viernes, 19 de abril de 2024

De la mano

 


De la mano

Voy caminando por la vereda con mamá y le agarro la mano. Veo lo alta que ella es y lo lejana que parece. Mamá siempre está con el pensamiento en otro lado: lava, plancha y cocina, pero, además, le encanta ir a caminar, a mirar vidrieras, no sé muy bien dónde. Estoy centrada en mí y en ella. Mamá va soltando mi mano y eso no me gusta, me enoja. Tal vez va hablando con la abuela, tal vez mirando ropa o adornos de porcelana, que le fascinan, pero yo me sigo centrando en su mano: la aprieto y ella la va aflojando. ¡No me sueltes! le grito con rabia y se la vuelvo a apretar con más fuerza. Seguimos caminando y la situación se repite una y otra vez. Ya no le hablo, simplemente le voy apretando la mano enojada y a veces me pongo a llorar. Me quejo todo el tiempo y no disfruto el paseo, solo quiero seguir caminando al lado de ella bien agarrada de la mano.

Alejandra Busconi

5/2/2021

 

domingo, 24 de marzo de 2024

El policía

 




El policía

 Yo tenía dieciséis años cuando vestía polleras y vestidos largos y coloridos. Usaba el pelo muy largo y una vincha en la frente, también collares de mostacilla y pulseras de cuero. Nadie se vestía así, y estaba mal visto. El país padecía la dictadura militar que duró siete años, y la policía perseguía a los chicos con pelo largo y a las chicas con ropas raras. A mis amigos y a mí nos detuvieron un par de veces porque los menores no podían estar en la calle después de las doce de la noche, por el toque de queda. También nos corrían a la salida de los recitales.

Yo vivía en Villa Ballester. Un día, iba sola cruzando Avenida general Paz y San Martín hacia mi casa. En esa época sobre el puente había una parada policial. Me detuvo un policía: ¿Qué hacés vestida así?, me preguntó. Yo me paralicé. Todavía no estaba muy consciente de lo que realmente hacía la policía con los desaparecidos o el robo de bebés, lo único que sabía era que nos perseguían.  El policía estaba solo y me hizo entrar en aquella oficina, y me llevó al fondo, un lugar oscuro y tétrico. Yo estaba muerta de miedo. Vos te drogas, ¿no?, me dijo. Yo le respondí que no. ¡Dale! ¡Ustedes se la dan por todos lados! A ver, levántate el pullover. Yo hice lo que me ordenó, pero por supuesto me lo levanté solo un poco. ¡Más arriba!... ¡Más arriba!, repetía con una sonrisa siniestra. ¡Ahora levántate el corpiño!, y yo inocentemente lo hice. Estaba a punto de largarme a llorar. No me tocó, pero siguió: También se la dan ahí abajo. Cuando me dijo eso, no lo hice, y con la voz entrecortada le dije que me dejara ir, que yo no era drogadicta, que tenía un hermano con Síndrome de Down al que tenía que cuidar, y que vivía con mi abuela. No sé cómo salieron esas palabras de mi boca. El policía se quedó callado un momento y me dijo: Bueno, te podés ir, y cuando estaba saliendo por la puerta agregó con sarcasmo: Saludos a tu hermano… y a tu abuela. Yo me sonreí y le dije: GraciasUn año más tarde, cuando me enteré todo lo que la policía les hacía a los detenidos desaparecidos, recordé a ese maldito personaje. Cuando vi las fotos de todos los bebés que se habían robado, mi odio hacia ellos creció aún más. 

Fueron seres despreciables para mí, que habían estudiado la tortura de los nazis, y mataban a piacere. Hoy en día no me dan miedo. Los veo a diario en la calle, y no saben qué hacer cuando hay un altercado, o una pelea. No están cuando la gente los necesita. Se la pasan adentro de los patrulleros mirando Tik Tok, y si tienen que cuidar el orden, no tienen ni idea de cómo hacerlo. Me tocó ver un par de episodios, y realmente me dio lástima su proceder. Lamentablemente tienen un pésimo entrenamiento.

 

Alejandra Busconi

24/8/2023

sábado, 23 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani IV

 


A su manera

 Me costó muchos años entender a Dani. Hablaba correctamente, entendía casi todo, pero sus pensamientos los manifestaba en voz alta. Constantemente hacía un canturreo, sobre todo si tenía alguna preocupación dándole vueltas en la cabeza.

Dani se aburría con las conversaciones familiares. Hablábamos de un tema y de repente él salía con algo totalmente distinto: una serie de televisión, una película, algún amigo o cualquier cosa. En realidad, hacía alusión al tema, lo exteriorizaba de esa manera y yo era su intérprete.

