domingo, 16 de marzo de 2025

El recorrido


Son las diez de la mañana. Estoy de buen humor. Tomo el colectivo a Laferrere, hacia el Barrio “Don Juan”, un asentamiento en La Matanza, donde parece que el tiempo se hubiera detenido en los años ochenta. La unidad no tiene aire acondicionado. Ya hay veintisiete grados. Me espera un trayecto de dos horas y media. Voy de una terminal a otra. Viaje completo.

Ingreso por adelante. A mis cincuenta y cinco años me cuesta mucho subir esa escalera. Inmediatamente maldigo al país. En pleno siglo veintiuno, a los discapacitados y ancianos se les dificulta viajar en un transporte tan popular. Nunca se hace nada por ellos. El chofer me recibe con cara de disgusto. Le solicito el destino. Me acomodo en un asiento individual, del lado del sol. La sensación térmica es mucho mayor, pero lo prefiero así antes que alguien se siente a mi lado y me toque con la pierna sudorosa.

Leo un rato. Reviso mensajes del celular. Pero a la mitad del viaje comienza mi hastío, ya no sé cómo acomodarme. Me molesta todo: la cumbia que escucha el colectivero; el reguetón que se oye desde el asiento de atrás y las voces del grupo de compañeros de trabajo que regresan del turno de la noche. Todo el ruido se mezcla en mi cabeza que está a punto de estallar y el calor lo dimensiona. El tránsito no fluye. Están arreglando las calles porque es tiempo de elecciones.

El viaje dura media hora más. Finaliza en medio de la Ruta 3. No hay una estación terminal. No hay árboles, solo un montón de tierra seca y basura. Camino diez cuadras al sol tajante sobre veredas rotas. Busco un kiosco o almacén para comprar agua mineral. No existe.

Llego al comedor comunitario. Hoy no cocinaron, está todo cerrado. Espero al sol y hago algunas llamadas, pero nadie me atiende. Es hora pico de calor. La ropa se me pega al cuerpo y debo estar colorada como un tomate. Veo a lo lejos un almacén donde por fin podré conseguir agua. Vuelvo por las diez cuadras.

Voy hacia la parada. Hay una fila de personas de casi media cuadra. Treinta y cinco minutos de espera al calor sofocante. Se estaciona el colectivo, pero espero al siguiente porque está lleno a reventar. A los veinte minutos, subo. Ahora el chofer es un pibe joven que escucha bachata a todo volumen. Ni me mira. Puedo conseguir un asiento individual, que también está del lado del sol y lo primero que hago es abrir la ventana porque, por supuesto, este colectivo tampoco tiene aire acondicionado. Se amontona cada vez más gente.

Hay una parada en la estación de Laferrere donde sube todo el mundo. Arrancamos. Vamos apretados como sardinas. No se puede respirar. Yo estoy atrás de todo y escucho que el colectivero grita: ¡Un asiento para la señora, por favor, que está embarazada! Silencio. El chofer repite: ¡un asiento por favor! Varias personas lo secundan en el pedido. El colectivo se detiene y se escucha: ¡Hasta que la señora no se siente, no vamos a avanzar! Estoy paralizada de calor. El tiempo transcurre en cámara lenta, como en una película. Es el fin del mundo. Se oyen gritos. Me parece que estoy metida dentro de un horno. La calza negra me quema la piel, literal. Todo se va oscureciendo de a poco hasta que una cálida brisa empieza a golpear mi cara y reacciono. Vamos andando de nuevo. Vuelvo a maldecir al país: los trabajadores viajamos como ganado y ganamos poco algunos no hemos tenido posibilidad de estudiar y parece que todo cuesta el doble de sacrificio todo está caro no se cumplen las leyes a los gobernantes les importamos muy poco. Nunca les importa el ciudadano. Todo es una mentira.

Ya queda menos de la vuelta. Estamos llegando al centro de San Justo y se ve a lo lejos un piquete. Un mar de gente con banderas y bombos. El chofer debe salirse del recorrido, entonces avisa que esta es la última parada, que el que tenga que bajar, lo hiciese ahora, entonces el colectivo se despeja. Me voy a un asiento doble a estirar las piernas en la sombra. Damos vueltas y más vueltas. Va por calles de tierra y zonas de extrema pobreza. Por fin vuelve a su ruta, pero todavía falta como una hora más de viaje.

Llego a destino. Ya son las tres de la tarde. No veo la hora de estar en casa y meterme bajo la ducha fría. Pero no. Todavía me falta tomar un colectivo más.

 

Alejandra Busconi 4/3/2025 

Alejandra Busconi

4/3/2025

jueves, 23 de enero de 2025

¡Chau, viejita!

 



Me voy a quedar con los buenos recuerdos. Fuiste una luchadora incansable. Me dejás de regalo el don de la perseverancia. Y este último mes de vida la peleaste hasta el final. Esa cabeza tan lúcida...

Lo di todo para que estuvieras bien, para que me pongas un diez como hija. No sé si lo logré, porque a vos nada te alcanzaba, pero con tu agradecimiento me basta. Sé que soy una persona difícil y a veces malhumorada. Vos hiciste lo imposible para que me sintiera bien en tu hogar, ese hogar que se había destrozado cuando papá y Dani se fueron.

¡Viejita! ¿Con quien voy a hablar de política tan fervientemente? O de los chismorreos de la farándula. De las recetas ricas que queríamos preparar. No pude saborear los "chorizos a la pomarola" ¡Qué rico cocinabas! Y te gustaba comer, como a mí. 

