lunes, 14 de julio de 2025

Encuentro en las sierras


 

Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están muy ocupadas recolectando frutos. Es el momento de la mañana en que a Emilia le toca lavar la ropa en el Río Cuarto. El sol va tocando lo alto de las sierras. La novicia apoya el canasto en una roca y se sienta a la orilla del río. Se saca la túnica blanca y queda en enagua. Deja flamear su largo cabello, mientras refresca sus pies y canta:

Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi…[1]

 

Un ruido interrumpe el canto. Pájaros de diferentes colores salen aleteando asustados. Hay algo detrás del espinillo: ¿un animal, tal vez?, Emilia se pregunta cautelosa. Camina hacia la roca donde dejó su velo. Ata su pelo y exclama:

- ¡Sal! ¿quién está ahí?

A pesar de que sus hermanas le advirtieron sobre los peligros de los montes cordobeses, Emilia no tiene miedo. De pronto se asoma entre las espinas una figura esbelta de barba y cabellos largos. En su mano derecha sostiene una azuela[2] y en la izquierda un par de animales muertos:

-Soy Yaco- se presenta levantando los dos brazos -solo vine por unas liebres.

-Tu es un natif[3], comechingón- contesta ella

-Henia camiare[4]- aclara el muchacho. Ambos ríen. Yaco le pide que vuelva a soltarse el pelo porque le queda más lindo. Emilia se sonroja y le aclara que debe ir a la orilla del río a lavar la ropa. Él no da ni un solo paso, pero ella lo invita a acercarse y le aclara que sus hermanas andan por ahí.

 

Emilia es una hermosa muchacha de ademanes delicados. Su cabello es rojizo, ojos verdes y tez muy blanca. Tiene una voz extremadamente suave. Está en sus veintes. Proviene de una familia adinerada de la ciudad de Río Cuarto. Estudió idiomas en Francia y allí conoció a las hermanas franciscanas. A su regreso, los padres le tenían preparado un candidato de la alta sociedad cordobesa. La esperaba un estanciero, mucho mayor que ella, con un anillo de diamantes para su compromiso. Al día siguiente, la muchacha expresó su desagrado por aquel individuo. A los pocos días, Emilia informó a sus padres que tomaría los hábitos en el Convento de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, en las afueras de la ciudad. Unos meses después, comenzó el noviciado.

Yaco es un hombre joven, muy alto, de aspecto fornido y piel morena. Tiene ojos grandes y transparentes, como el agua, clara. Pertenece a una de las pocas familias de aborígenes comechingón que sobrevivieron y se adaptaron a la civilización. Hacía unos meses que el joven había salido en una expedición, desde las Sierras Chicas, buscando una nueva vida y se empleó en los campos aledaños al Convento.

 

Ya es mediodía.

-Hoy es mi día libre- dice Yaco tomándole la mano a Emilia y comienza a caminar hacia el próximo claro del río. Los jóvenes juntan ramas para hacer fuego. El muchacho quita la piel de la liebre con su facón y comienza a dorar la carne, colgada de una estaca, que él mismo improvisó. Emilia lava unas hojas de berro para acompañar. Le gusta eso de comer con las manos.

La conversación es continua y se pierden en el tiempo.

-Las hermanas deben estar buscándome- sonrió Emilia –aunque ellas saben que me gusta andar en soledad.

 

Emilia y Yaco se comunican como si se conocieran desde siempre.  Ella se suelta el cabello nuevamente y se arrodilla. Con sus lazos le hace una trenza al muchacho mientras entona su canción:

 

…qui per sanctam crucen tuam redemisti mundum…[5]

 

Emilia se levanta y comienza a danzar riendo alocadamente. Yaco aplaude. Ella frena de golpe y pierde la mirada en el atardecer sin pronunciar palabra. Él se acerca. Emilia se tira sobre el pasto, en posición fetal, y comienza a llorar. Yaco comienza a entonar una canción de cuna, en un dialecto antiguo, mientras se recuesta abrazándola. La chica se tranquiliza y se quedan juntos, así, un buen rato.

 

Yaco escucha pasos a lo lejos. La muchacha levanta la cabeza y ve a su madre con algunas hermanas.