Dani escuchaba música casi todos los días. Armaba listas de canciones de acuerdo a sus estados de ánimo: si estaba contento, escuchaba canciones optimistas; si estaba enamorado, escuchaba todas las canciones de amor; para los cumpleaños, canciones de felicidad; si tenía alguna preocupación, en las canciones había una palabra alusiva al tema. Como no lo podía decir, lo hacía de esa forma. Por eso le gustaba tanto Palito Ortega, por su simpleza. Además su carita transmitía sus enojos o alegrías, sus silencios o su euforia.

Sé que vivía condicionado. Debía cumplir con los mandatos de sus padres. No podía decidir hacia dónde ir, qué ropa usar, qué o cuando comer. A su manera luchaba bastante contra eso. A veces me lo podía decir.

Por suerte los últimos diez años de su vida venía para mi casa todos los días feriados: le daba a elegir qué comer, qué hacer y le decía que no hacía falta hacer ningún quehacer, que no tenía obligación.

Sé que Dani, mi amado hermano, ahora es un alma libre.

 ALEJANDRA BUSCONI

4/8/2021

 

viernes, 15 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani III

 


Sorpresas del destino

 Mi amigo Diego, de la secundaria, era un chico muy acomplejado. Había sido gordo toda su infancia. A los catorce años le detectaron diabetes, entonces adelgazó y se convirtió en un muchacho flaco y alto. Encontraba en todos nuestros compañeros, incluida yo, los defectos más destacados, los recalcaba una y otra vez y todo lo que fuera diferente era motivo de burla, pero era el pibe más divertido y comprador de todos.

Tendríamos quince años cuando nos hicimos muy amigos y con algunas chicas y chicos íbamos a todos lados juntos, incluso ellos arreglaban para venir a mi casa, cosa que me hacía sentir halagada y querida porque ellos eran los populares de la clase. Pero había algo que me impedía disfrutar de esas visitas: mi hermano. A veces decía que no vinieran, otras veces me encontraba con ellos en la esquina o simplemente, algún que otro domingo, los recibía en el parque inventando que mi familia dormía la siesta. En realidad, me daba vergüenza mostrar a Dani. Siempre oculté y separé a mi hermano de mis compañeros de colegio. Nunca hablé de él y nadie me preguntaba. Inocentemente pensaba que nadie sabía de su existencia.

Era una tortura preparar salidas y reuniones. Recuerdo que siempre le daba vueltas y vueltas a la situación y me las arreglaba para que mi hermano nunca se cruzara con mis amigos. Mi culpa era enorme. Me sentía una porquería porque él era el ser más amable y amigable del mundo y le encantaba que viniera gente a casa. No festejé los quince por vergüenza. Cuando llegaron mis dieciocho hice dos fiestas: una para la gente que lo conocía y otra para mis amigos del colegio. Recuerdo que le supliqué a mis padres que no estuvieran esa noche y que Dani se fuera a dormir de mi abuela. Con el tiempo, no muy lejano de la secundaria, se me fue pasando y superé ese tormento. Me perdoné por lo que había sentido.

A mi amigo Diego no lo vi más. Unos años más tarde me enteré de que había tenido un hijo con Síndrome de Down. A aquel chiquito, que se burlaba de los defectos ajenos, el destino le traje un hijo diferente.

Alejandra Busconi

16/10/2020

 

lunes, 11 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani II

 


Aguas frescas de la mañana

Viví veinticinco años con mi hermano Dani y los momentos más hermosos que tuvimos fueron nuestros juegos en la niñez y la adolescencia. Nunca íbamos de vacaciones. Éramos socios del club del Ferrocarril Mitre, en la localidad de General San Martín e íbamos todos los días a la pileta durante el verano. Ese lugar era bellísimo y tenía una cancha de golf muy amplia cubierta de árboles.

A los cinco años, mi mamá me inscribió para tomar clases de natación junto con mis primas y aprendimos a nadar muy bien. A Dani no lo anotó. Creo que mamá no le tenía confianza porque era inquieto y revoltoso y supongo que pensó que no iba a poder sostener su atención. Recuerdo que, mientras estábamos en la clase de natación, mi hermano miraba desde lejos y practicaba todo lo que el profesor nos indicaba. Aprendió solo y, lo hizo tan bien, que a sus dieciséis años ganó el primer puesto para ir a las Olimpíadas Especiales, en el año 1979.