Te perdono por todo y me perdono a mí misma por todo. Ya está. Lo malo quedó atrás. Me quedo con la Titina que, estando vulnerable por la mala salud, era una viejita linda. Mi mamá. Aquella con la que mirábamos novelas en mi infancia o comentábamos el programa de Lanata, nuestro héroe, estos últimos años. Te fuiste con él. Vos lo decías: "estamos en la misma condición".

Voy a extrañar esa energía imparable. Esa "bola de nervios" que nos mantenía vivos. No bajar los brazos, no darse por vencido, eran tus lemas. Cometiste muchos errores por querer llevarte el mundo por delante, pero después lavaste las culpas. Nadie te podía enfrentar. Nadie se atrevía.

¿Chau, viejita!

No me salió decirte "te quiero", pero en el fondo, sabías que si.


Mari Marietta (para vos)


jueves, 9 de enero de 2025

La decisión correcta


 


Después de mi crisis del año 2011, me anoté en la Universidad de Tres de Febrero para estudiar la carrera de Licenciatura en Música. El curso de ingreso duraría todo el mes de marzo y comenzaría la carrera en abril del año 2012. Cuando empecé, estaba feliz. Tenía afinidad con algunas compañeras con las que hice un par de trabajos y estaba muy conforme con los profesores. No iba a tener instrumento, que siempre fue tedioso para mí.

Ir a la universidad y estudiar por fin la carrera que tanto había deseado, era mi sueño. Me quedaba cerca, mis hijos ya eran grandes y con el trabajo no tenía problemas. Cursaba tres veces por semana. Los martes tenía muchas horas de lenguaje musical y salía bastante tarde, pero estaba dispuesta a hacer ese sacrificio. No estaba en un buen momento anímico y emocional, puse voluntad y decidí pensar en mí y solo en mí.

A dos semanas de haber comenzado, recibí un llamado telefónico: era el director de coros con el que yo anhelaba cantar: Juan Picarel, el músico que había tenido el coro más hermoso que yo había escuchado. Hacía unos años, yo lo había llamado para formar parte de su grupo, pero se estaba disolviendo en aquel momento.

Juan me convocó para formar parte de un coro nuevo. Me consideré la persona más afortunada del mundo porque un director de tal calidad me había elegido. No podía creerlo, me sentí halagada y orgullosa de mí misma. Pero había un problema, los ensayos serían los martes. ¿Cómo iba a hacer con la facultad? ¡Se superponía el día! No podía faltar a la materia más importante de la carrera, no había chance de cambiar el día. 

Llamé a mi hijo y le dije que necesitaba hablarle con urgencia por un tema muy importante. Abel es una persona muy observadora y da buenos consejos. Ve los problemas desde afuera y empatiza con los demás. Entonces, en ese momento, era el indicado para ayudarme con la decisión.

Estuve toda una tarde charlando con él y exponiéndole por qué era tan importante cantar en ese coro. Entonces Abel me dijo algo muy sabio para mí: Tu objetivo en esta vida es hacer música. Te hace bien, ¿no?, es tu pasión. Y yo lo interrumpí: Es mi religión. Entonces hacé lo que te haga más feliz.

El día que llegué al primer ensayo no podía creer que estuviese allí, rodeada de profesionales: cantantes de excelente nivel, profesores, directores y estudiantes de la UCA de la carrera de dirección coral. Me sentía en las nubes. Juan explicó por qué había elegido a cada uno y cuando llegó mi turno dijo: Elegí a Alejandra porque el grupo vocal al que ella pertenecía hacía la mejor versión, que yo haya escuchado, de una canción de Silvio Rodríguez. Sumamente emotiva y expresiva. ¡Qué hermosas palabras! Había dado frutos toda mi experiencia y mi trabajo de tantos años con la música. Me quedé en ese coro por diez años. Me ayudó a entrenarme musicalmente y conocí gente maravillosa.

Tuve la intención de volver dos veces a la universidad, pero no me convenció el programa. Fue cambiando mucho y hoy es una carrera de instrumentos autóctonos que no me interesa. Puedo asegurar que aquel año tomé la decisión correcta.


Alejandra Busconi 4/12/2024

domingo, 6 de octubre de 2024

Ruinas

 


Estoy entrando a mi casa. ¿Qué hacen Abel y su padre parados en medio del comedor? Parece las ruinas de Kosovo. Libros y revistas infantiles tirados por doquier. Juguetes desparramados. Bolsas, cajas y guitarras apiladas en un rincón. Y la ausencia de León. Se lo llevó la madre. Me invade el terror de no volver a verlo y un dolor repentino en medio de mis entrañas. Abel está deshaciendo la cama que compartía con su novia. Daniel está ansioso, acarreando bolsas de ropa ¿Por qué justifica a nuestro hijo? Le preparó el quincho de su casa para que pueda vivir allí. Siento que invaden mi espacio y arrasan el lugar con toda la fuerza de la furia que les ocasiona Ailén.

Ella tiene veinte años, es una chica muy sufrida. Sus padres son dos personas exigentes que, cuando ella quedó embarazada, le pidieron que no dejase los estudios. Le pagaron un sueldo y su trabajo era seguir estudiando y cuidar a León.