Demain à la même heure! Mañana a la misma hora- susurra mientras se viste. El joven se esconde. Emilia se lava la cara en el río y luego ata su cabello y se lo cubre con el velo. Perdió el canasto de ropa. La madre camina entre los arbustos con desagrado hacia la muchacha y la toma del brazo, enojada. Se la lleva vociferando. Emilia mira hacia atrás y sonríe.

 

Alejandra Busconi

15/6/2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Adoramus te, canción de oración del Vía Crucis

[2] hacha

[3]Eres un nativo” en francés

[4]Comechingón” en quechua

[5] Adoramus te, canción de oración del Vía Crucis

viernes, 23 de mayo de 2025

¿Dónde está Dios?


Pido disculpas de antemano si a alguien le parecen ofensivas mis palabras.

Para mí la religión es una mentira. Primero porque está inventada por hombres-varones- y segundo, porque se han cometido atrocidades a lo largo de la historia, con todas esas fantasías.

 

Yo tendría cinco o seis años cuando mis amigos del barrio me advertían sobre las cosas que ese Dios tan malvado me haría si me portaba mal. Entraba a una iglesia y me daban terror las imágenes ensangrentadas y enormes que había alrededor de los bancos. En el momento en que todas mis amigas empezaron con el catequismo mi mamá me preguntó si quería tomar la comunión, yo le respondí rotundamente que no. A los diez años, empecé a no creer en nada de lo que los nenes me decían sobre Dios y el Diablo. Mis padres estaban un poco enojados con Dios.

 

Tuve una época en que me daba risa todo lo relacionado a las misas y oraciones. Me acuerdo que mis primas y yo entrábamos a la capilla de la vuelta de casa y había un montón de mujeres, vestidas de negro y con una mantilla en la cabeza, rezándole a la Virgen: Santa María madre de Dios… Dios te salve María…Santa María madre de Dios… las voces se superponían y llorábamos de la risa. Por esa época, Dani iba a los scouts y le encantaba. Lo ayudó a ser más independiente y disciplinado. Mis padres me preguntaron si quería ir, les dije que sí, pero tuve una malísima experiencia.

 

Cada vez creía menos, pero me encantaba festejar la Navidad porque era un momento de espiritualidad y unión junto a mi familia. Me gustaba mucho poner música clásica, al igual que en Pascua. Admiraba a Jesús, pero odiaba a Papá Noel, otro macho. A medida que iba creciendo, dudaba cada vez más. A los quince años entré a mi primer coro donde encontré a varias personas agnósticas y ateas.

En la adolescencia, leí a Niezstche y Hermann Hesse y me dio vuelta la cabeza. Pero realmente, cuando tomé consciencia del mundo en el que vivía, con la pobreza, las injusticias y la maldad, me dije a mí misma: un Dios no puede permitir estas aberraciones y me convertí definitivamente en atea.

 

Ateísmo significa la ausencia de la creencia en la existencia de las deidades. Me han dicho que es omnipotente tener esa creencia, que uno no puede resolver todo. Lo sé. Me volqué a la música, que fue mi religión durante mucho tiempo. La música me salvó la vida, me ayudó a salir de varias situaciones límite y mantuvo mi cabeza y mi alma llenas. Las mejores composiciones musicales de la historia, fueron compuestas a Dios, a Jesús y María.

 

Mi tío Oscar y yo hablábamos mucho de todo esto. Más tarde lo hice con Daniel. Teníamos un amigo muy creyente que iba a cenar a casa, algún sábado y nos pasábamos toda la noche hablando sobre religión. Terminábamos riéndonos porque él nos decía: me voy de acá con más fe en Dios, y nosotros todo lo contrario. En el año 1998, me fui con Daniel y los chicos, de viaje por toda la Patagonia y, como ya conté, fuimos al Parque Nacional Los Alerces, provincia de Chubut. La visita era caminando por un sendero a orillas del río Arrayanes. Todo era hermoso y, cuando llegamos a un paradero, se abrió un paisaje que parecía pintado por algo superior. Esa noche, le escribí una carta al tío Oscar y terminé diciéndole que algo divino había allí.

 

Hoy, estar en los grupos de autoayuda, me obliga a creer en un Poder Superior porque yo no puedo controlarlo todo. Un día, observando un pájaro haciendo su nido, me di cuenta de que la naturaleza es un Poder Superior: es perfecta y me brinda todo lo que necesito. Creo en el sol, que me abriga, el agua que me protege y la tierra que me da los alimentos. La naturaleza sabe cuándo enfadarse y cuándo brindarme la calma. Ahí está Dios.

