado de gente.
Hoy toca baldear el patio y el pasillo el garaje la
terraza y las escaleras de atrás ¡Ah! no me tengo que olvidar de repasar el
quincho, piensa
Claudia mientras una nena en sandalias y medias le pide algo para comer. La
mujer saca unos caramelos que tiene guardados y se los da.
Ya en Retiro, Claudia aprieta el bolso contra su abdomen y sale hacia Avenida del Libertador. Tiene que caminar varias cuadras, sin quejarse.
Ayer no planché las camisas del patrón la señora me
dijo que lo haga hoy tal vez vengan los abuelos a comer y les tenga que
preparar la lasaña que hago todos los miércoles. Apura el paso.
Una vez frente a la puerta de entrada de la casona, se para a esperar. A las siete en punto toca el timbre. Una mujer en bata y pantuflas le abre, la saluda amablemente y vuelve a su dormitorio.
Escoba, trapos, secador, lavandina y el bicarbonato
para la platería,
susurra Claudia concentrada. Golpes de balde, ruido de canilla, tintineo de
vajilla se mezclan con el sonido de los pájaros a lo lejos.
Luego de ocho horas, Claudia emprende el regreso. Camina hacia Retiro. Corre hacia el tren que en dos minutos sale. Empuja a la gente apretada a la puerta. Se ahoga, pero la horda la arrastra hacia un pequeño espacio del vagón donde hay una leve brisa que entra por la ventana. Claudia cierra los ojos y todo se oscurece. Su mente se va aquietando. Comienzan a pasar imágenes de agua deslizándose por una escalera; motas de polvo que viajan a través de un haz de luz directo a sus ojos y el sonido de las sábanas golpeando en el viento.
Le
duelen las piernas. Siente el peso de los años en la espalda. Los cuerpos de
los pasajeros se van despegando del suyo y, a tres estaciones de la llegada,
Claudia se sienta. Es el momento más placentero del día.
Baja en Moreno. Compra carne para la cena porque hoy fue día de pago. Con ansias, introduce la llave en la puerta de su casa. Guarda los alimentos en la heladera y enciende el televisor. Claudia se sienta en su sillón preferido y apoya los pies sobre el almohadón de una silla. Tiene que descansar esas piernas color violeta. Luego saca el papelito de su bolsillo, donde la patrone le anotó una palabra: flebólogo.
La
despiertan las voces de los panelistas del programa de chimentos. Se ríe de las
peleas de las vedettes. Mira hacia la ventana y observa la noche que le avisa
que ya vuelve su marido de trabajar. Prepara el mate y se sienta a esperar.
Más
tarde, la cena transcurre silenciosa. Prepara el té y el fuentón de agua y sal
para su marido, que va a mirar la tele mientras ella se acuesta.
Suena el despertador a las cuatro treinta de la madrugada. Claudia abre los ojos y se sienta en el borde de la cama: hoy toca limpiar la cocina a fondo la señora trabaja en la casa y hay que organizar la fiesta de cumpleaños del señor son unos pesitos más tengo que hacer las compras para los abuelos voy a repasar el piso del patio.
Todo vuelve a empezar.
Alejandra 10/8/2026

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