Es de noche y luego de tanto ruido de martillo y carretilla… el silencio absoluto. Recorro la casa. Voy a la habitación donde dormía mi nietito y me brotan lágrimas de impotencia. La pinté para él y le arreglé ventana y puerta. Me recluí en la habitación más chica para darle espacio a la nueva familia y de repente… ¡la bomba atómica! que hace desaparecer los cuerpos y todo a su alrededor. No hay más cochecito, ni cuna, ni ropita de bebé. No hay más vocecita. No queda nada. Vuelvo al comedor. Veo al oso Roberto. Me aferro a él. Estoy llorando amargamente, sentada sobre los “bibitos”… Libritos de mi nietito que quién sabe cuándo le volveré a leer. La casa queda en pausa.

El primer día sin León. Me levanto y paso sobre las ruinas, como si nada. Me acostumbro a ellas. El segundo día, igual. Al tercer día, el silencio abrumador me perturba, pongo rock and roll a todo volumen y comienzo a acomodar mi hogar. Me siento en el sillón. Estoy haciendo planes: voy a cambiar las cortinas; voy a pintar las paredes de otro color y me voy a mudar a la habitación grande. Un nuevo comienzo. Libre al fin

 

Alejandra Busconi

1/10/2024

jueves, 12 de septiembre de 2024

Caminata de primavera

 


Sale temprano por la mañana. Llega a la plaza del barrio y comienza su rutina: inhalo, exhalo, inhalo, exhalo. Por momentos sus pensamientos se escapan hacia arriba y salen perdiéndose a través de las copas de los árboles. Vuelve a concentrase en la respiración: inhalo y exhalo.

Por su nariz entra un agradable aroma a jazmín del país y le recuerda su infancia en la casa de sus tíos. Había una arcada en la entrada con una frondosa planta y le vienen imágenes de sus primos corriendo a recibirla con los brazos abiertos y los tíos con el mate en la mano. Fueron momentos felices, llenos de música y amigos, sobre todo cuando, junto a su familia, pasaban el año nuevo, con luces de colores, juegos en el agua y risas hasta el amanecer. Vuelve a su eje: inhalo y exhalo, varias veces seguidas.

Su mente vuelve a dispersarse con el aroma a café que emana del bar de la esquina. Recuerda a su antiguo amor, el que le llevaba el desayuno a la cama mientras planeaban una escapada a las sierras de Córdoba o una visita a sus amigos en Brasil. Eran muy jóvenes. cuando viajaron a Montevideo para participar del llamado de los tambores. Él le propuso matrimonio y ahí mismo tomaron la decisión de casarse en esa la playa. Fue muy feliz con los preparativos de una fiesta íntima y sencilla. Pero la historia de amor quedó interrumpida cuando en el viaje, un camión se cruzó de carril y chocó contra su auto. Su amor falleció en el acto. Vuelve a la respiración y se conecta consigo misma.

Una ráfaga de aire fresco la lleva a otra playa, hacia aquel verano donde sus hijos conocieron el mar ¡Cómo gritaban felices cuando los tocaban las olas! Todo eso quedó muy lejos. Mira hacia el cielo con lágrimas en los ojos. Inhala, exhala, inhala, exhala y vuelve sobre sus pasos que retoman la velocidad.

Se cruza con un grupo de amigotes gordos hablando de política: ¿A quién habrán votado? ¿A qué se dedican? ¿Se querrán ver bien frente a sus esposas o estarán recién separados? Está enojada con el país por la pobreza. También abraza la causa contra el sexismo. Ella sufrió abusos y golpes de todo tipo y sus hijos también. Todo comenzó cuando su marido se quedó sin trabajo y se entregó a la bebida. Fue después de su separación que empezó a comerse el pasado. La soledad la había atrapado y a los cincuenta años se encontró con ciento veinte kilos. Se escondió en su casa por muchos años, la alimentaban la angustia y los antidepresivos. Sus hijos se habían ido a vivir lejos, sus padres y sus tíos habían muerto. Ya no le quedaba nadie. Hasta el día en que sufrió un colapso y la tuvieron que internar en un hospital por varios días. Allí conoció a un médico que la ayudó a salir de ese estado. Le recomendó unos grupos para bajar de peso y así empezó a recuperar su vida. Unos meses más tarde se casó con él.

Todos los días camina una hora, rodeada del mismo panorama: jóvenes musculosos y chicas con calzas coloridas; la adiestradora de perros dándole clase a señoras con sus mascotas; el profesor de yoga con un grupo de ancianos en sus colchonetas y adolescentes haciendo fierros. Todos ellos adornan sus mañanas. Inhala y exhala y decide volver. Se mira en la vidriera de un negocio y no se reconoce. Por primera vez se acepta y se gusta. Ya ha bajado cincuenta kilos.

 

Alejandra Busconi

28/11/2023

lunes, 5 de agosto de 2024

Fotos de cumpleaños

 


Mamá siempre cuenta que, cuando yo iba al jardín, no me gustaba ir a ningún cumpleaños. Dice que llegábamos a la casa de mi amiguito o amiguita y después de un largo viaje en colectivo le decía: No quiero entrar. Los recuerdos sobre mis cumpleaños son a través de algunas fotos y esas fotos me hacen revivir lo que sentía en ese momento.

La primera que recuerdo es una de mi cumpleaños número cinco. Estaba bailando al lado del tocadiscos, haciendo un paso Beat, que practicaba con los programas de televisión los sábados por la tarde. Sonreía, con mis pies en movimiento. Recuerdo una intensa emoción. Tenía puesta ropa nueva: la minifalda azul con una tabla y una camisita blanca de mangas largas, zapatos guillermina lustrados y medias can can. Tenía el pelo largo hasta la cola, mi tesoro más preciado. Un cumpleaños con muchos vecinos de todas las edades y mis primas.