 

Alejandra Busconi

21/5/2025

miércoles, 30 de abril de 2025

En la tierra de Ventania de Diana Durán

 


EN LA TIERRA DE VENTANIA

 

Muchas veces me pregunto en qué lejana comarca se oculta el refugio donde encontrar al futuro amado. En qué puñado de historia descubrir un nuevo tiempo para querer. En qué desembocadura tierna recorrer una vida de presencias, de obstinados aciertos.

Reconozco que nuestros destinos estuvieron demasiado tiempo ausentes, tal vez vivieron muchos momentos de soledad y, con ellos, múltiples distancias.

¿Hacia dónde nos llevan?

Una mañana primaveral, después de muchas idas y vueltas, se concretó nuestra cita en tierras de Ventania. Allí recorrimos itinerarios tempranos; la curiosidad nos inspiraba a avistar los festivos revoloteos de pájaros de la comarca. El vergel serrano encerraba un bullicio orquestal de suaves plumajes, rojos de llamas, amarillos de luz y marrones veteados. Picos corvos, rectos, finos que se afanaban en buscar su alimento.

El asombro compartido de ver al chimango reclamar el solar de la tijereta. Macho y hembra carpinteros cavar el tronco horizontal. La paloma montesa empollar paciente su cría. El mixto, trino agudo, en espera. El benteveo y el hornero pasear. Multiplicidad alada, la nueva vida nuestra.

Los aromos y los sauces balancean sus copas. Los arroyos divagan bordeando la villa.

En ese solar único nosotros conquistamos el encuentro, una nueva coincidencia, madura, ¿quizá tardía?

Entre charlas de hijos y deberes; de cine y libros; de amores y desamores; del dolor de los años y los quebrantos.

Así fue la historia, así continúa después de una veintena de años. Ahora más lenta, más pausada, morosa y paciente.

 

 

 

domingo, 13 de abril de 2025

Las calles inundadas de Villa Raffo





Entre los años 1991 y 1998 fui ama de casa. Me dedicaba a mis hijos las veinticuatro horas. Los llevaba a la escuela todas las mañanas y a sus actividades extras. Fui miembro de la cooperadora, atendía el kiosco de la escuela y colaboraba con los actos del Jardín de Infantes. Siguiendo lo que mis padres me habían enseñado, era feliz.

La lluvia, en la paz de mi hogar, era hermosa. Tengo el recuerdo de los chicos jugando cada uno en su habitación y yo haciéndoles meriendas especiales. No sabía nada de repostería, les servía galletitas dulces y chocolatada que solo les daba con el mal tiempo.

Las calles que rodeaban mi barrio se inundaban y el agua nos llegaba hasta las rodillas. Durante treinta años hubo un problema con los desagües. El intendente que se perpetró en el poder nunca lo resolvió. Era muy difícil sacar los autos y, si íbamos caminando con las botas de lluvia, nos empapábamos igual. Entonces no llevaba a mis hijos a la escuela. Yo me quedaba acostada y Dalila y Abel se pasaban a mi cama y dormíamos acurrucados los tres.

El barrio de Villa Raffo era muy arbolado en esa época. Mi vecino de al lado tenía muchas plantas porque le gustaba la jardinería. Llovía, entonces me quedaba un buen rato mirando el cielo y el verde. Cuando paraba de llover, los pájaros se acercaban a mi ventana. Iban a beber y buscar lombrices a aquel jardín. Escuchaba los sonidos de la naturaleza y se veían los jacarandas más coloridos y los tilos reverdecidos. En esa época podíamos comer verduras orgánicas y estaba más atenta a la limpieza y la ecología. En ese departamento me sentía segura. Cada vez que había fuertes tormentas, agradecía por tener un hogar y techo propio.

 

Alejandra Busconi

11/4/2025

Tormenta sobre el mar


 


Se viene la tormenta, le dijo mamá a la tía Irene. Nubarrones grises con anaranjados y rosas se entremezclaban. A mis once años, observé por primera vez la inmensidad de la naturaleza.

Estábamos de vacaciones en Santa Clara del Mar. Empezamos a juntar las cosas de a poco porque se venía la lluvia. Papá y Dani estaban jugando a la paleta. ¡Vamos! ¡va a llover!, les gritó mamá.