En el club no había edad. El tiempo se detenía en aquellos veranos de sol y cielo limpio. Las instalaciones del club eran todas para nosotros porque no había mucha gente. Era un lugar calmo y apacible. Dani y yo teníamos un ritual que comenzaba en lo profundo de aquella pileta cristalina: él me perseguía primero y nos tirábamos y nadábamos debajo del agua hasta la otra orilla. Luego corríamos dentro de la pileta sin nadar por la parte más baja hacia la escalera. De ahí subíamos al trampolín bajo, luego al alto, y la vuelta comenzaba una y otra vez. Después lo perseguía yo y Dani era El hombre nuclear, se enojaba un poco cuando lo alcanzaba, pero en cámara lenta me derribaba, seguramente yo lo dejaba ganar. Seguidamente éramos gimnastas en el agua: la vuelta carnero para atrás y para adelante, nos tirábamos de cabeza, parados, bomba, hacíamos un puente con las piernas hacia arriba, tiburones, piratas, equilibristas, una y otra vez. La parte más tranquila era cuando jugábamos a tirar una piedrita y la íbamos a buscar al fondo. No existía nada ni nadie alrededor. Pasábamos horas disfrutando la transparencia del agua que se mezclaba con los rayos del sol y el aire fresco de las mañanas. Eso sí, teníamos que volver puntuales al mediodía para ver nuestras series favoritas.

Me enseñaron que Dani no era un enfermo, que había tenido un problema al nacer y que todo lo iba a aprender como un nene normal pero un poco más tarde. Crecí con este hermano mayor con el que compartía programas de televisión, algunas canciones de Palito Ortega, vueltas en bicicleta e historias de superhéroes.

 

Alejandra Busconi

24/10/2020

domingo, 3 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani

 

El vengador

El parque del complejo de departamentos donde vivía con mi familia era muy grande, de calles de tierra, lleno de plantas y árboles, un hermoso lugar para jugar. Alrededor era casi todo campo y a dos cuadras había un grupo de casas muy humildes. Muy cerca había una chacra donde hoy está el Supermercado Jumbo, en la localidad de General San Martín y alguna que otra casa construida con esa piedra amarilla brillante, con arcada de ladrillos, típica de los años sesenta.

Dani, mi hermano con síndrome de Down, tiene dos años más que yo. Era un nene muy travieso, con su pelo lacio y el flequillo a lo Carlitos Balá. Siempre fue muy independiente: hacía compras, iba a la casa de mi abuela que vivía cerca, le gustaba andar en bicicleta, tirar piedritas a la zanja o subirse a los árboles. Yo iba con mis amigos a ese amplio parque, donde también había juegos, pero los pibes más grandes habían ocupado un espacio como potrero, donde jugaban al futbol y venían de todas partes – la recuerdo a mi mamá gritándoles que se fueran, a la hora de la siesta- Entre ese grupo de grandulones había dos hermanos, uno mucho mayor que nosotros y el otro, de nuestra edad, era un pibe malo, roñoso y peleador. Se llamaba Carlitos y venía de aquellas casas humildes. Cada vez que pasaba a mi lado me decía Ahí va la hermana del mongo, a toda hora que me encontrara y en cualquier momento del día. Yo volvía a casa llorando y le contaba a mi mamá. Ahí va la hermana del mongo, repetía este pibe que además de bizco, su padre estaba en la cárcel y su madre era una mujer gritona, desgreñada y también sucia. Me tenía cansada, esa palabra me dolía, una espantosa costumbre que aún hoy la escucho y me sigue golpeando las entrañas.

Un día, supongo que tendríamos nueve y once años, Dani salió a andar en bicicleta. Se fue a dar la vuelta larga, como le decíamos nosotros porque había tardado más de lo normal. A su regreso nos contó: Lo vi a Carlitos, que también estaba andando en bici como yo, lo seguí, lo seguí por todo el barrio y después lo alcancé. Me bajé de la bici y le di una piña muy fuerte. Lo aplaudimos, nos reímos, lo felicitamos porque me había defendido. Carlitos... no me molestó nunca más.

 Alejandra Busconi

13/10/2020

viernes, 16 de febrero de 2024

Mi amiga el agua

 

Todo fue un juego en la infancia para mí. El agua era sinónimo de verano. Me ayudaba a conectarme con la tierra y el sol.

Mis veranos eran en una pileta limpia y prolijamente pintada de color celeste. Me tiraba parada en la parte profunda, n que tenía tres metros con ochenta centímetros. El primer contacto era una caricia a mis pies y luego llegaba en un instante al piso. Me tomaba tres segundos para el impulso y después, el placer de subir lentamente mirando hacia arriba, al cielo y el sol difusos, esperando el aire. El momento posterior a tocar el fondo eran de silencio y meditación. También me gustaba tirarme de cabeza y nadar al ras del piso, simulando que era un buzo en medio del océano. Mi desafío era permanecer lo más posible sin respirar debajo del agua. Con mi hermano Dani teníamos una rutina: por la mañana jugábamos a tirar la piedrita e ir al fondo de la pileta a buscarla; al mediodía, cuando todo quedaba desolado, Dani era el Hombre nuclear que me perseguía: saltábamos al agua de todas las formas posibles, en cámara lenta, de cabeza, de pie o de panza. Corríamos o nadábamos y finalmente hacíamos todo tipo de piruetas: vertical, vueltas carnero derecho y revés, un puente por arriba, uno por abajo. Así eran todos y cada uno de nuestros días de vacaciones de verano.