La segunda foto es de mi cumpleaños número siete. Una hilera de chicos pegados a la pared, haciendo un juego con un payaso que también hacía magia. Lo que recuerdo de ese cumpleaños es que un rato antes de la hora del festejo, mi mamá y mi papá estaban preparando la decoración en el comedor, inflando globos y yo sentada en una silla diciéndoles: ¿Y si no viene nadie?, era el pequeño terror que me atrapaba un minuto antes de que llegaran los chicos. Ese día no faltó nadie. Eran como veinticinco, entre vecinos y compañeros de colegio.

La tercera foto es de cuando cumplí ocho, el cumpleaños más feliz de mi vida. Yo estaba sentada mirando una función de títeres que habían preparado mis tíos. Mi prima Paula, con apenas dos añitos, estaba subida encima de mí. Hacía muy poco que la conocía porque mi mamá y mi tía se habían peleado y habían estado dos años sin hablarse ni verse. La fiestita la animaban ellos mismos, Amanda y Oscar, los hippies, que confeccionaban los títeres e interpretaban obras en las escuelas. Ese día no me importó la ropa ni la cantidad de chicos, me brotaba una dicha inexplicable porque tenía a mis tíos de vuelta.

Durante los cumpleaños de mi infancia, los amigos, la música y la ropa nueva de cada año, me producían mariposas en la panza, además de ver a mis padres sonriendo todo el tiempo y a mi hermano, pegado a mí, haciendo sus monerías. Fueron buenas épocas.

 ALEJANDRA BUSCONI



24/11/2021

martes, 16 de julio de 2024

El hincha más puro

 


Dani tenía dos camisetas cuando era chico: una de Boca Juniors y la otra de River Plate. Boca ganaba la copa local, entonces él era de Boca todo el año y cuando ganaba River, se ponía la camiseta roja y blanca. Un día, mamá le pidió que se decidiera y optara solo por un equipo, entonces se hizo de Independiente como papá.

Para el Mundial de 1978 Dani tenía quince años. Coleccionaba las figuritas, le compraron el simple de la canción oficial y pegaba en las paredes de su habitación todos los posters de la selección argentina que le regalaban. Fue un mundial inolvidable. Dani sintió verdadera pasión en cada partido: cada movimiento y cada jugada, los sentía propios. También sus festejos y enojos. Vivió cada partido como si hubiera estado dentro de la cancha. Repetía las palabras del Director Técnico, aceptaba los cambios en el partido y hablaba con amor de cada uno de aquellos seres humanos que pateaban la pelota. No presentaba objeciones. 

A Dani le compraban la revista El Gráfico todas las semanas. Las leía y releía y su memoria retenía vida y obra de los veintidós jugadores de la selección. Argentina llegó a la final con Holanda: El que no salta es holandés, cantaba Dani. Holanda era el enemigo. Argentina tenía que ganar para salir campeón. El partido terminó uno a uno. Fueron al alargue. Nervios, pasión, confianza, era lo que Dani sentía en ese momento. Él siempre apostaba a ganar. El segundo gol fue de Bertoni, su ídolo máximo, porque era de Independiente, y el gol del triunfo, de Mario Alberto Kempes. Argentina salió campeón por primera vez. Dani estaba feliz. Aquel día, después de ir a festejar, papá le relató paso a paso el segundo gol de Daniel Bertoni, su tocayo: le hicieron el pase a Kempes, Mario avanzó al arco para hacer el gol y Bertoni lo agarró del brazo y le dijo “dejámelo a mí” y como un dúo de baile, Daniel hizo el gol.  Dani amaba esa escena, su sonrisa era como la de Kempes y Bertoni después del gol, cada vez que la recordaba.

Para el año 1986, su amor incondicional por los nuevos jugadores y su Maradona querido, continuó de la misma manera. Nuevamente la felicidad: el triunfo a los ingleses, la mano de Dios y el desborde emocional de Argentina bicampeón. Le siguieron comprando El Gráfico. Su memoria guardaba todas y cada una de las jugadas y goles de todos los partidos. 

Apareció Messi en su vida. Cada cuatro años, Dani seguía apostando a ganar. Sufría y se enojaba con el enemigo, cuando no podíamos ser campeones. Como le pasaba a Messi. Quedaba amargado por ser subcampeón, como Messi; apenas terminaban las finales, empezaba una nueva ilusión, como Messi. Argentina ganó muchos torneos: Copa América, Panamericanos, Olimpíadas, pero nunca más un mundial. Treinta y cinco años pasaron y Dani seguía añorando y deseando volver a ver a su selección en el primer puesto. No importaba el DT ni de qué equipo venían los jugadores. Cada año recordaba aquel gol del triunfo: ¡Dejámelo a mí!, repetía con esa sonrisa de emoción que lo caracterizaba.

Dani murió un mes antes de que la selección argentina saliera campeón de América en el 2021. No pudo ver a Argentina campeón del mundo 2022. Hoy, a tres años de su partida, otra vez ganamos la Copa América. Su sonrisa de niño flota en las canchas. Su energía recorre la tierra argentina. Queda el ejemplo de un fan sincero, puro, respetuoso del que lleve la camiseta celeste y blanca… o azul, como aquella camiseta a él más le gustaba.

 

 

 

 

viernes, 12 de julio de 2024

Vida o Tiempo

 


El tiempo corre. La gente corre en las grandes ciudades. ¿Hacia dónde? ¿Por qué? ¿Para qué? El niño quiere crecer cuando el anciano quiere retroceder.