Noooo, dijo sonriendo papá desde lejos, ¡es solo una nubecita! La tía lo quiso convencer, pero no hubo caso. Emprendimos el regreso a la casa que habíamos alquilado, ubicada a tres cuadras de la playa.

Mamá se sentó a tomar unos mates con la tía Irene y el tío Oscar. Prepararon la merienda para mi prima Paula, que tenía cinco años, y para mí. Pasaron unos cuantos minutos hasta que empezó a caer la lluvia. Papá y Dani no venían. Mamá y yo estábamos preocupadas y repetíamos la frase ¡qué cabeza dura! De pronto los vemos aparecer a los dos, empapados y con esas sonrisas compradoras, que los caracterizaba: ¿Así que era solo una nubecita?, le preguntó mi tía a papá. Todos nos pusimos a reír a carcajadas.

Me gustaba la lluvia en las vacaciones porque jugábamos a las cartas y al ludo matic. También nos íbamos a pasear a Mar del Plata: mirábamos vidrieras, me compraban helado y nos llevaban a los juegos.

 

 

 

Alejandra Busconi

5/4/2025

martes, 1 de abril de 2025

Una película muy triste

 


Corría el año 1982, más precisamente, el mes de abril. Yo estaba por cumplir diecisiete años. Había ocurrido en el país una de las peores tragedias de la historia argentina: el general Galtieri, le declaraba la guerra al Reino Unido por las Islas Malvinas.

Ese tema me pegó fuerte. Yo era una adolescente que profesaba el amor y la paz de Gandhi y John Lennon y no podía creer semejante aberración. Mis padres y yo siempre pensábamos que, si Dani hubiese sido un muchacho apto para el servicio militar, lo habrían reclutado. Recuerdo que durante los primeros días no podíamos dormir. Nos levantábamos muy temprano: mamá se sentaba frente a papá a tomar mate y ambos escuchaban en silencio una radio de Uruguay donde no había censura. Yo me levantaba angustiada y llorábamos los tres.

Vivíamos frente al Liceo Militar de General San Martín. Veíamos salir camiones y camiones llenos de “chicos”, soldados, de no más de dieciocho años, hacia Comodoro Rivadavia. Un ex alumno de mi colegio había sobrevivido al hundimiento del General Belgrano. Fue muy impresionante porque lo hicieron caminar enyesado frente a todo el alumnado y lo tuvimos que aplaudir. Me pareció patético. Yo me largué a llorar. Sentía vergüenza ajena. Siempre fue un tema muy doloroso del que no se habló más.

En el año 2005, mi hija había terminado el CBC en la facultad de Sociales y estaba comprometida con el país. Buscaba su destino ideológico. Nos encantaba ir a ver películas históricas. Por esa época, se estrenó la película “Iluminados por el fuego”, realizada por un ex combatiente de Malvinas. El final nos pareció tan pero tan triste, que Dalila y yo nos pusimos a llorar amargamente. Nos quedamos sentadas en las butacas, abrazadas sin consuelo, hasta que cerraron las cortinas de la pantalla. No podíamos reaccionar. Luego fuimos a un barcito y seguimos llorando. Emprendimos la vuelta y viajamos en silencio con los ojos hinchados. Una vez en casa quisimos comentar la película, pero no pudimos. Volvimos a llorar.


Alejandra Busconi

28/3/2025

domingo, 16 de marzo de 2025

El recorrido


Son las diez de la mañana. Tomo el colectivo a Laferrere, hacia el Barrio “Don Juan”, un asentamiento en La Matanza, donde parece que el tiempo se hubiera detenido en los años ochenta. La unidad no tiene aire acondicionado. Ya hay veintisiete grados. Me espera un trayecto de dos horas y media. Voy de una terminal a otra. Viaje completo.

Ingreso por adelante. A mis sesenta años me cuesta mucho subir esa escalera. Inmediatamente maldigo al país. En pleno siglo veintiuno, a los discapacitados y ancianos se les dificulta viajar en un transporte tan popular. Nunca se hace nada por ellos. El chofer me recibe con cara de disgusto. Le solicito el destino. Me acomodo en un asiento individual, del lado del sol. La sensación térmica es mucho mayor, pero lo prefiero así antes que alguien se siente a mi lado y me toque con la pierna sudorosa.