Tuve una conexión inexplicable con esa amiga. Yo era muy arriesgada. Me encantaba, por ejemplo, tirarme en el Delta del Paraná cuando aún no estaba contaminado, en esas aguas pesadas y marrones donde había unos pececitos que me mordían los tobillos. Con los ríos torrentosos y frescos de Córdoba experimenté todo tipo de sensaciones. La transparencia que tenían en aquella época era asombrosa.

Recuerdo cuando fuimos a La Falda: todos los días bajábamos hacia el río por un camino de tierra y en el trayecto veíamos la sierra repleta de flores silvestres de todos los colores; escuchábamos el sonido de la víbora cascabel y nos reíamos nerviosos. Íbamos comiendo una uva silvestre que crecía al costado del camino y era el momento más agradable de la caminata. Mi abuela juntaba berro para el mediodía, que lo encontraba en la orilla del río y allí… el placer de tirarnos al piletón natural. A veces volvíamos con la lluvia tibia del mediodía y nos encantaba mojarnos la ropa. Además, nos fascinaba embarrarnos las ojotas cuando saltábamos los charcos y nos daba mucha risa. Fueron tiempos de libertad, tiempos felices.

 

Alejandra Busconi

1/12/2023

 

 

lunes, 15 de enero de 2024

Recuerdo de un viaje soñado

 

 No estaba en mis proyectos personales cruzar el océano hacia el viejo mundo. Era solo un sueño, un deseo escondido en el fondo de mi alma que nunca expresé y el que jamás pensé que cumpliría. Dos años antes había comenzado una etapa de mi vida en el que se iban alineando los planetas. A mis cuarenta años encontré el amor, nació mi nieto y comencé a cantar en el grupo vocal soñado.

En un concurso internacional de coros organizado en Ciudad de Buenos Aires, habíamos conocido a un coro proveniente de Cuba. Unos meses después, varios de sus integrantes habían escapado a España. En 2009, uno de los chicos del grupo gestionó un seminario de música argentina en Torre del Mar, Málaga y en tres meses grabamos nuestro primer disco, sacamos pasaporte y compramos el pasaje en avión. Allá fuimos. Yo caminaba entre nubes. Estaba viviendo aquel sueño del que nunca hablaba.

En el momento de pisar Barajas sentí por fin conocer a aquellos que habían venido a evangelizar al nuevo mundo, realmente yo nos veía como un grupo de indios con el bombo a cuestas. Pasamos por Valladolid a visitar a nuestra amiga, el contacto para el seminario, y cuatro días después a Málaga: subte, tren, micros del primer mundo, calles de adoquín, angostas y construcciones medievales. Olivos, puentes y el tan histórico Mediterráneo, del que conocía solo por los libros de historia.

Nos recibieron como si fuésemos estrellas de rock famosas y nos trataron con mucha admiración y respeto. Fue tan emocionante estar cantando música argentina y del Río de la Plata tan lejos de casa que lagrimeábamos a cada rato. Yo por primera vez valoré mi país y nuestra gente, la que habíamos dejado a miles de kilómetros.

De mi viaje de quince días rescato dos momentos maravillosos: Walter, uno de mis compañeros de grupo, cumplía cincuenta años y los anfitriones le regalaron un viaje en un barquito por la costa mediterránea. Fue mágico. Como estar sumergida en la historia medieval de guerreros y piratas europeos, una energía ancestral. Y el segundo momento maravilloso fue estar caminando por la peatonal costanera de Torre del Mar y Oscar, otro de mis compañeros, llevaba una camiseta de Argentina y un chico nos saludó de lejos y nos dijo: ¡Eh! ¡argentinos! entonces comenzamos a cantar nuestro Himno Nacional a cuatro voces.

Ese mismo día a la noche, que era la última, vivimos otra experiencia única. Era el ágape de despedida. Entramos a un salón, tímidos, porque había mucha gente. Teníamos destinada una mesa solo para los argentinos. Comimos y bebimos como europeos. En un momento de la noche, Oscar, presumiendo de sus conocimientos musicales, agarró la guitarra y se puso a tocar un tema que hacíamos a cuatro voces. Nos aplaudieron a rabiar. Seguidamente un chico español del otro grupo tomó la guitarra y en ese preciso instante la noche se convirtió en la más maravillosa de mi vida: estaba viviendo el verdadero Cante jondo, el real, el del pueblo español. Mujeres moviendo sus caderas y haciendo volar sus polleras y hombres expresando el ritmo flamenco con las palmas. Fue inolvidable. Quedará escondido en mi memoria por siempre. Nos fuimos cumpliendo una misión: los españoles de aquellos lugares no abrazaban y les insistimos tanto con eso, que la despedida estuvo llena de abrazos y lágrimas. Un viaje que quedará guardado en un rincón de mi corazón.


lunes, 11 de diciembre de 2023

Cena de fin de año

 


 



Son los 70’s. Iris se levanta muy temprano para empezar a organizar el último día del año. Cuando despierte Carlos, debe estar el desayuno y la ducha lista. Ya tiene la toalla y la ropa de entrecasa que su marido le indicó preparar el día anterior. Seguramente Carlos se instalará en el galpón para terminar algunos trabajos de carpintería.