A mis quince años me dijeron: ¡Tenés toda la vida por delante! y de repente me encontré con un marido y una hija corriendo detrás del dinero. Sin dinero no podés alimentarte, sin dinero no podés vestirte, sin dinero no podés acceder a una vida digna. Entonces había que trabajar y correr detrás del tiempo para cumplir con las obligaciones. Correr detrás de los horarios de los demás: escuelas, jefes, medios de transporte, comercios o dependencias del Estado. Y la sociedad se apodera de tu tiempo.

La vida es tiempo y me arrepiento de no haberla disfrutado durante mi juventud como hubiese querido,. Gran parte de mis días me la pasaba tratando de cambiar a mis parejas como si yo fuese una maga. Reclamaba y demandaba lo imposible. Fui esclava del tiempo, hasta que pude construir, de a poquito, mi camino hacia la libertad. Mientras tanto, mis hijos crecían. Hoy trato de no perder el recuerdo de su imagen infantil, sus risas, sus voces y sus abrazos. Hoy trato de disfrutar cada momento con esos seres, ya adultos, y el tiempo se detiene en esos pequeños instantes. 

El tiempo me robó a mis seres queridos: tíos, primos y abuelos. Me sigue doliendo la muerte de cada uno de ellos… y los extraño. Me subo a mi propia máquina del tiempo y trato de revivir momentos que pasé con cada uno. Oigo sus voces, sus chistes y, sobre todo, siento sus abrazos. La última vez que vi a mi abuela fue en su cumpleaños postrero. Yo tenía diecinueve años. Me subió en su regazo y me dijo: Siempre vas a ser mi bebé. La última vez que abracé a mi prima Raquel, yo tenía treinta y nueve y ella treinta y seis y sigo reviviendo aquella mirada tan triste y tan hermosa. Repito: La vida es tiempo y me pregunto: ¿Quién se llevó a mi hermano?, ¿la vida o el tiempo? No presté atención. Pensé que Dani iba a vivir para siempre.

Hoy me encuentro a mis casi sesenta años y me detengo a pensar sobre el transcurso de mi vida. Fue un suspiro. Me encantaría poder acordarme de muchas cosas más para poder revivirlas, pero estoy viviendo aquí y ahora, disfrutando de mi propio futuro: mis nietos. Cuando estoy con cada uno de ellos voy cargando recuerdos para mi ancianidad.

Dicen que hay quince minutos, antes de morir, donde pasan la vida y los seres queridos. Es lo único que me quiero llevar.

 

Alejandra Busconi

10/7/2024

 

domingo, 2 de junio de 2024

Reflexiones de invierno

 



Escuchando la Dante Symphony de Franz Listz, leo la siguiente reflexión:

..."Algunas personas tienen al alcohol como obstáculo favorito, otros las drogas y muchos el trabajo. Se llenan de actividades para anestesiarse. No pueden tomarse media hora para salir a caminar, lo consideran una pérdida de tiempo. Infinidad de proyectos y obligaciones los circundan como las moscas rodean una bebida gaseosa puesta al sol.

Para otros, el obsesionarse con amores desdichados desplaza la posibilidad de la creación al alcance de sus manos. Abandonándose a la autocompasión, se transforman en víctimas instantáneas en vez de sentir la energía propia..."

viernes, 17 de mayo de 2024

Mi Dani (tercer aniversario de su fallecimiento)

 

Cuando mi hija Dalila tenía 3 años y empezó el Jardín de Infantes le preguntaron: Además de vivir con papá y mamá, ¿Hay alguien más en tu casa?, y ella contestó: Mi abuelo, mi abuela y “mi Dani”. Ella ya sabía que era diferente.

Mi hermano Daniel era un ser especial, no porque fuera una persona con Síndrome de Down nada más, sino porque era Dani, algo que nadie va a poder entender fuera de la familia y de los profesores y amigos que lo amaron. Un ser único, respetuoso, amable, educado y atento. Era de esas personas que se bajaban primero del colectivo para ayudar al otro. Decía: permiso, perdón, gracias y buenos días a todo vecino que pasaba por su lado. Siempre daba un abrazo, siempre solidario, siempre amiguero. Convertía nuestro cumpleaños en el día más importante del año, aunque no quisiéramos. Las reuniones familiares las llenaba de felicidad, a pesar de aburrirse con nuestras conversaciones, sobre todo de política. Amaba a las mujeres y las trataba con respeto.

Dani quiso a sus animales como si fuesen sus propios hermanos: tuvimos un perrito llamado Toy, que un día se había escapado hacia la calle y lo atropelló un auto. Lo llevamos a un Hospital Veterinario y lo dieron por desahuciado. Lo trajimos para casa y mamá nos dijo: ¡Llévenlo al depósito del edificio! Este lugar se encontraba frente a nuestra puerta de casa ¡Esperemos a que muera!, lloriqueó mamá. Dani lo visitó día y noche. Lo arropó, lo abrazó, lo alimentó como pudo, pero el perrito seguía en agonía. Dani insistió… Fue tanto el amor que le brindó que ese perrito sobrevivió y duró diez años más.

Dani cambiaba nuestra tristeza y nos apartaba de los problemas. Cuidó su casa, a su mamá y en este último año se dedicó a cuidar a su papá porque era suyo, de su posesión y, con su amor, lo hizo sobrevivir unos cuantos meses... como al perrito.