Leo un rato. Reviso mensajes del celular. Pero a la mitad del viaje comienza mi hastío, ya no sé cómo acomodarme. Me molesta todo: la cumbia que escucha el colectivero; el reguetón que se oye desde el asiento de atrás y las voces del grupo de compañeros de trabajo que regresan del turno de la noche. Todo el ruido se mezcla en mi cabeza que está a punto de estallar y el calor lo dimensiona. El tránsito no fluye. Están arreglando las calles porque es tiempo de elecciones. Creo que este viaje va a durar media hora más.

El viaje finaliza en medio de la Ruta 3. No hay una estación terminal. No hay árboles, solo un montón de tierra seca y basura. Camino diez cuadras al sol tajante sobre veredas rotas. Busco un kiosco o almacén para comprar agua mineral. No existe.

Llego a la casa del cliente. Hoy debía firmar las planillas para asociarse. No hay timbre, palmeo las manos. Nadie me atiende. Con este calor no tengo ganas de esperarlo. Además, no me da tiempo para llegar a visitar a otra persona. Es hora pico de calor. La ropa se me pega al cuerpo y debo estar colorada como un tomate. Veo a lo lejos un almacén donde por fin podré conseguir agua. Voy hacia la parada. Hay una fila de personas de casi media cuadra. Treinta y cinco minutos de espera al calor sofocante. Se estaciona el colectivo, pero espero al siguiente porque está lleno a reventar. A los veinte minutos, subo. Ahora el chofer es un pibe joven que escucha bachata a todo volumen. Ni me mira. Puedo conseguir un asiento que también está del lado del sol y lo primero que hago es abrir la ventana porque tampoco hay aire acondicionado. Se amontona cada vez más gente.

Hay una parada en la estación de González Catán donde sube todo el mundo. Vamos apretados como sardinas. No se puede respirar. Yo estoy atrás de todo y escucho que el colectivero grita: ¡Un asiento para la señora, por favor, que está embarazada! Silencio. El chofer repite: ¡un asiento por favor! Varias personas lo secundan en el pedido. El colectivo se detiene y se escucha: ¡Hasta que la señora no se siente, no vamos a avanzar! Estoy paralizada de calor. Se detiene el tiempo como en una película. Es el fin del mundo. Se oyen gritos. Me parece que estoy metida dentro de un horno. La calza negra me quema la piel. Todo se va oscureciendo de a poco hasta que una cálida brisa empieza a golpear mi cara. Vamos andando de nuevo. Vuelvo a maldecir al país: los trabajadores viajamos como ganado y ganamos poco algunos no hemos tenido posibilidad de estudiar y parece que todo cuesta el doble de sacrificio todo está caro no se cumplen las leyes a los gobernantes les importamos muy poco.

Ya queda menos de la vuelta. Estamos llegando al centro de San Justo y se ve a lo lejos un piquete. Un mar de gente con banderas y bombos. El chofer debe salirse del recorrido, entonces avisa que esta es la última parada, que el que tiene que bajar, lo haga ahora. El colectivo se despeja. Me voy a un asiento doble a estirar las piernas en la sombra. Creo que el colectivero se cansó, por lo tanto, no levanta a ningún pasajero más.

Llego a destino. Ya son las tres de la tarde. No veo la hora de estar en casa y meterme bajo la ducha fría. Pero no. Todavía me falta tomar un colectivo más.

 

Alejandra Busconi

4/3/2025

jueves, 23 de enero de 2025

¡Chau, viejita!

 



Me voy a quedar con los buenos recuerdos. Fuiste una luchadora incansable. Me dejás de regalo el don de la perseverancia. Y este último mes de vida la peleaste hasta el final. Esa cabeza tan lúcida...

Lo di todo para que estuvieras bien, para que me pongas un diez como hija. No sé si lo logré, porque a vos nada te alcanzaba, pero con tu agradecimiento me basta. Sé que soy una persona difícil y a veces malhumorada. Vos hiciste lo imposible para que me sintiera bien en tu hogar, ese hogar que se había destrozado cuando papá y Dani se fueron.

¡Viejita! ¿Con quien voy a hablar de política tan fervientemente? O de los chismorreos de la farándula. De las recetas ricas que queríamos preparar. No pude saborear los "chorizos a la pomarola" ¡Qué rico cocinabas! Y te gustaba comer, como a mí. 