Mientras espera que se cocinen los pollos en el horno, Iris riega las plantas. Acomoda las macetas, remueve tierra y limpia las hojas del potus. Observa la parra que había plantado su abuelo y le da nostalgia. Piensa que tiene que podarla un poco porque tal vez brinden allí. También baldea el patio para que se luzcan las flores. La perra Tití está inquieta. Persigue a la mujer por toda la casa. Iris escucha a Carlos y sabe que debe ponerse a su servicio hasta que él se vaya al fondo con sus herramientas.

Iris viene cocinando desde hace varios días. Está cansada, pero la siesta no es una opción. Acomoda las fuentes para ultimar detalles: vierte la mayonesa casera, termina la vinagreta, decora el pan dulce que casi se quema. Es el momento de encerar los pisos y, como Tití continúa alrededor de la mujer, la encierra en el lavadero. La casa queda hecha un espejo. Tití no para de ladrar y de golpear la puerta. Finalmente, para no escucharla más, la mujer le abre. El animal sale corriendo como loco hacia el patio y llega hasta el jardín, donde Carlos había regado. Por supuesto, la tierra está mojada y la perra embarra sus patas. Entra al comedor ensuciando los pisos lustrosos al tiempo que Iris la corre por toda la casa tirándole todo lo que encuentra a su paso. Vuelve a limpiar. Al terminar, la mujer pone música y se sienta en el sofá. Cierra un momento los ojos.

Iris se despierta sobresaltada y comienza a preparar la mesa de fin de año: estira un pulcro mantel blanco con motivos navideños sobre ella y luego acomoda la vajilla de porcelana y cristal, la de su abuela alemana. No falta el centro de mesa con la vela en el medio, rodeada de piñas y guirnaldas de colores. Destina un lugar para cada uno de la familia y coloca diez tarjetitas con los nombres. También una mesa aparte para los cuatro chicos. Corre un poco el árbol de navidad para que no moleste. Es muy alto y no quiere que esté tan cerca del winco. Observa y nota que al pesebre le faltan piezas y protesta porque sabe que su nieto menor ha estado toqueteando en su última visita. Ya se acerca la hora de la cena. Iris se pone un vestido nuevo. Se saca los ruleros y rocía el pelo con spray. Luego se pinta los labios. Se dirige a la cocina y se coloca el delantal.

El primero en llegar es Pedro, su hijo mayor. No empecés con mi mamá, le susurra a su mujer. Se sientan en el sillón del living y empiezan con los aperitivos que Carlos va trayendo de la heladera del galpón. Al rato, se abre violentamente la puerta de entrada. Llegaron las mellizas, Alba y Emilia, con sus hijos pequeños y sus maridos. Rompen la tensión del momento. Carlos ya está “entrado en copas” y saca un tema de política. Comienza a discutir con Pedro. ¿Ya empezás, viejo?, se queja Iris desde la cocina.

Jorgito, el hijo menor, viene viajando desde el sur donde le tocó hacer el servicio militar. Iris mira a cada rato el reloj porque no va a servir la comida hasta que no estén todos. Por suerte ya está estacionando el auto su hija Elena. Es la única que la ayuda porque siempre dice que le da lástima que su madre trabaje tanto los días festivos.

Finalmente, llega Jorgito y todo es alboroto. Su mamá está feliz de verlo y lo abraza emocionada. Le tiene preparada la ropa por si quiere refrescarse. Gritos y risas invaden la sala. Carlos ya está sentado a la mesa y sigue tomando alcohol con su hijo Pedro. Cuando están todos listos, las mujeres traen la comida. Elina se queda sentada, acomodando su vestido de seda italiana y disimula estar regañando a su hijo. La perra está afuera, pero logra empujar la puerta mosquitero y corre alrededor de la mesa queriendo jugar con los niños.

Hay discusiones de todo tipo. Carlos se pone más borracho y más agresivo. Carlos, ¡no discutas!, se escucha decir cada tanto. Hace mucho calor y los ventiladores no dan abasto. Iris, transpirada, observa que todo esté bien dentro de lo posible. Trae más comida. Falta poco para las doce e Iris se apura a lavar los platos para no tener que hacerlo más tarde.