Hace diecisiete días que duermo en su pieza: me abriga y me cuida su olor y su energía. Me siento protegida. Todavía no puedo creer que se haya ido. No lo creo. Siento que va a volver con su bolsito de trabajar. Va a venir sonriendo, después de haber llevado la basura al cesto de afuera. Va a regresar de su caminata nocturna, de sus clases de teatro, de su psicóloga… Siempre, siempre con la sonrisa más hermosa.


viernes, 19 de abril de 2024

De la mano

 


De la mano

Voy caminando por la vereda con mamá y le agarro la mano. Veo lo alta que ella es y lo lejana que parece. Mamá siempre está con el pensamiento en otro lado: lava, plancha y cocina, pero, además, le encanta ir a caminar, a mirar vidrieras, no sé muy bien dónde. Estoy centrada en mí y en ella. Mamá va soltando mi mano y eso no me gusta, me enoja. Tal vez va hablando con la abuela, tal vez mirando ropa o adornos de porcelana, que le fascinan, pero yo me sigo centrando en su mano: la aprieto y ella la va aflojando. ¡No me sueltes! le grito con rabia y se la vuelvo a apretar con más fuerza. Seguimos caminando y la situación se repite una y otra vez. Ya no le hablo, simplemente le voy apretando la mano enojada y a veces me pongo a llorar. Me quejo todo el tiempo y no disfruto el paseo, solo quiero seguir caminando al lado de ella bien agarrada de la mano.

Alejandra Busconi

5/2/2021

 

domingo, 24 de marzo de 2024

El policía

 




El policía

 Yo tenía dieciséis años cuando vestía polleras y vestidos largos y coloridos. Usaba el pelo muy largo y una vincha en la frente, también collares de mostacilla y pulseras de cuero. Nadie se vestía así, y estaba mal visto. El país padecía la dictadura militar que duró siete años, y la policía perseguía a los chicos con pelo largo y a las chicas con ropas raras. A mis amigos y a mí nos detuvieron un par de veces porque los menores no podían estar en la calle después de las doce de la noche, por el toque de queda. También nos corrían a la salida de los recitales.

Yo vivía en Villa Ballester. Un día, iba sola cruzando Avenida general Paz y San Martín hacia mi casa. En esa época sobre el puente había una parada policial. Me detuvo un policía: ¿Qué hacés vestida así?, me preguntó. Yo me paralicé. Todavía no estaba muy consciente de lo que realmente hacía la policía con los desaparecidos o el robo de bebés, lo único que sabía era que nos perseguían.  El policía estaba solo y me hizo entrar en aquella oficina, y me llevó al fondo, un lugar oscuro y tétrico. Yo estaba muerta de miedo. Vos te drogas, ¿no?, me dijo. Yo le respondí que no. ¡Dale! ¡Ustedes se la dan por todos lados! A ver, levántate el pullover. Yo hice lo que me ordenó, pero por supuesto me lo levanté solo un poco. ¡Más arriba!... ¡Más arriba!, repetía con una sonrisa siniestra. ¡Ahora levántate el corpiño!, y yo inocentemente lo hice. Estaba a punto de largarme a llorar. No me tocó, pero siguió: También se la dan ahí abajo. Cuando me dijo eso, no lo hice, y con la voz entrecortada le dije que me dejara ir, que yo no era drogadicta, que tenía un hermano con Síndrome de Down al que tenía que cuidar, y que vivía con mi abuela. No sé cómo salieron esas palabras de mi boca. El policía se quedó callado un momento y me dijo: Bueno, te podés ir, y cuando estaba saliendo por la puerta agregó con sarcasmo: Saludos a tu hermano… y a tu abuela. Yo me sonreí y le dije: GraciasUn año más tarde, cuando me enteré todo lo que la policía les hacía a los detenidos desaparecidos, recordé a ese maldito personaje. Cuando vi las fotos de todos los bebés que se habían robado, mi odio hacia ellos creció aún más. 

Fueron seres despreciables para mí, que habían estudiado la tortura de los nazis, y mataban a piacere. Hoy en día no me dan miedo. Los veo a diario en la calle, y no saben qué hacer cuando hay un altercado, o una pelea. No están cuando la gente los necesita. Se la pasan adentro de los patrulleros mirando Tik Tok, y si tienen que cuidar el orden, no tienen ni idea de cómo hacerlo. Me tocó ver un par de episodios, y realmente me dio lástima su proceder. Lamentablemente tienen un pésimo entrenamiento.

 

Alejandra Busconi

24/8/2023

sábado, 23 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani IV

 


A su manera

 Me costó muchos años entender a Dani. Hablaba correctamente, entendía casi todo, pero sus pensamientos los manifestaba en voz alta. Constantemente hacía un canturreo, sobre todo si tenía alguna preocupación dándole vueltas en la cabeza.

Dani se aburría con las conversaciones familiares. Hablábamos de un tema y de repente él salía con algo totalmente distinto: una serie de televisión, una película, algún amigo o cualquier cosa. En realidad, hacía alusión al tema, lo exteriorizaba de esa manera y yo era su intérprete.

Dani escuchaba música casi todos los días. Armaba listas de canciones de acuerdo a sus estados de ánimo: si estaba contento, escuchaba canciones optimistas; si estaba enamorado, escuchaba todas las canciones de amor; para los cumpleaños, canciones de felicidad; si tenía alguna preocupación, en las canciones había una palabra alusiva al tema. Como no lo podía decir, lo hacía de esa forma. Por eso le gustaba tanto Palito Ortega, por su simpleza. Además su carita transmitía sus enojos o alegrías, sus silencios o su euforia.