Te perdono por todo y me perdono a mí misma por todo. Ya está. Lo malo quedó atrás. Me quedo con la Titina que, estando vulnerable por la mala salud, era una viejita linda. Mi mamá. Aquella con la que mirábamos novelas en mi infancia o comentábamos el programa de Lanata, nuestro héroe, estos últimos años. Te fuiste con él. Vos lo decías: "estamos en la misma condición".

Voy a extrañar esa energía imparable. Esa "bola de nervios" que nos mantenía vivos. No bajar los brazos, no darse por vencido, eran tus lemas. Cometiste muchos errores por querer llevarte el mundo por delante, pero después lavaste las culpas. Nadie te podía enfrentar. Nadie se atrevía.

¿Chau, viejita!

No me salió decirte "te quiero", pero en el fondo, sabías que si.


Mari Marietta (para vos)


jueves, 9 de enero de 2025

La decisión correcta


 


Después de mi crisis del año 2011, me anoté en la Universidad de Tres de Febrero para estudiar la carrera de Licenciatura en Música. El curso de ingreso duraría todo el mes de marzo y comenzaría la carrera en abril del año 2012. Cuando empecé, estaba feliz. Tenía afinidad con algunas compañeras con las que hice un par de trabajos y estaba muy conforme con los profesores. No iba a tener instrumento, que siempre fue tedioso para mí.

Ir a la universidad y estudiar por fin la carrera que tanto había deseado, era mi sueño. Me quedaba cerca, mis hijos ya eran grandes y con el trabajo no tenía problemas. Cursaba tres veces por semana. Los martes tenía muchas horas de lenguaje musical y salía bastante tarde, pero estaba dispuesta a hacer ese sacrificio. No estaba en un buen momento anímico y emocional, puse voluntad y decidí pensar en mí y solo en mí.

A dos semanas de haber comenzado, recibí un llamado telefónico: era el director de coros con el que yo anhelaba cantar: Juan Picarel, el músico que había tenido el coro más hermoso que yo había escuchado. Hacía unos años, yo lo había llamado para formar parte de su grupo, pero se estaba disolviendo en aquel momento.

Juan me convocó para formar parte de un coro nuevo. Me consideré la persona más afortunada del mundo porque un director de tal calidad me había elegido. No podía creerlo, me sentí halagada y orgullosa de mí misma. Pero había un problema, los ensayos serían los martes. ¿Cómo iba a hacer con la facultad? ¡Se superponía el día! No podía faltar a la materia más importante de la carrera, no había chance de cambiar el día. 

Llamé a mi hijo y le dije que necesitaba hablarle con urgencia por un tema muy importante. Abel es una persona muy observadora y da buenos consejos. Ve los problemas desde afuera y empatiza con los demás. Entonces, en ese momento, era el indicado para ayudarme con la decisión.

Estuve toda una tarde charlando con él y exponiéndole por qué era tan importante cantar en ese coro. Entonces Abel me dijo algo muy sabio para mí: Tu objetivo en esta vida es hacer música. Te hace bien, ¿no?, es tu pasión. Y yo lo interrumpí: Es mi religión. Entonces hacé lo que te haga más feliz.

El día que llegué al primer ensayo no podía creer que estuviese allí, rodeada de profesionales: cantantes de excelente nivel, profesores, directores y estudiantes de la UCA de la carrera de dirección coral. Me sentía en las nubes. Juan explicó por qué había elegido a cada uno y cuando llegó mi turno dijo: Elegí a Alejandra porque el grupo vocal al que ella pertenecía hacía la mejor versión, que yo haya escuchado, de una canción de Silvio Rodríguez. Sumamente emotiva y expresiva. ¡Qué hermosas palabras! Había dado frutos toda mi experiencia y mi trabajo de tantos años con la música. Me quedé en ese coro por diez años. Me ayudó a entrenarme musicalmente y conocí gente maravillosa.

Tuve la intención de volver dos veces a la universidad, pero no me convenció el programa. Fue cambiando mucho y hoy es una carrera de instrumentos autóctonos que no me interesa. Puedo asegurar que aquel año tomé la decisión correcta.