Todos se dirigen hacia la mesa del patio, para brindar debajo de la parra. Llega el momento y el cielo se cubre de fuegos artificiales. Los nenes más chiquitos se asustan y se ponen a llorar. Elina, histérica, se tapa los oídos y grita. Carlos sigue protestando porque hace unos meses fue el rodrigazo y maldice al gobierno. Empieza a dar un discurso incomprensible, a media lengua. Tití, que le tiene terror a la pirotecnia, queda enredada en el cable de las luces del árbol y este cae al piso haciendo trizas la decoración. Los chicos más grandes corren a la perra por todos lados a los gritos, hasta que alguien la encierra en el galpón. Los más jóvenes tratan de ponerle alegría al momento descontrolado, haciendo chistes y riéndose a carcajadas. Sirven el champagne. Brindan y se abrazan y se dan besos. Iris se sienta en un rincón a comer las doce pasas de uva.

Pasa una hora del nuevo año. Las mellizas ponen música fuerte y bailan con sus maridos. Pedro, cansado de las agresiones de su papá y las demandas de su mujer, busca sus pertenencias y se dispone a salir rumbo al auto. Carlos lo persigue tambaleándose. Se le patinan las palabras y, levantando el dedo índice dice: ¡ya van a volver los milicos! Cuando está llegando a la escalera de entrada, se tropieza y cae. Iris pega un grito y todos corren hacia la puerta. Pedro baja del auto y ve la sangre en la cabeza de su padre. Elina llora y sus hijos junto a ella, también. Los más jóvenes levantan al hombre y lo arrastran hasta el sillón. Está inconsciente. Inmediatamente, los yernos llevan a Carlos al hospital.

Alba y Emilia acuestan a los nenes, preocupadas. Pedro lleva a su familia a casa y promete ir a ver a su papá. De repente, todo queda en silencio. Elena abraza a su madre y la tranquiliza. La toma de los hombros y se dirigen a la cocina. La hija le prepara una taza de té de tilo. No te preocupes, mami, estaba muy borracho, se va a recuperar, le dice. Iris lloriquea. Tiene una mezcla de bronca y angustia. Repite una y otra vez que quería una cena de fin de año perfecta. Tu papá no entiende que no tiene que tomar tanto; esa Elina, no es capaz de levantar un plato; tus hermanas que ponen la música tan fuerte; y esta perra… Iris se interrumpe y la mira. Titi le apoya el hocico en su falda y le mueve la cola. La mujer la acaricia.

Entrada la madrugada, suena el teléfono. Es Pedro: Quédense tranquilas, papá está bien. Iris suspira y abraza a sus hijas. ¿Quieren café?, pregunta. Nosotras nos vamos a tirar en un colchón con los nenes, dice Emilia. Elena se va a fumar bajo la parra después de tirar los restos de garrapiñada y pan dulce esparcidos por el suelo. Tití se tira a sus pies.

Iris empieza de a poco a levantar los vasos de la mesa. Luego se pone el delantal y termina de lavar lo último. Toma la escoba y la pala y barre el living y el comedor. Después la cocina y llega hasta el patio. ¡Vení, mamita!, le dice Elena ¡vení, reina!, disfrutemos este silencio. Tenemos todo un año para las siguientes fiestas. Y ambas se quedan dormidas en las reposeras, con los primeros rayos del sol.

 
Alejandra Busconi
14/11/2022

jueves, 16 de noviembre de 2023

El parto

 

Caminó diez cuadras de tierra hasta la ruta. Eran las ocho de la noche. La acompañaba su hijo Juan Pablo. Karina tenía treinta años y esperaba otro varón. Los dolores no le permitían tomar dimensión del peligro en la oscuridad. Estaba en el kilómetro cuarenta y siete de la Ruta 3.

Se acercaron a la parada de los colectivos y tuvieron la suerte de que llegara uno: A la Clínica del kilómetro treinta y dos, dijo Juan Pablo. Y el chofer los dejó pasar. Las contracciones eran leves aún. El chico tenía doce años, no hablaba mucho y estaba un poco asustado, pero sostenía a su mamá. Entraron a la guardia y Karina expresó: buenas noches, tengo contracciones. Lo lamento señora, no hay cama acá, le dijo una enfermera que pasaba por ahí. Karina se dio media vuelta y le dijo a su hijo: Vamos al hospitalito del kilómetro treinta y ocho. Caminaron de vuelta hacia la ruta.