Sé que vivía condicionado. Debía cumplir con los mandatos de sus padres. No podía decidir hacia dónde ir, qué ropa usar, qué o cuando comer. A su manera luchaba bastante contra eso. A veces me lo podía decir.

Por suerte los últimos diez años de su vida venía para mi casa todos los días feriados: le daba a elegir qué comer, qué hacer y le decía que no hacía falta hacer ningún quehacer, que no tenía obligación.

Sé que Dani, mi amado hermano, ahora es un alma libre.

 ALEJANDRA BUSCONI

4/8/2021

 

viernes, 15 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani III

 


Sorpresas del destino

 Mi amigo Diego, de la secundaria, era un chico muy acomplejado. Había sido gordo toda su infancia. A los catorce años le detectaron diabetes, entonces adelgazó y se convirtió en un muchacho flaco y alto. Encontraba en todos nuestros compañeros, incluida yo, los defectos más destacados, los recalcaba una y otra vez y todo lo que fuera diferente era motivo de burla, pero era el pibe más divertido y comprador de todos.

Tendríamos quince años cuando nos hicimos muy amigos y con algunas chicas y chicos íbamos a todos lados juntos, incluso ellos arreglaban para venir a mi casa, cosa que me hacía sentir halagada y querida porque ellos eran los populares de la clase. Pero había algo que me impedía disfrutar de esas visitas: mi hermano. A veces decía que no vinieran, otras veces me encontraba con ellos en la esquina o simplemente, algún que otro domingo, los recibía en el parque inventando que mi familia dormía la siesta. En realidad, me daba vergüenza mostrar a Dani. Siempre oculté y separé a mi hermano de mis compañeros de colegio. Nunca hablé de él y nadie me preguntaba. Inocentemente pensaba que nadie sabía de su existencia.

Era una tortura preparar salidas y reuniones. Recuerdo que siempre le daba vueltas y vueltas a la situación y me las arreglaba para que mi hermano nunca se cruzara con mis amigos. Mi culpa era enorme. Me sentía una porquería porque él era el ser más amable y amigable del mundo y le encantaba que viniera gente a casa. No festejé los quince por vergüenza. Cuando llegaron mis dieciocho hice dos fiestas: una para la gente que lo conocía y otra para mis amigos del colegio. Recuerdo que le supliqué a mis padres que no estuvieran esa noche y que Dani se fuera a dormir de mi abuela. Con el tiempo, no muy lejano de la secundaria, se me fue pasando y superé ese tormento. Me perdoné por lo que había sentido.

A mi amigo Diego no lo vi más. Unos años más tarde me enteré de que había tenido un hijo con Síndrome de Down. A aquel chiquito, que se burlaba de los defectos ajenos, el destino le traje un hijo diferente.

Alejandra Busconi

16/10/2020

 

lunes, 11 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani II

 


Aguas frescas de la mañana

Viví veinticinco años con mi hermano Dani y los momentos más hermosos que tuvimos fueron nuestros juegos en la niñez y la adolescencia. Nunca íbamos de vacaciones. Éramos socios del club del Ferrocarril Mitre, en la localidad de General San Martín e íbamos todos los días a la pileta durante el verano. Ese lugar era bellísimo y tenía una cancha de golf muy amplia cubierta de árboles.

A los cinco años, mi mamá me inscribió para tomar clases de natación junto con mis primas y aprendimos a nadar muy bien. A Dani no lo anotó. Creo que mamá no le tenía confianza porque era inquieto y revoltoso y supongo que pensó que no iba a poder sostener su atención. Recuerdo que, mientras estábamos en la clase de natación, mi hermano miraba desde lejos y practicaba todo lo que el profesor nos indicaba. Aprendió solo y, lo hizo tan bien, que a sus dieciséis años ganó el primer puesto para ir a las Olimpíadas Especiales, en el año 1979.

En el club no había edad. El tiempo se detenía en aquellos veranos de sol y cielo limpio. Las instalaciones del club eran todas para nosotros porque no había mucha gente. Era un lugar calmo y apacible. Dani y yo teníamos un ritual que comenzaba en lo profundo de aquella pileta cristalina: él me perseguía primero y nos tirábamos y nadábamos debajo del agua hasta la otra orilla. Luego corríamos dentro de la pileta sin nadar por la parte más baja hacia la escalera. De ahí subíamos al trampolín bajo, luego al alto, y la vuelta comenzaba una y otra vez. Después lo perseguía yo y Dani era El hombre nuclear, se enojaba un poco cuando lo alcanzaba, pero en cámara lenta me derribaba, seguramente yo lo dejaba ganar. Seguidamente éramos gimnastas en el agua: la vuelta carnero para atrás y para adelante, nos tirábamos de cabeza, parados, bomba, hacíamos un puente con las piernas hacia arriba, tiburones, piratas, equilibristas, una y otra vez. La parte más tranquila era cuando jugábamos a tirar una piedrita y la íbamos a buscar al fondo. No existía nada ni nadie alrededor. Pasábamos horas disfrutando la transparencia del agua que se mezclaba con los rayos del sol y el aire fresco de las mañanas. Eso sí, teníamos que volver puntuales al mediodía para ver nuestras series favoritas.

Me enseñaron que Dani no era un enfermo, que había tenido un problema al nacer y que todo lo iba a aprender como un nene normal pero un poco más tarde. Crecí con este hermano mayor con el que compartía programas de televisión, algunas canciones de Palito Ortega, vueltas en bicicleta e historias de superhéroes.