Alejandra Busconi 4/12/2024

domingo, 6 de octubre de 2024

Ruinas

 


Estoy entrando a mi casa. ¿Qué hacen Abel y su padre parados en medio del comedor? Parece las ruinas de Kosovo. Libros y revistas infantiles tirados por doquier. Juguetes desparramados. Bolsas, cajas y guitarras apiladas en un rincón. Y la ausencia de León. Se lo llevó la madre. Me invade el terror de no volver a verlo y un dolor repentino en medio de mis entrañas. Abel está deshaciendo la cama que compartía con su novia. Daniel está ansioso, acarreando bolsas de ropa ¿Por qué justifica a nuestro hijo? Le preparó el quincho de su casa para que pueda vivir allí. Siento que invaden mi espacio y arrasan el lugar con toda la fuerza de la furia que les ocasiona Ailén.

Ella tiene veinte años, es una chica muy sufrida. Sus padres son dos personas exigentes que, cuando ella quedó embarazada, le pidieron que no dejase los estudios. Le pagaron un sueldo y su trabajo era seguir estudiando y cuidar a León.

Es de noche y luego de tanto ruido de martillo y carretilla… el silencio absoluto. Recorro la casa. Voy a la habitación donde dormía mi nietito y me brotan lágrimas de impotencia. La pinté para él y le arreglé ventana y puerta. Me recluí en la habitación más chica para darle espacio a la nueva familia y de repente… ¡la bomba atómica! que hace desaparecer los cuerpos y todo a su alrededor. No hay más cochecito, ni cuna, ni ropita de bebé. No hay más vocecita. No queda nada. Vuelvo al comedor. Veo al oso Roberto. Me aferro a él. Estoy llorando amargamente, sentada sobre los “bibitos”… Libritos de mi nietito que quién sabe cuándo le volveré a leer. La casa queda en pausa.

El primer día sin León. Me levanto y paso sobre las ruinas, como si nada. Me acostumbro a ellas. El segundo día, igual. Al tercer día, el silencio abrumador me perturba, pongo rock and roll a todo volumen y comienzo a acomodar mi hogar. Me siento en el sillón. Estoy haciendo planes: voy a cambiar las cortinas; voy a pintar las paredes de otro color y me voy a mudar a la habitación grande. Un nuevo comienzo. Libre al fin

 

Alejandra Busconi

1/10/2024

jueves, 12 de septiembre de 2024

Caminata de primavera

 


Sale temprano por la mañana. Llega a la plaza del barrio y comienza su rutina: inhalo, exhalo, inhalo, exhalo. Por momentos sus pensamientos se escapan hacia arriba y salen perdiéndose a través de las copas de los árboles. Vuelve a concentrase en la respiración: inhalo y exhalo.

Por su nariz entra un agradable aroma a jazmín del país y le recuerda su infancia en la casa de sus tíos. Había una arcada en la entrada con una frondosa planta y le vienen imágenes de sus primos corriendo a recibirla con los brazos abiertos y los tíos con el mate en la mano. Fueron momentos felices, llenos de música y amigos, sobre todo cuando, junto a su familia, pasaban el año nuevo, con luces de colores, juegos en el agua y risas hasta el amanecer. Vuelve a su eje: inhalo y exhalo, varias veces seguidas.

Su mente vuelve a dispersarse con el aroma a café que emana del bar de la esquina. Recuerda a su antiguo amor, el que le llevaba el desayuno a la cama mientras planeaban una escapada a las sierras de Córdoba o una visita a sus amigos en Brasil. Eran muy jóvenes. cuando viajaron a Montevideo para participar del llamado de los tambores. Él le propuso matrimonio y ahí mismo tomaron la decisión de casarse en esa la playa. Fue muy feliz con los preparativos de una fiesta íntima y sencilla. Pero la historia de amor quedó interrumpida cuando en el viaje, un camión se cruzó de carril y chocó contra su auto. Su amor falleció en el acto. Vuelve a la respiración y se conecta consigo misma.

Una ráfaga de aire fresco la lleva a otra playa, hacia aquel verano donde sus hijos conocieron el mar ¡Cómo gritaban felices cuando los tocaban las olas! Todo eso quedó muy lejos. Mira hacia el cielo con lágrimas en los ojos. Inhala, exhala, inhala, exhala y vuelve sobre sus pasos que retoman la velocidad.