A esa hora de la noche los colectivos pasaban con menos frecuencia, ya eran las diez. Lograron llegar a pesar del miedo y los basurales que no los detuvieron. Entraron a la guardia, que estaba llena de gente, y contra todo obstáculo Karina se acercó al hombre de seguridad y le dijo: ¡Estoy con contracciones, ya viene mi bebé! De nuevo lo que no quería oír: Espere allí, me parece que no hay cama. Ya estaba agotada. Sabía que cuanto más caminaba más apuraba el parto. Juan Pablo se acercó a una enfermera y con timidez le explicó la situación de su mamá. ¡No!, le gritó la mujer, ¡no hay cama!

Rendida, Karina salió furiosa y le dijo a su hijo: Vamos directo al hospital de Cañuelas. No te preocupes hijo, este bebé va a llegar hasta allá. El viaje fue largo y tortuoso. El hospital quedaba en el kilómetro cincuenta y Karina sentía que tenía tiempo suficiente. Nuevamente directo a la guardia. En ese lugar había una recepcionista, pero la volvieron a rechazar. Juan Pablo suplicaba que la atendieran y Karina retorciéndose de dolor y con lágrimas en los ojos, dijo: ¡Ya viene mi bebé! ¡Vengo de muy lejos! La empleada no contestaba. Una señora que estaba haciendo el trámite en el mostrador comenzó a gritar: ¿No les da vergüenza? ¡Esta chica no da más! ¡Tengan un poco de consideración! ¿No ven lo mal que está? Juan Pablo lloraba y abrazaba a su mamá. En ese momento se acercó una médica. Tomó a Karina, llamó a un camillero y le dijo: Por favor, lleve a esta mujer a las camas de la enfermería. Juan Pablo tuvo que encargarse de todo. Besó en la frente a su mamá y esa fue la última vez que la vio.

El chico se quedó dormido. Era domingo ya y el hospital estaba desierto. Cuando despertó, comenzó a caminar por los pasillos buscando a su madre. Estaba muy angustiado. Una enfermera lo tomó del brazo y lo hizo entrar a la sala de enfermería. Le dio un café con leche con dos medialunas y quedó ahí un rato largo. Veía médicos y camilleros que pasaban por los pasillos y nadie le daba una respuesta.

A mitad de la mañana se acercaron dos personas de los servicios sociales: ¿Podés llamar a algún familiar?, le preguntaron. Mi abuela está cuidando a mis hermanas y no tiene teléfono, contestó el niño, no hay nadie más. Esas personas tuvieron que contarle todo: su hermano había nacido hacía unas horas, era un bebé muy grande y sano, pero su mamá no resistió y había muerto. No podía ser que aquella mujer tan graciosa y buena ya no estuviera. Juan Pablo quedó mudo. Su corazón comenzó a desgarrarse. Se apoderaron el miedo y la incertidumbre y llorando amargamente dijo: me quedé solo.

5/10/2022

 

sábado, 14 de octubre de 2023

El mate


Lo que significa el mate para mí

Comencé a tomar mate a mis trece años, allá por los años ochenta. Mis tíos alquilaban una casita en Ramos Mejía. Era una casa sencilla. Lo que más me llamaba la atención de ella eran sus muebles, humildes y en perfecto estado. En las paredes había recortes de revistas y diarios de connotación social: un chico de color, una pintura de Renoir, o unos hippies con el símbolo de la paz. Era todo lo opuesto a mi casa.

El primer mate que tomé en mi vida fue amargo y muy fuerte. Probalo, me dijo la tía Irene, después no vas a poder parar, y para entrar al clan, lo hice. Me resultó algo así como si… hubiese tomado jugo de limón puro, o hubiese comido un zapallito hervido. Pero a partir de ese momento fue un viaje de ida. El mate es la comunión de dos personas en una charla  intercambiando ideas. O simplemente acompañarse en silencio. También es rueda de amigos en una actividad social o un instante de unión en una reunión familiar.

Mi abuela hacía unos mates bastante calientes y se le quemaba la yerba enseguida. Era un rito que tenía con sus nietos, tal vez era la forma de brindarnos su amor. Mi papá los hacía espumosos, pero muy calientes y yo los soportaba porque los mantenía ricos.

Cuando conocí al padre de mis hijos noté que en su casa tomaban café, tazones grandes de café, sobre todo con leche. Pero descubrí que su papá, que se levantaba a las seis de la mañana, hacía un ritual: ponía la pava, preparaba el trabajo en la piecita del fondo y tomaba mate solo, toda la mañana. Daniel empezó a tomar conmigo cuando nos casamos. Por suerte le gustaba frío y amargo, como a mí.

Yo no concibo el mate dulce, me cae mal, pero el que sabe, sabe. Tuve una pareja, cuyos ancestros provenían de Santiago del Estero y hacía el mejor mate dulce de la ciudad. Lo preparaba con mucho amor espumoso y con la temperatura justa. Mucha gente me convida dulce, y yo lo tomo para no despreciar ¡El mate no se desprecia!