 

Alejandra Busconi

24/10/2020

domingo, 3 de marzo de 2024

Mes de marzo, homenaje a Dani

 

El vengador

El parque del complejo de departamentos donde vivía con mi familia era muy grande, de calles de tierra, lleno de plantas y árboles, un hermoso lugar para jugar. Alrededor era casi todo campo y a dos cuadras había un grupo de casas muy humildes. Muy cerca había una chacra donde hoy está el Supermercado Jumbo, en la localidad de General San Martín y alguna que otra casa construida con esa piedra amarilla brillante, con arcada de ladrillos, típica de los años sesenta.

Dani, mi hermano con síndrome de Down, tiene dos años más que yo. Era un nene muy travieso, con su pelo lacio y el flequillo a lo Carlitos Balá. Siempre fue muy independiente: hacía compras, iba a la casa de mi abuela que vivía cerca, le gustaba andar en bicicleta, tirar piedritas a la zanja o subirse a los árboles. Yo iba con mis amigos a ese amplio parque, donde también había juegos, pero los pibes más grandes habían ocupado un espacio como potrero, donde jugaban al futbol y venían de todas partes – la recuerdo a mi mamá gritándoles que se fueran, a la hora de la siesta- Entre ese grupo de grandulones había dos hermanos, uno mucho mayor que nosotros y el otro, de nuestra edad, era un pibe malo, roñoso y peleador. Se llamaba Carlitos y venía de aquellas casas humildes. Cada vez que pasaba a mi lado me decía Ahí va la hermana del mongo, a toda hora que me encontrara y en cualquier momento del día. Yo volvía a casa llorando y le contaba a mi mamá. Ahí va la hermana del mongo, repetía este pibe que además de bizco, su padre estaba en la cárcel y su madre era una mujer gritona, desgreñada y también sucia. Me tenía cansada, esa palabra me dolía, una espantosa costumbre que aún hoy la escucho y me sigue golpeando las entrañas.

Un día, supongo que tendríamos nueve y once años, Dani salió a andar en bicicleta. Se fue a dar la vuelta larga, como le decíamos nosotros porque había tardado más de lo normal. A su regreso nos contó: Lo vi a Carlitos, que también estaba andando en bici como yo, lo seguí, lo seguí por todo el barrio y después lo alcancé. Me bajé de la bici y le di una piña muy fuerte. Lo aplaudimos, nos reímos, lo felicitamos porque me había defendido. Carlitos... no me molestó nunca más.

 Alejandra Busconi

13/10/2020

viernes, 16 de febrero de 2024

Mi amiga el agua

 

Todo fue un juego en la infancia para mí. El agua era sinónimo de verano. Me ayudaba a conectarme con la tierra y el sol.

Mis veranos eran en una pileta limpia y prolijamente pintada de color celeste. Me tiraba parada en la parte profunda, n que tenía tres metros con ochenta centímetros. El primer contacto era una caricia a mis pies y luego llegaba en un instante al piso. Me tomaba tres segundos para el impulso y después, el placer de subir lentamente mirando hacia arriba, al cielo y el sol difusos, esperando el aire. El momento posterior a tocar el fondo eran de silencio y meditación. También me gustaba tirarme de cabeza y nadar al ras del piso, simulando que era un buzo en medio del océano. Mi desafío era permanecer lo más posible sin respirar debajo del agua. Con mi hermano Dani teníamos una rutina: por la mañana jugábamos a tirar la piedrita e ir al fondo de la pileta a buscarla; al mediodía, cuando todo quedaba desolado, Dani era el Hombre nuclear que me perseguía: saltábamos al agua de todas las formas posibles, en cámara lenta, de cabeza, de pie o de panza. Corríamos o nadábamos y finalmente hacíamos todo tipo de piruetas: vertical, vueltas carnero derecho y revés, un puente por arriba, uno por abajo. Así eran todos y cada uno de nuestros días de vacaciones de verano.

Tuve una conexión inexplicable con esa amiga. Yo era muy arriesgada. Me encantaba, por ejemplo, tirarme en el Delta del Paraná cuando aún no estaba contaminado, en esas aguas pesadas y marrones donde había unos pececitos que me mordían los tobillos. Con los ríos torrentosos y frescos de Córdoba experimenté todo tipo de sensaciones. La transparencia que tenían en aquella época era asombrosa.

Recuerdo cuando fuimos a La Falda: todos los días bajábamos hacia el río por un camino de tierra y en el trayecto veíamos la sierra repleta de flores silvestres de todos los colores; escuchábamos el sonido de la víbora cascabel y nos reíamos nerviosos. Íbamos comiendo una uva silvestre que crecía al costado del camino y era el momento más agradable de la caminata. Mi abuela juntaba berro para el mediodía, que lo encontraba en la orilla del río y allí… el placer de tirarnos al piletón natural. A veces volvíamos con la lluvia tibia del mediodía y nos encantaba mojarnos la ropa. Además, nos fascinaba embarrarnos las ojotas cuando saltábamos los charcos y nos daba mucha risa. Fueron tiempos de libertad, tiempos felices.

 

Alejandra Busconi

1/12/2023

 

 

POEMAS - de mi amigo Juan Pablo Taurian

UN RAMO DE NOMEOLVIDES  SI TE OLVIDÉ,  SI NO ME ACORDÉ FUE SIN QUERER NUNCA QUISE OLVIDARME DE RECORDARTE LA PRESENCIA DE TU AUS...