Se cruza con un grupo de amigotes gordos hablando de política: ¿A quién habrán votado? ¿A qué se dedican? ¿Se querrán ver bien frente a sus esposas o estarán recién separados? Está enojada con el país por la pobreza. También abraza la causa contra el sexismo. Ella sufrió abusos y golpes de todo tipo y sus hijos también. Todo comenzó cuando su marido se quedó sin trabajo y se entregó a la bebida. Fue después de su separación que empezó a comerse el pasado. La soledad la había atrapado y a los cincuenta años se encontró con ciento veinte kilos. Se escondió en su casa por muchos años, la alimentaban la angustia y los antidepresivos. Sus hijos se habían ido a vivir lejos, sus padres y sus tíos habían muerto. Ya no le quedaba nadie. Hasta el día en que sufrió un colapso y la tuvieron que internar en un hospital por varios días. Allí conoció a un médico que la ayudó a salir de ese estado. Le recomendó unos grupos para bajar de peso y así empezó a recuperar su vida. Unos meses más tarde se casó con él.

Todos los días camina una hora, rodeada del mismo panorama: jóvenes musculosos y chicas con calzas coloridas; la adiestradora de perros dándole clase a señoras con sus mascotas; el profesor de yoga con un grupo de ancianos en sus colchonetas y adolescentes haciendo fierros. Todos ellos adornan sus mañanas. Inhala y exhala y decide volver. Se mira en la vidriera de un negocio y no se reconoce. Por primera vez se acepta y se gusta. Ya ha bajado cincuenta kilos.

 

Alejandra Busconi

28/11/2023

lunes, 5 de agosto de 2024

Fotos de cumpleaños

 


Mamá siempre cuenta que, cuando yo iba al jardín, no me gustaba ir a ningún cumpleaños. Dice que llegábamos a la casa de mi amiguito o amiguita y después de un largo viaje en colectivo le decía: No quiero entrar. Los recuerdos sobre mis cumpleaños son a través de algunas fotos y esas fotos me hacen revivir lo que sentía en ese momento.

La primera que recuerdo es una de mi cumpleaños número cinco. Estaba bailando al lado del tocadiscos, haciendo un paso Beat, que practicaba con los programas de televisión los sábados por la tarde. Sonreía, con mis pies en movimiento. Recuerdo una intensa emoción. Tenía puesta ropa nueva: la minifalda azul con una tabla y una camisita blanca de mangas largas, zapatos guillermina lustrados y medias can can. Tenía el pelo largo hasta la cola, mi tesoro más preciado. Un cumpleaños con muchos vecinos de todas las edades y mis primas.

La segunda foto es de mi cumpleaños número siete. Una hilera de chicos pegados a la pared, haciendo un juego con un payaso que también hacía magia. Lo que recuerdo de ese cumpleaños es que un rato antes de la hora del festejo, mi mamá y mi papá estaban preparando la decoración en el comedor, inflando globos y yo sentada en una silla diciéndoles: ¿Y si no viene nadie?, era el pequeño terror que me atrapaba un minuto antes de que llegaran los chicos. Ese día no faltó nadie. Eran como veinticinco, entre vecinos y compañeros de colegio.

La tercera foto es de cuando cumplí ocho, el cumpleaños más feliz de mi vida. Yo estaba sentada mirando una función de títeres que habían preparado mis tíos. Mi prima Paula, con apenas dos añitos, estaba subida encima de mí. Hacía muy poco que la conocía porque mi mamá y mi tía se habían peleado y habían estado dos años sin hablarse ni verse. La fiestita la animaban ellos mismos, Amanda y Oscar, los hippies, que confeccionaban los títeres e interpretaban obras en las escuelas. Ese día no me importó la ropa ni la cantidad de chicos, me brotaba una dicha inexplicable porque tenía a mis tíos de vuelta.

Durante los cumpleaños de mi infancia, los amigos, la música y la ropa nueva de cada año, me producían mariposas en la panza, además de ver a mis padres sonriendo todo el tiempo y a mi hermano, pegado a mí, haciendo sus monerías. Fueron buenas épocas.

 ALEJANDRA BUSCONI



24/11/2021

Encuentro en las sierras

  Se dirige hacia el río a paso lento pero ágil. Le gusta tocar el pasto con los pies. Nadie la ve descalza. Las hermanas franciscanas están...