No tengo muchos mates. Los que tuve los compré en lugares lejanos, como por ejemplo cuando fui a Viedma a un concurso coral. Allí me robaron mi mate en un quincho que había en el predio. Al otro día me levanté y fui para el centro. Había una feria artesanal en la plaza con un solo puesto porque era temprano. Y allí estaba, el matecito que me calzaba justo: chiquito y para tomar sola. Los elijo con mucho cuidado, no compro cualquier cosa y los uso hasta que se rompen. Tienen valor afectivo.

En la actualidad tengo mi momento de reflexión por la mañana. Me gusta levantarme antes que amanezca, sobre todo en invierno y pongo la pava, como hacía mi suegro. Tengo un mate muy pequeñito con la bombilla dorada. Este lo compré en un viaje al Palmar de Colón, Entre Ríos. Con mucho placer preparo mi escritorio para mi momento único. Debajo de la pava o termo coloco un repasador y me siento a desayunar. Es el mayor placer del día. No me gusta ni que me hablen ni que me interrumpan. Es la hora del día de comunión conmigo misma.

Don Eladio (la pobreza)

 



 Don Eladio provenía de la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero. Era el menor de seis hermanos. Su infancia fue paupérrima ya que su padre había sido empleado en los cultivos de algodón y ganaba una miseria. A veces los chicos, jugando en los bañados, comían tierra pantanosa para engañar sus estómagos. Vivían descalzos, entre alacranes y arañas.

A la edad de quince años, Eladio viajó hacia Buenos Aires y se instaló en la localidad de La Matanza. Allí compartió rancho y comida con su primo Mario, quien había dejado Santiago siendo adolescente. Cuando cumplió veinte, Eladio se empleó en el rubro del caucho y allí estuvo varios años, pero un accidente lo dejó discapacitado y ya nadie lo tomó para ningún trabajo.

A sus cuarenta, este hombre de aspecto aborigen, algo seductor y con un espíritu inquieto, empezó a darle merienda a los niños pobres de su barrio. Conseguía pan fresco y manteca que recibía como donación de una familia adinerada que había conocido haciendo changas. Ponía una olla enorme arriba del fuego hecho con troncos, muy cerca del Tilo que él mismo había plantado, entonces los chicos que pasaban por ahí para ir a la escuela, entraban en aquel terreno largo y se sentaban un rato junto a Don Eladio. Mientras tomaban su mate cocido, él les contaba historias de su infancia. A veces ese alimento era el único del día, para el estómago y el alma.

El hombre les enseñaba que había un mundo gigantesco allá afuera. Les aconsejaba que fuesen a la escuela y estudiasen mucho, porque a la hora de reclamar sus derechos, tendrían la fortaleza de hacerse entender. Los políticos usan a los pobres para su campaña electoral, no les importa el ciudadano, mientras exista la pobreza extrema, el país no va a salir adelante, les decía. Te compran con un subsidio, pero seguís viviendo en un rancho sin agua, sin baño y colgado de la luz.

El hombre era muy limpio y ordenado: cuando los niños entraban al terreno lo hacían a través de una tranquera que él mismo había confeccionado. Un camino de piedras los llevaba directo a un piletón para lavarse las manos. Muy cerca estaba el Tilo y el pasto estaba prolijamente cortado. Los vecinos le habían construido una rampa para su silla de ruedas. Su rancho estaba edificado en una loma para protegerlo de las inundaciones. La gente lo ayudaba agradeciendo tanta bondad. 

A los cincuenta años Don Eladio se enamoró de Doña Celeste, una hermosa mujer de origen peruano, chiquita y regordeta. Lo acompañaba en su labor con los chicos pobres. Con su delantal a cuadritos y siempre con una sonrisa en el rostro, Doña Celeste alegraba las mañanas, sobre todo en primavera, cuando se mezclaban el aroma del jazmín del país y los primeros brotes del Tilo. La cantidad de niños fue en aumento en aquel lugar olvidado. Tenían la ilusión de construir una cocina en un pequeño salón para no pasar las incomodidades del clima y poder darle a los niños una comida más suculenta.

Don Eladio y su amada Celeste se casaron y fueron famosos en aquella zona. Pusieron en marcha el proyecto de construir un Comedor comunitario. El primo Mario les ofreció la mano de obra cuando consiguieron donaciones de materiales para la construcción. Además recibieron una cocina, los utensilios y algunas mesas y sillas. Los vecinos construyeron un horno de barro para hacer pan y muchos niños podían comer dos veces en el día. Don Eladio seguía contando sus historias, generación tras generación de niños pobres, bajo la sombra del Tilo. A través de los años, aquel terreno en medio de la nada seguía olvidado, pero ese hombre servil y humanitario hacía felices a aquellos niños de la comunidad y nunca pidió nada a cambio. Hoy el barrio lleva su nombre. 

19/7/2022 


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